**AYLA**
No pegué ojo en toda la noche. Me mantuve en el borde de la inmensa cama, envuelta en las sábanas de seda que olían a él, mientras Umut dormía a pocos centímetros con una calma que me resultaba insultante. Al salir el sol sobre las piedras de Mardin, me vestí con la misma ropa del día anterior, sintiéndome marchita y derrotada.
Bajé al comedor principal obligada por el hambre y la necesidad de salir de esa habitación que se sentía como una celda de oro. La mesa estaba dispuesta con una opulencia obscena: quesos, aceitunas, panes recién horneados y miel.
Sultana ya estaba allí, sentada en la cabecera. A su lado, Ece bajaba la mirada al verme entrar. El servicio se movía en silencio, pero pude sentir sus ojos puestos en mí, juzgando a la "mujer sin nombre" que se había colado en la cama del señor.
—Siéntate, "nuera" —dijo Sultana, y la palabra sonó como un escupitajo—. En esta casa, el desayuno se sirve a las siete en punto. Espero que en tu... origen, te enseñaran que la puntualidad es una virtud, aunque dudo que te enseñaran mucho más que seducir a hombres con dinero.
**UMUT**
Bajé las escaleras justo a tiempo para oír el ataque de mi madre. Me detuve en el umbral, observando a Ayla. Tenía ojeras, pero su barbilla seguía apuntando al cielo. Me senté frente a ella, y el silencio se volvió tan denso que casi se podía cortar con el cuchillo de la plata.
—Madre, deja que Ayla coma en paz —dije, aunque mi voz era fría. No era una defensa por amor, era una reafirmación de autoridad—. Ha tenido una noche... agotadora.
Sultana soltó una risa seca y miró a la jefa de servicio, una mujer mayor que llevaba décadas en la familia.
—Fatma, parece que la nueva señora tiene mucha sed. Tráele el té. Pero recuerda que aquí servimos a los Kordan primero. A los invitados forzosos se les sirve al final.
La criada dudó, mirando a mi madre y luego a mí. Fue un desafío directo a mi mando. Si permitía que el servicio humillara a Ayla, perdería el control de la casa. Pero una parte de mí, la parte que recordaba el informe sobre los Kara, quería ver a Ayla quebrarse, quería que sintiera el peso del mundo en el que se había metido.
**AYLA**
La criada, Fatma, se acercó a la mesa con la tetera de plata. Pasó de largo por mi lado y sirvió a Sultana, luego a Umut, y finalmente a Ece. Cuando llegó a mi turno, se detuvo, esperando una orden de Sultana.
—Parece que no hay suficiente té para todos, qué lástima —comentó Sultana, observando sus uñas impecables—. Tendrás que esperar a que preparen una nueva tanda, Ayla. Si es que te queda paciencia.
Miré a Umut. Esperaba que dijera algo, que golpeara la mesa, que ejerciera ese poder del que tanto alardeaba. Pero él se limitó a beber su té, observándome por encima del borde de la taza con una mirada gélida e indescifrable. Estaba permitiendo que me pisotearan.
—No hace falta —dije, levantándome de la silla con tal brusquedad que los cubiertos tintinearon—. No tengo hambre de vuestra comida, ni sed de vuestro té.
Me acerqué a Umut y, por primera vez, me incliné hacia él con una sonrisa que era puro veneno.
—Me dijiste que aquí la única voluntad que importaba era la tuya. Pero veo que en esta mesa solo eres un niño que no se atreve a llevarle la contraria a su madre. Si este es el "trato de esposa" que me prometiste, te aseguro que los Kara tenían razón: soy demasiado inocente para entender cómo podéis vivir en tanta miseria moral.
**UMUT**
Sus palabras me golpearon como una bofetada. Vi la chispa de furia en sus ojos verdes y, por un instante, sentí una chispa de admiración. Se estaba enfrentando a la mujer más temida de Mardin sin nada más que su orgullo.
—¡Cómo te atreves! —gritó Sultana, poniéndose de pie.
—¡Siéntate, madre! —rugí, y esta vez el estruendo de mi mano contra la mesa hizo que Ece soltara un grito—. Ayla, vuelve a sentarte. Ahora.
La agarré de la muñeca antes de que pudiera salir del comedor. Su piel estaba ardiendo.
—Nadie se levanta de esta mesa hasta que yo lo diga. Fatma, sirve el té a mi esposa. Ahora mismo. Aquí no manda nadie más que yo.
El servicio reaccionó al instante. El té fue servido en mi taza y yo mismo se la deslicé a Ayla.
—Bebe —ordené, clavando mis ojos en los suyos—. Y recuerda esto: te defenderé de los ataques externos, pero no esperes que te salve de las consecuencias de tus palabras. Has firmado ser una Kordan, y eso significa que la guerra empieza en este desayuno.
Ayla tomó la taza, pero no bebió. Me miró fijamente y, con un gesto deliberado, vertió el líquido caliente sobre el mantel blanco, justo frente a mi plato.
—Prefiero tener sed a beber de tu mano, Umut.
Se dio la vuelta y salió del comedor, dejándome con el mantel manchado y a mi madre lívida de rabia. Por primera vez en mi vida, sentí que había encontrado a alguien a quien no podía domar solo con miedo. Y eso la hacía mil veces más peligrosa.
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Editado: 08.02.2026