**AYLA**
Después del incidente del desayuno, me refugié en la habitación de Umut. El corazón todavía me latía con fuerza. Había desafiado a los dos, pero sabía que mi victoria era de papel. Estaba atrapada.
A media mañana, escuché el rugido del motor del coche de Umut alejándose por el camino de grava. Se iba al hospital. Se iba a su mundo de poder, dejándome en este mausoleo. Apenas unos minutos después, la puerta de la habitación se abrió de golpe. No era una criada. Era Sultana, seguida por dos hombres corpulentos que rara vez veía dentro de la casa.
—Se acabó el juego, niña —dijo Sultana. Su rostro no tenía rastro de la furia de antes; ahora estaba sumida en una calma gélida que daba mucho más miedo—. Mi hijo cree que puede domesticar a una víbora metiéndola en su cama. Yo sé que a las víboras hay que quitarles la luz para que aprendan quién manda.
—¿Qué va a hacer? —retrocedí hasta chocar con el ventanal.
—Darte una lección de humildad. En esta casa, hasta que no aprendas a besar la mano que te da de comer, no eres más que un estorbo. Lleváosla.
Los hombres me agarraron. Intenté gritar, pero uno de ellos me tapó la boca con una mano áspera que olía a tabaco. Me arrastraron fuera de la habitación, pasillo abajo, hacia las escaleras de servicio que descendían a las entrañas de la mansión.
Bajamos hasta que el aire se volvió húmedo y el olor a piedra vieja y moho lo inundó todo. Me empujaron dentro de una estancia pequeña, con paredes de roca desnuda y una sola bombilla que parpadeaba. No había muebles, solo una esterilla en el suelo.
—Disfruta del silencio —siseó Sultana antes de cerrar la pesada puerta de madera reforzada—. Quizás cuando Umut vuelva por la noche, hayas aprendido a pedir perdón.
**UMUT**
El hospital era un caos, pero mi mente estaba en la mansión. No podía quitarme de la cabeza la imagen de Ayla vertiendo el té sobre el mantel. Su desafío me encendía y me irritaba a partes iguales. Estaba revisando unos informes de suministros cuando el doctor Aras entró en mi despacho.
—Señor Kordan, la doctora Ayla no ha llegado a su turno —dijo, preocupado—. No responde al teléfono de la planta y nadie sabe nada de ella.
—Está en casa, Aras. Hoy tiene asuntos que atender —respondí con frialdad, aunque un nudo de inquietud se me instaló en el estómago.
Pasaron las horas. Intenté llamarla tres veces, pero su teléfono daba apagado. Sabía que estaba enfadada, pero Ayla no era de las que apagaban el teléfono si sabía que podía haber una urgencia médica. Algo no encajaba.
A las seis de la tarde, no pude aguantar más. Dejé la junta directiva a medias y conduje de vuelta a la mansión como un loco. Al entrar, la casa estaba en un silencio sepulcral. Mi madre estaba en el salón, tomando café con una elegancia imperturbable.
—¿Dónde está Ayla? —pregunté, sin saludar.
—¿Tu esposa? —Sultana dejó la taza con parsimonia—. Supongo que estará reflexionando sobre su falta de modales. Le hacía falta un poco de disciplina, Umut. No puedes dejar que una cualquiera te deje en ridículo frente al servicio.
—¿Qué has hecho, madre? —me acerqué a ella, mi voz era un gruñido—. ¿Dónde está?
—Está donde pertenecen los que no saben su lugar. En las celdas bajas. No te preocupes, Fatma le bajará un poco de agua mañana... si se disculpa.
La furia me nubló la vista. No era solo por Ayla; era el hecho de que mi madre hubiera pasado por encima de mi autoridad directa. Aparté la mesa de centro de un golpe y corrí hacia las escaleras del sótano.
**AYLA**
El frío se me estaba metiendo en los huesos. La bombilla se había fundido hacía una hora, dejándome en una oscuridad absoluta. Me abracé a mis rodillas, temblando, escuchando el goteo de alguna tubería lejana. Por primera vez, el miedo al olvido me superó. ¿Y si Umut decidía que era mejor tenerme así? ¿Y si los Kara no venían nunca?
De repente, escuché pasos pesados. Gritos. El sonido de un cerrojo metálico siendo forzado.
La puerta se abrió de golpe y la luz del pasillo me cegó. Una silueta alta y ancha se recortó en el umbral. No necesitaba ver su rostro para saber quién era. Su presencia llenaba el espacio, cargada de una energía violenta.
Umut entró en la celda y se arrodilló frente a mí. Sus manos, calientes y temblorosas, buscaron mi rostro en la penumbra.
—Ayla... —su voz estaba rota, una mezcla de alivio y una rabia salvaje que no iba dirigida a mí.
—Me has dejado sola con ella —susurré, con los dientes castañeando—. Me dijiste que estabas al mando... y me has dejado en este agujero.
Él no respondió con palabras. Me envolvió en sus brazos, levantándome del suelo como si no pesara nada. Me apretó contra su pecho con una fuerza que casi me impedía respirar, pero en ese momento, su calor era lo único que me mantenía cuerda.
—Nadie volverá a tocarte —juró contra mi pelo mientras me sacaba de allí—. Ni mi madre, ni los Kara, ni el mismo Dios. A partir de hoy, entenderán que meterse contigo es buscar su propia tumba.
Subimos las escaleras y, al llegar al salón principal, se detuvo frente a Sultana, que nos miraba con desprecio. Umut no se detuvo, pero sus palabras cortaron el aire como una sentencia de muerte.
—Mañana, todas tus maletas estarán fuera de esta casa, madre. Te vas a la residencia de verano de la costa. Y si vuelves a acercarte a mi esposa sin mi permiso, te olvidaré de la misma forma que tú has olvidado quién es el señor de los Kordan.
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Editado: 08.02.2026