**Ayla**
El aire de la terraza era lo único que me impedía desmayarme tras el veneno de Sultana. Ferhat permanecía a mi lado, una presencia sólida y extrañamente reconfortante.
—No baje la cabeza, doctora —dijo él, con una voz que vibraba con una autoridad que no parecía la de un desconocido—. Los Kordan creen que el mundo se compra, pero usted tiene una fuerza que ellos no pueden entender. No permita que la vapuleen.
Sus palabras me sacudieron. ¿Por qué este hombre, a quien apenas conocía, parecía preocuparse por mi dignidad más que el hombre que me había contratado? Antes de que pudiera preguntar, una figura delicada apareció en la penumbra. Era Ece, la hermana de Umut. Al verla, Ferhat se tensó de tal manera que pareció convertirse en piedra. Sin mediar palabra, se marchó, dejándome sola con ella.
—Siento mucho lo de mi madre —susurró Ece, con los ojos empañados—. Ella no sabe lo que dice. Por favor, no nos juzgue a todos por su odio.
Agradecí sus palabras, pero el peso de la noche era demasiado. No quería más disculpas, ni más miradas de lástima, ni más juegos de poder. Esperé a que Ece entrara al salón y, aprovechando un descuido de los guardias de la entrada lateral, bajé hacia la calle. No busqué a Umut. No quería ver su arrogancia ni su silencio cómplice.
Pedí un taxi y di la dirección de mi pequeño apartamento en el casco antiguo. Al cerrar la puerta de mi casa, el silencio me envolvió. Me quité los tacones y me apoyé contra la madera, tratando de recuperar el aliento. Entonces, mi teléfono vibró. Una vez. Dos veces.
**UMUT**
Recorrí el salón principal, la terraza y la zona de fumadores. Nada. El vestido verde esmeralda se había esfumado. Mi paciencia, ya de por sí escasa, se evaporó cuando uno de mis hombres se acercó para decirme que la doctora se había marchado en un taxi hacía quince minutos.
¿Se había ido? ¿Sin decirme nada? ¿Después de que el mayor de los Kara se hubiera tomado libertades con ella en mi propia fiesta?
La furia me recorría las venas como ácido. Salí del palacio a zancadas, ignorando a los invitados que intentaban detenerme. Me subí a mi coche y saqué el teléfono. Mis dedos golpeaban la pantalla con violencia.
Mensaje (23:15): ¿Dónde estás, Ayla? No me gusta que me dejen hablando solo. Vuelve ahora mismo al evento.
No hubo respuesta. Visualicé su rostro, esa mezcla de orgullo y vulnerabilidad que me estaba volviendo loco. El informe de su pasado quemaba en mi bolsillo, pero su desobediencia actual quemaba más.
Mensaje (23:22): Sé que estás en tu casa. No me obligues a ir hasta allí. Mardin es muy pequeño para que intentes esconderte de mí.
Me recosté en el asiento, viendo pasar las luces de las casas de piedra. Odiaba que ella tuviera ese poder sobre mis nervios. Odiaba que, en lugar de planear cómo usarla contra su padre, solo pudiera pensar en por qué se había ido de mi lado.
Mensaje (23:30): Nuestra conversación en el despacho no ha terminado, doctora. Mañana a primera hora quiero una explicación. Y no me hagas ir a buscarte a tu cama, porque no te va a gustar el estado en el que me encuentro.
Arrojé el teléfono sobre el asiento de cuero. Ella creía que su casa era un refugio, pero para un Kordan, no existen las fronteras. Ella era una Kara, mi enemiga natural, y sin embargo, el pensamiento de que estuviera sola en su habitación me provocaba una necesidad posesiva que no tenía nada que ver con la venganza.
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Editado: 08.02.2026