**AYLA**
El vestido de seda que Umut había enviado a mi habitación era de un verde esmeralda tan profundo que parecía negro bajo las luces de la gala. Me sentía como una extraña frente al espejo. Al bajar del coche frente al palacio donde se celebraba el evento, los flashes de los fotógrafos me cegaron.
Umut me esperaba en la entrada. Al verme, su mandíbula se tensó y sus ojos recorrieron cada curva de mi cuerpo con una mezcla de hambre y rabia. Me tomó de la cintura, pegándome a su costado con una fuerza que decía a todo el mundo: Es mía.
—Estás radiante, doctora —susurró contra mi oído, y su aliento me quemó la piel—. Intenta que tu lengua no sea tan afilada esta noche. Aquí las palabras matan más que las balas.
Entramos en el gran salón. El aire estaba cargado de perfumes caros y secretos. De repente, el murmullo cesó. En el extremo opuesto del salón, una comitiva de hombres vestidos de negro entró. A la cabeza, un hombre mayor con una presencia magnética y ojos cansados: Demir Kara. A sus lados, los dos hombres del hospital, Ferhat y Kerem.
Sentí una sacudida eléctrica. Sus miradas se clavaron en mí con una intensidad que me hizo flaquear las rodillas.
**UMUT**
Ahí estaban. Los asesinos. Los Kara.
Sentí cómo mi mano se cerraba con más fuerza sobre la cintura de Ayla. Ella estaba temblando levemente, aunque intentaba disimularlo. Verla entre los dos mundos, sin saber que era el trofeo de una guerra de décadas, me provocaba un deseo oscuro de protegerla y, a la vez, de usarla como escudo.
—¡Atención a todos! —la voz de mi madre, Sultana, resonó desde la escalinata principal.
Llevaba un vestido rojo sangre y una sonrisa que me puso en guardia. Sabía que planeaba algo.
—Queridos amigos —continuó Sultana, bajando los escalones mientras todos la observaban—. Celebramos la salud de Mardin, pero también debemos celebrar la transparencia. Mi hijo ha contratado a una nueva jefa de planta, la doctora Ayla. Una mujer que... bueno, que ha llegado a lo más alto en muy poco tiempo.
Sultana llegó a nuestro nivel y miró a Ayla con un desprecio que ya no ocultaba.
—Díganos, doctora... ¿cómo se siente una mujer sin apellido, de madre extranjera y pasado dudoso, a ir de la mano de un Kordan? ¿Es cierto que su madre quiso huir de Mardin porque nadie quería hacerse cargo de una bastarda?
El salón se quedó en un silencio sepulcral. Sentí a Ayla encogerse a mi lado, humillada frente a la élite de la ciudad. Abrí la boca para callar a mi madre, pero alguien se me adelantó.
**AYLA**
Las palabras de Sultana me golpearon como látigos. El salón entero me observaba con lástima o burla. Quise salir corriendo, desaparecer en la noche de Mardin, pero entonces una sombra se interpuso entre Sultana y yo.
Era Ferhat.
Se movió con la elegancia de un depredador y se detuvo frente a Sultana, ignorando por completo el protocolo. Su altura y su aura de peligro hicieron que la madre de Umut diera un paso atrás.
—La señora Kordan parece estar mal informada —dijo Ferhat, su voz resonando en todo el salón como un trueno—. En Mardin, el valor de una persona no lo da el apellido que otros le quieran poner, sino la sangre que corre por sus venas. Y esta mujer... —Ferhat se giró hacia mí, y por un segundo vi un orgullo feroz en sus ojos— ...tiene más honor en un solo dedo que muchos de los que llevan joyas en esta sala.
Ferhat me ofreció el brazo con una caballerosidad que cortó la respiración de todos.
—Si la señora Kordan ha terminado de insultar a sus invitados, me gustaría escoltar a la doctora a la terraza. El aire aquí dentro se ha vuelto irrespirable.
Miré a Umut. Su rostro era una máscara de furia pura; sus nudillos estaban blancos y miraba a Ferhat como si quisiera arrancarle la garganta. Sin embargo, no pudo decir nada sin admitir que él también sabía quién era yo.
Acepté el brazo de Ferhat. Al caminar junto a él hacia la terraza, pasamos por delante de Demir Kara. El hombre me miró fijamente y, por primera vez en mi vida, sentí que alguien me veía de verdad. Sus labios se movieron en un susurro inaudible: "Hija".
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Editado: 08.02.2026