**UMUT**
La sala de juntas de la mansión Kordan estaba cargada de un odio que se podía palpar. Mi madre, Sultana, presidía la mesa con una sonrisa triunfal, disfrutando del momento. Frente a nosotros, Demir Kara se sentaba con la pesadez de un rey cansado, flanqueado por sus hijos, Ferhat y Kerem.
Ayla estaba a mi lado, pálida, con la mirada perdida entre los dos bandos. Podía sentir su pulso acelerado.
—Vayamos al grano, Kordan —dijo Demir, su voz era un trueno sordo—. Deja que la doctora Ayla rescinda su contrato. Deja que se marche de Mardin si lo desea, o que trabaje donde quiera sin vuestra sombra. A cambio, os entrego la ruta de exportación de la zona norte. El negocio de los textiles y la logística fronteriza. Es vuestro. Sin condiciones.
Sentí un escalofrío. Esa ruta valía millones. Era una de las joyas de la corona de los Kara. Mi madre ahogó un jadeo de codicia, pero yo solo podía mirar a Demir.
—¿Por qué? —pregunté, inclinándome hacia adelante, ignorando la oferta económica—. ¿Por qué tanta obsesión con una médico que, según vosotros, es una completa desconocida? ¿Por qué entregar media fortuna por su libertad?
Demir miró a Ayla con una ternura que me revolvió las entrañas.
—Porque Mardin es un nido de víboras, Umut. Y ella... ella es una inocente. No merece ser consumida por vuestras sombras. Solo quiero que siga siendo libre.
**AYLA**
"Inocente". Esa palabra resonó en mis oídos como una campana. ¿Por qué este hombre, el gran enemigo de los Kordan, estaba dispuesto a arruinarse por mí? Miré a Ferhat, que me observaba con una intensidad dolorosa, asintiendo levemente. No entendía nada, pero sentía que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Inocente? —la risa de Umut fue seca y carente de humor. Se levantó bruscamente, haciendo que su silla chirriara contra el suelo—. Nadie en este mundo da nada por nada, Demir.
Umut puso una mano sobre mi hombro, apretando con una posesividad que me cortó la respiración.
—No acepto el trato. La doctora Ayla se queda. Y no solo como jefa de planta.
—¿Qué estás diciendo, Umut? —siseó Sultana, confundida por el rechazo a la oferta.
—Digo que la doctora Ayla y yo nos vamos a casar —sentenció Umut, mirando fijamente a Demir Kara—. La boda será en tres días. Si tanto os importa su bienestar, os alegrará saber que formará parte oficial de la familia más poderosa de la ciudad.
El silencio que siguió fue aterrador. Ferhat se levantó de un salto, con la mano buscando algo bajo su chaqueta, pero Demir le puso una mano en el brazo, deteniéndolo. El rostro del viejo Kara se desmoronó; vi miedo real en sus ojos. Miedo por mí.
**UMUT**
Al ver el dolor en el rostro de Demir, lo supe. El informe de ADN no mentía, pero su reacción era la prueba definitiva. Ellos la amaban. Ella era su tesoro oculto, la hija de la mujer que Demir nunca olvidó.
Mi venganza ya no era solo por mi padre. Era por cada año que ellos pasaron protegiéndola en secreto mientras yo crecía en el odio. Iba a destruirlos a través de ella. Iba a convertir a su "inocente" en una Kordan, a manchar su apellido y a someterla a mi voluntad hasta que no quedara rastro de la mujer que ellos intentaron salvar.
—Fuera de mi casa —ordené a los Kara—. Tenemos una boda que organizar.
Cuando la sala se vació y solo quedamos Ayla y yo, ella se soltó de mi agarre con violencia. Tenía los ojos llenos de lágrimas de rabia.
—¿Te has vuelto loco? —gritó—. ¡No voy a casarme contigo! ¡No puedes obligarme!
La acorralé contra la mesa de juntas, atrapando sus manos con las mías. Mi rostro estaba a milímetros del suyo, y mi voz era puro veneno.
—Vas a hacerlo, Ayla. Porque si no firmas ese compromiso ahora mismo, mañana Demir Kara y sus hijos serán blanco de todas las patrullas de la ciudad. Tengo pruebas de sus negocios ilegales que los mandarán a la tumba o a la cárcel de por vida.
—¿Por qué me haces esto? —sollozó ella—. Pensé que hoy... en el hospital... había algo entre nosotros.
—Lo que hay entre nosotros es una deuda de sangre, doctora —respondí, aunque mi cuerpo traicionaba mis palabras deseando estrecharla contra mí—. Vas a ser mi esposa. Vas a llevar mi nombre. Y voy a asegurarme de que cada vez que vean tu rostro, recuerden que ahora me perteneces a mí.
La besé con una furia desesperada, un beso que sabía a castigo y a una obsesión que me estaba consumiendo. Ella luchó un segundo antes de romperse, llorando contra mis labios mientras el destino de ambos quedaba sellado en el mármol frío de la mansión.
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Editado: 08.02.2026