**AYLA**
Mis manos temblaban tanto que apenas podía doblar la ropa. Tiré mi pasaporte, algo de efectivo y lo esencial en una maleta de mano. No me importaba el hospital, ni mi carrera, ni el contrato que había firmado con sangre. Si me quedaba en Mardin, Umut Kordan me devoraría viva.
—Solo tengo que llegar a la frontera o al aeropuerto de Diyarbakır —susurré para mí misma, tratando de calmar los latidos de mi corazón—. Una vez en Estambul, podré desaparecer.
Apagué todas las luces de mi apartamento. Salí por la puerta trasera, evitando el portal principal, y me interné en el laberinto de callejones de piedra de la ciudad vieja. El aire frío de la noche me cortaba la cara, pero la adrenalina me empujaba. Estaba a solo dos calles de la parada de taxis cuando un coche negro, con los faros apagados, se deslizó desde las sombras y me cerró el paso.
El corazón se me detuvo. La puerta trasera se abrió y la figura imponente de Umut emergió de la oscuridad como un espectro.
—¿Te vas de viaje, doctora? —su voz era un látigo de seda en el silencio de la noche—. Es una lástima. El equipaje de una novia suele ser mucho más voluminoso.
Intenté dar media vuelta y correr, pero dos de sus hombres ya estaban detrás de mí. Umut se acercó con pasos lentos, su mirada fija en la maleta que yo apretaba contra mi pecho.
—¡Déjame ir, Umut! —grité, retrocediendo hasta chocar con el capó del coche—. ¡No puedes obligarme a esto! ¡Es ilegal, es un secuestro!
—En Mardin, yo soy la ley —respondió él, arrancándome la maleta de las manos y tirándola al suelo sin apartar la vista de mis ojos—. Te di una opción, Ayla. Elegiste la desobediencia. Ahora, las cortesías se han terminado.
**UMUT**
Verla intentar huir encendió una furia en mí que casi no pude controlar. ¿Realmente pensaba que podía escapar de mí? ¿Que después de descubrir que era la joya de los Kara iba a dejarla marchar al primer aeropuerto?
La agarré por el brazo y la obligué a subir al coche. Ella luchaba, golpeando mi pecho con sus puños, pero yo era una roca contra la que sus olas se rompían.
—¡Suéltame! ¡Te odio! —sollozaba, su aliento caliente rozando mi cuello en el espacio cerrado del vehículo.
—Ódiame todo lo que quieras, pero firma —dije, sacando una carpeta de cuero del asiento delantero.
Dentro estaban los documentos civiles de matrimonio. En Mardin, un hombre de mi posición no necesitaba esperar a una ceremonia religiosa para que la ley lo reconociera. Solo necesitaba su firma.
—No voy a firmar —dijo ella, apretando los labios, con los ojos inyectados en sangre y lágrimas.
Me incliné sobre ella, invadiendo su espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. Tomé su mano derecha y deslicé la pluma entre sus dedos, envolviendo su mano con la mía con una fuerza férrea.
—Si no firmas ahora, Ayla, mi siguiente llamada será para que mis hombres asalten la casa de los Kara en este mismo instante. Habrá muertos. ¿Quieres que la sangre de Demir y sus hijos manche tu conciencia solo por tu orgullo?
Ella me miró con puro terror.
—¿Por qué ellos? —preguntó con voz quebrada—. ¿Por qué te importa tanto lo que les pase a ellos si accedo o no?
—Porque tú eres el precio de su supervivencia —respondí, aunque la verdad era mucho más retorcida—. Firma. Conviértete en mi esposa y ellos vivirán un día más.
Vi cómo su resistencia se desmoronaba. Sus hombros cayeron y un sollozo ahogado escapó de su garganta. Con mi mano guiando la suya, Ayla estampó su firma en el documento. El trazo era irregular, tembloroso, pero legal.
Guardé los papeles y la miré. Estaba rota en el asiento, con el pelo revuelto y el rostro bañado en lágrimas. En ese momento, una parte de mí quiso consolarla, pero el odio que sentía por su apellido era más fuerte. La tomé de la nuca y la obligué a mirarme.
—Bienvenida a la familia Kordan, Ayla —susurré antes de besarla con una posesividad brutal—. Ahora, vamos a casa. A "nuestra" casa.
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Editado: 08.02.2026