La alianza del sol

17 Piel y acero

**AYLA**

​La noche había caído sobre Mardin, cubriendo la mansión con un manto de silencio inquietante. Me había quedado en el salón con Ece y su hermano hasta tarde, pero el sonido de un coche derrapando sobre la grava me puso en alerta.
​La puerta principal se abrió con violencia. Umut entró apoyándose en el marco, con la respiración entrecortada. Tenía la camisa blanca desgarrada en el hombro y una mancha oscura, densa y brillante, se extendía por su costado.
​—¡Umut! —gritó Ece, corriendo hacia él.
​—Estoy bien —gruñó él, aunque su rostro estaba más pálido de lo habitual—. Solo ha sido un roce. Una emboscada en el camino de las canteras.
​Sus guardias intentaron ayudarle, pero él los apartó con un gesto brusco. Sus ojos, nublados por el dolor, buscaron los míos entre la penumbra del vestíbulo. En ese momento, la esposa cautiva desapareció y la doctora tomó el mando.
​—Llevadlo a su habitación —ordené a los hombres, mi voz sonando firme por primera vez en esa casa—. Ece, trae agua caliente, alcohol y el maletín de sutura que dejé en el coche el otro día. Ahora.

​**UMUT**

​Cada paso era un suplicio, pero el dolor físico no era nada comparado con la humillación de haber sido sorprendido. Me dejé caer en el sillón de mi dormitorio, apretando los dientes mientras sentía el calor de mi propia sangre empapando mis pantalones.
​Vi a Ayla entrar. Se había recogido el pelo en un moño improvisado y se estaba lavando las manos con rapidez. No había rastro de la mujer asustada del sótano. Se movía con una eficiencia que me hipnotizó.
​—Quítate la camisa —dijo ella, acercándose con una palangana y gasas.
​—Puedo hacerlo solo, doctora —respondí, intentando mantener mi orgullo intacto.
​—No seas idiota, Umut. Estás perdiendo sangre y no puedes ver el ángulo de la herida. O te dejas ayudar o dejaré que te desangres en tu propia alfombra. Tú eliges.
​Solté un gruñido y, con dificultad, me despojé de la tela. Ella se arrodilló entre mis piernas para alcanzar mi costado. Sentí el contacto de sus dedos fríos sobre mi piel ardiente y un escalofrío que no tenía nada que ver con la herida me recorrió la columna.

**​AYLA**

​La herida era limpia, pero profunda; una bala le había rozado el costado, abriendo un surco que necesitaba varios puntos. Empecé a limpiar la zona con antiséptico. Umut no soltó ni un quejido, solo apretó los puños contra los brazos del sillón, con los músculos de su torso tensándose bajo mis manos.
​—¿Quién ha sido? —pregunté sin levantar la vista, concentrada en pasar la aguja por la piel.
​—¿Quién crees tú? —respondió él con un siseo de dolor cuando el hilo tiró de la carne—. Los Kara no han tardado ni veinticuatro horas en responder a nuestro "matrimonio".
​—Demir Kara dijo que quería protegerme —susurré, sintiendo una punzada de duda—. No creo que él mandara matarte sabiendo que yo estoy aquí.
​Umut soltó una risa amarga que terminó en una mueca de dolor.
—Eres tan ingenua, Ayla. En esta ciudad, el amor se demuestra con balas. No querían matarme a mí; querían enviarme un mensaje. Querían decirme que no puedo protegerte ni a diez kilómetros de mi propia casa.
​Terminé de vendarlo con cuidado. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a hierro y pólvora que lo rodeaba. Al levantar la vista, me encontré con sus ojos fijos en los míos. Ya no había furia, solo una intensidad cruda y algo que se parecía peligrosamente a la desesperación.
​—¿Por qué me has salvado? —me preguntó, su mano subiendo lentamente hasta rozar mi cuello, justo donde late el pulso—. Podrías haberme dejado morir y serías libre.
​—Soy médico, Umut —respondí, aunque mi voz tembló—. Mi juramento está por encima de tu odio. Además... —bajé la mirada a sus labios— ...muerto no me servirías de nada para obtener las respuestas que me ocultas.
​Él no me soltó. Al contrario, me atrajo hacia él con el brazo que no tenía herido, obligándome a quedar atrapada entre sus piernas mientras seguía arrodillada. El aire en la habitación se volvió pesado, cargado de una tensión que ya no era de guerra, sino de algo mucho más primitivo.
​—Me odias —afirmó él, rozando mi mejilla con el pulgar.
​—Te odio —confirmé, aunque no me aparté.
​—Entonces, ¿por qué tu corazón late tan rápido cada vez que te toco? —susurró, inclinándose hacia mí hasta que nuestras frentes se tocaron.




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