La alianza del sol

13 La dueña de las sombras

**AYLA**

​El coche se detuvo frente a la escalinata de la mansión Kordan. El frío de la noche de Mardin no era nada comparado con el hielo que sentía en las venas. Miré mis dedos, aún manchados con la tinta de la firma que acababa de destruir mi vida.
​Umut bajó del coche y, sin darme opción, rodeó mi cintura con su brazo, arrastrándome hacia la entrada. Al abrirse las pesadas puertas de madera, el salón principal estaba iluminado como si fuera pleno día. En el centro, bajo la inmensa lámpara de cristal, Sultana nos esperaba.
​Llevaba una túnica de seda negra y una expresión que prometía sangre.
​—¿Qué significa esto, Umut? —su voz restalló como un látigo—. Me han dicho que has traído a esta mujer con sus maletas. ¿Has perdido el juicio por completo?
​Umut no se detuvo hasta que estuvimos frente a ella. No me soltó; al contrario, apretó su agarre, obligándome a pegarme a su costado.
​—La doctora ya no existe, madre —dijo Umut con una calma que me dio escalofríos—. Te presento a la señora Kordan. Hemos firmado los papeles hace diez minutos. A partir de esta noche, Ayla vivirá aquí. En mi habitación.

​**UMUT**

​Sentí el cuerpo de Ayla tensarse como una cuerda a punto de romperse. Mi madre retrocedió un paso, llevándose la mano al pecho, el rostro desfigurado por la incredulidad y el asco.
​—¡Es una bastarda sin nombre! —gritó Sultana, señalando a Ayla con un dedo tembloroso—. ¡Has manchado el honor de tu padre metiendo a esa basura en nuestro linaje! ¡Los Kara se estarán riendo de nosotros en este momento!
​—Los Kara están de luto, madre —respondí, dando un paso hacia ella, protegiendo el espacio de Ayla casi por instinto—. Porque acaban de perder lo único que les importaba. Y en cuanto al honor de mi padre, soy yo quien decide cómo se venga.
​Ayla se soltó de mi brazo con una fuerza inesperada y se plantó frente a Sultana. A pesar de tener los ojos rojos de tanto llorar, su espalda estaba recta.
​—No me llame basura —dijo Ayla, su voz vibrando con una rabia contenida—. Yo no elegí estar aquí. Su hijo me ha obligado bajo amenazas. Si tanto le molesta mi presencia, abra esa puerta y déjeme marchar. Créame, ninguna de las dos quiere que yo pase ni una noche más en este mausoleo.

​**AYLA**

​Sultana se acercó a mí, sus ojos inyectados en odio. Estaba tan cerca que pude oler su perfume a sándalo y ruda.
​—Escúchame bien, niña —siseó, bajando la voz—. Puedes tener un papel firmado, pero en esta casa las paredes tienen oídos y el suelo tiene trampas. Te haré la vida tan miserable que suplicarás que los Kara vengan a matarte para terminar con tu sufrimiento. No eres la señora de nada. Eres un trofeo de guerra, y los trofeos acaban cogiendo polvo o rompiéndose.
​—Ya basta —la voz de Umut cortó el aire—. Ayla es mi esposa. Y cualquiera que le falte al respeto en esta casa, incluida tú, madre, tendrá que rendirme cuentas a mí.
​Umut llamó a una de las criadas con un gesto imperioso.
—Lleva las cosas de mi mujer a mi habitación. Y que nadie la moleste.
​Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza que no admitía réplica. Me arrastró escaleras arriba mientras sentía la mirada de Sultana clavada en mi espalda como un puñal. Al llegar al rellano, vi a Ece observándonos desde las sombras, con una expresión de pura tristeza. Ella sabía, mejor que nadie, que yo acababa de entrar en una jaula de la que no se sale viva.
​Entramos en la habitación de Umut. Él cerró la puerta con llave y se giró hacia mí. El silencio era ensordecedor.
​—Bienvenida a tu nueva realidad, Ayla —dijo, empezando a desabrocharse los botones de la camisa mientras me observaba con una intensidad devoradora—. Espero que no te hayas creído lo que le has dicho a mi madre. Aquí, la única voluntad que importa es la mía.




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