**Ayla**
Llegué al hospital media hora antes de mi turno. No había dormido nada. Los mensajes de Umut habían brillado en la pantalla de mi teléfono toda la noche como advertencias de un desastre inminente. No respondí a ninguno. Si él quería controlarme, tendría que hacerlo bajo mis reglas, no a través de una pantalla a las doce de la noche.
Me puse la bata blanca, sintiéndola como una armadura, y me dirigí a mi nuevo despacho. Al abrir la puerta, me detuve en seco.
Umut estaba sentado en mi silla, tras mi escritorio, con las piernas cruzadas y la mirada fija en la puerta. No llevaba la chaqueta del traje, solo la camisa blanca con las mangas remangadas, revelando unos antebrazos potentes que hacían que mi pulso se acelerara sin permiso. Su rostro era una máscara de fatiga y furia contenida.
—Llegas tarde para alguien que tiene tanto que explicar —dijo, su voz era un ronquido bajo que llenó la habitación.
—Mi turno empieza en diez minutos, señor Kordan —respondí, cerrando la puerta tras de mí y manteniendo la distancia—. Y no le debo ninguna explicación sobre mi vida privada. Me marché de la gala porque su madre me insultó y usted no hizo nada para evitarlo.
—Me dejaste en ridículo frente a todos —se levantó lentamente, rodeando el escritorio con esa elegancia peligrosa que lo caracterizaba—. En Mardin, si el jefe de los Kordan entra con una mujer, sale con esa mujer. No me importa lo que dijera mi madre. Tu contrato dice exclusividad, Ayla. Y eso incluye no desaparecer como una cobarde.
**Umut**
Verla con esa bata blanca, intentando parecer profesional y distante cuando yo sabía lo mucho que temblaba bajo mi mirada, me estaba destrozando los nervios. Había pasado la noche imaginándola en su cama, preguntándome si el mayor de los Kara sabía dónde vivía, si él tenía su número, si él la llamaba "Ayla".
Me acerqué a ella hasta que sus espaldas chocaron contra la puerta cerrada. Apoyé mis manos a ambos lados de su cabeza, atrapándola en mi espacio.
—No vuelvas a ignorar mis mensajes —siseé, acercando mi rostro al suyo—. Pasé la noche recorriendo las calles de esta ciudad, a punto de tirar la puerta de tu casa abajo. ¿Tienes idea de lo peligroso que es lo que estás haciendo?
—¿Peligroso para quién, Umut? ¿Para tu orgullo? —ella me sostuvo la mirada, sus ojos verdes encendidos de rabia—. No soy una de tus propiedades. Si quieres una mujer sumisa, búscala en otra parte. Aquí soy la Jefa de Planta, y tú eres el dueño que no sabe distinguir entre un hospital y un harén.
Su insolencia era el combustible que alimentaba mi obsesión. Bajé la mirada a sus labios, que estaban entreabiertos por la agitación de su respiración. El aroma a azahar y antiséptico me golpeó de nuevo. No pude evitarlo; bajé una de mis manos y rodeé su cuello, no con fuerza, sino con una posesividad que la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás.
—Eres una Kara —pensé, sintiendo el peso del secreto en mi lengua—. Eres la sangre de los hombres que mataron a mi padre, y aquí estoy, deseando arrancarte esa bata y recordarte a quién perteneces de verdad.
—No me tientes, Ayla —susurré, rozando su nariz con la mía—. Porque en este despacho no hay cámaras, ni testigos, ni madres que nos interrumpan. Si vuelves a desafiarme, voy a cobrarme cada minuto de silencio de esta noche con algo que no podrás olvidar en toda tu vida.
Ella soltó un jadeo, y por un segundo, vi cómo su resistencia se resquebrajaba. Sus manos subieron a mi pecho, pero no para empujarme, sino que se cerraron sobre la tela de mi camisa, atrayéndome más hacia ella. La tensión erótica era tan densa que el aire parecía vibrar. Estaba a punto de besarla cuando alguien llamó a la puerta con insistencia.
—¡Doctora Ayla! —era la voz de una enfermera—. El doctor Aras la necesita en urgencias. Ha habido un accidente en la frontera.
#5047 en Novela romántica
#1457 en Chick lit
venganza amor dolor, familia escape traicion mentiras, erotismo pasion celos romance toxico
Editado: 08.02.2026