**AYLA**
Después de la humillación en la cafetería, necesitaba aire. Me refugié en los pasillos de la zona antigua del hospital, donde las paredes de piedra eran más gruesas y el bullicio desaparecía. Estaba revisando unos informes cuando sentí que el ambiente cambiaba. No era la tensión eléctrica que sentía con Umut; era algo diferente, como una protección pesada y silenciosa.
Dos hombres estaban de pie junto a la salida de emergencia. Eran imponentes, vestidos con chaquetas de cuero oscuro y una presencia que gritaba peligro. Uno era más alto y de mirada gélida, el otro tenía una cicatriz en la ceja que le daba un aire de estratega.
Al pasar junto a ellos, tropecé con una de las carpetas. Antes de que llegara al suelo, el más alto la atrapó con una agilidad asombrosa.
—Tenga cuidado, doctora —dijo él. Su voz era profunda, y por un segundo, sentí una extraña calidez, como si su tono me resultara extrañamente familiar—. No querría que se hiciera daño en un lugar tan... inestable.
—Gracias —respondí, clavando mis ojos en los suyos. Eran oscuros, casi como los míos—. ¿Buscan a algún paciente? No deberían estar en esta zona.
—Solo estamos de paso —respondió el segundo hombre, esbozando una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que contenía una ternura que me desconcertó—. Mardin es pequeño, doctora. Uno siempre acaba encontrando lo que busca.
**UMUT**
Los seguía desde que salieron de sus coches blindados. Mis hombres me habían avisado: los hijos de Demir Kara estaban en mi propiedad. La rabia me quemaba la garganta. ¿Cómo se atrevían a pisar mi hospital? ¿Venían por ella?
Doblé la esquina justo a tiempo para ver a Ferhat Kara entregándole la carpeta a Ayla. Mi sangre hirvió. Me acerqué a ellos como un huracán negro, con la mano puesta instintivamente en la chaqueta, cerca de mi arma.
—¿Se puede saber qué hacen estos hombres molestándola, doctora? —rugí, poniéndome entre ella y los dos intrusos.
Miré a Ferhat a los ojos. El odio entre nuestras familias era una entidad viva que llenaba el pasillo. Esperaba que sacaran sus armas, que me escupieran la verdad, que reclamaran a su hermana.
—Solo somos ciudadanos preocupados, señor Kordan —dijo Ferhat con una calma que me dio ganas de golpearlo—. La doctora parece un poco... abrumada por sus nuevas responsabilidades. Estábamos asegurándonos de que estuviera bien.
—La doctora está bajo mi protección —siseé, recalcando cada palabra—. Si los vuelvo a ver cerca de ella o de este hospital, no saldrán de Mardin a pie.
Ferhat miró a Ayla una última vez. Fue una mirada rápida, pero cargada de un significado que ella no pudo entender. Luego, se giró hacia mí con un desprecio absoluto.
—No sabemos de qué habla, señor. Solo somos desconocidos pasando por un pasillo público. Vámonos, Kerem. Parece que el dueño tiene miedo de las sombras.
Los vi alejarse con una elegancia letal. No habían flaqueado. No habían revelado nada. Habían actuado como si Ayla fuera una extraña, pero yo sabía que era una mentira.
**AYLA**
Me quedé helada, mirando la espalda de esos dos hombres y luego la nuca tensa de Umut.
—¿Quiénes eran? —pregunté, con la voz temblorosa—. Los has tratado como si fueran criminales. ¿Y por qué han dicho que me ves "abrumada"?
Umut se giró hacia mí. Sus ojos ardían con una mezcla de posesividad y algo que parecía... dolor. Me agarró de los hombros, apretando más de lo necesario.
—No vuelvas a hablar con extraños en este hospital, Ayla. ¿Me oyes? —su voz era un látigo—. Hay gente en esta ciudad que te usaría solo para llegar a mí.
—¡Ellos no me estaban usando! —grité, soltándome de su agarre—. Solo han sido amables, algo que tú pareces haber olvidado cómo se hace. ¿Por qué te pones así? Ni siquiera los conoces.
Umut soltó una carcajada amarga, una que me puso los pelos de punta.
—Los conozco mejor de lo que crees, Ayla. Mucho mejor de lo que tú te conoces a ti misma.
Se dio la vuelta y se fue, dejándome sola en el pasillo frío. Mi corazón latía desbocado. ¿Por qué esos dos desconocidos me habían mirado con tanta tristeza? ¿Y por qué Umut parecía querer protegerme de ellos al mismo tiempo que me odiaba?
Sentí que las piedras de Mardin se cerraban sobre mí. El contrato que había firmado no era solo para un trabajo; era la entrada a un laberinto de espejos donde nadie decía la verdad.
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Editado: 08.02.2026