La alianza del sol

19 Territorio marcado

**AYLA**

​Dos semanas de encierro terminaron hoy. Catorce días de desayunos tensos y noches compartiendo una habitación que olía a él, sintiendo su mirada fija en mi nuca mientras fingía dormir. Umut finalmente cedió, pero no fue un acto de bondad; fue una demostración de poder.
​Al cruzar el vestíbulo del hospital, sentí que las paredes se cerraban. Umut caminaba a mi lado, su mano apoyada firmemente en mi cintura. No era un gesto de afecto, era una marca de propiedad.
​Los cuchicheos no tardaron en aparecer.
—¿Has visto? Es ella, la doctora que se convirtió en una Kordan de la noche a la mañana...
—Dicen que Umut compró su libertad a los Kara...
​—Céntrate, Ayla —me susurró Umut, su voz rozando mi oreja—. He venido a que cumplas con tu deber, no a que escuches cuentos de pasillo.

​**UMUT**

​Entrar en el hospital con Ayla del brazo era como desfilar con un trofeo de guerra. Disfrutaba del miedo en los ojos de los enfermeros y de la reverencia forzada de los administrativos.
​Nos dirigimos directamente al despacho de la dirección. Aras, el viejo director del hospital, nos esperaba tras su escritorio. Sus ojos, cargados de sabiduría y de una pizca de decepción, se posaron primero en Ayla y luego en mí. Aras había visto nacer a la mitad de los Kordan; era de los pocos que se atrevían a mirarme sin parpadear.
​—Umut, hijo... —saludó Aras con voz ronca—. No esperaba que la vuelta al trabajo de la doctora fuera bajo una escolta tan... imponente.
​—Las circunstancias han cambiado, Aras —respondí, sentándome frente a él sin soltar la mano de Ayla—. Mi esposa retoma sus cirugías, pero su seguridad es ahora mi prioridad absoluta. Solo quiero que te asegures de que nadie la moleste con preguntas innecesarias sobre su vida privada.
​Aras suspiró y miró a Ayla con ternura.
—Doctora, bienvenida. Tenemos mucho trabajo acumulado. Ve a prepararte, yo terminaré de hablar con tu marido.

​**AYLA**

​Agradecí la oportunidad de escapar de la mirada de Umut. Tras la reunión con Aras, pasé la mañana sumergida en expedientes. Al mediodía, bajé a la cafetería, buscando un momento de normalidad. Allí estaba Mert, mi compañero de promoción, el chico con el que solía compartir turnos de guardia y risas antes de que mi vida se volviera una pesadilla.
​—¡Ayla! —Mert se levantó de un salto al verme. Se veía nervioso, pero sus ojos brillaban de alegría—. He intentado llamarte mil veces. Todo el mundo dice cosas horribles, que te casaste a la fuerza... ¿estás bien?
​—Mert, baja la voz —dije, sentándome con él—. Es complicado. Pero estoy aquí, ¿no? Solo quiero tomar un café y hablar de algo que no sea sangre o contratos.
​Mert me sonrió y puso su mano sobre la mía en la mesa, un gesto de apoyo que en cualquier otro lugar sería inofensivo.
—Eres la mejor de nosotros, Ayla. No dejes que el apellido Kordan te borre.

​**UMUT**

​Bajé a la cafetería después de cerrar unos acuerdos con Aras. La escena que encontré hizo que la herida de mi costado volviera a latir con una furia ardiente. Era la segunda vez que veía a ese chico, a ese médico imberbe, tocando la mano de mi esposa.
​Caminé hacia ellos. El sonido de mis botas contra el suelo hizo que las conversaciones a nuestro alrededor se apagaran.
​—Doctor... Mert, ¿verdad? —dije, proyectando mi sombra sobre su mesa.
​Mert se puso de pie rápidamente. Estaba pálido, pero para mi sorpresa, no huyó. Se ajustó la bata y me miró a los ojos con una educación que rayaba en la insolencia.
​—Señor Kordan —respondió con voz firme—. Solo le estaba dando la bienvenida a mi colega. No sabía que los amigos tenían prohibido hablar con la doctora.
​—Los amigos no, pero los oportunistas sí —me acerqué un paso más, invadiendo su espacio—. Ayla está aquí para trabajar, no para recibir consuelos innecesarios de alguien que apenas sabe sostener un bisturí.
​—Umut, basta, estás haciendo un espectáculo —siseó Ayla, roja de rabia.
​Mert dio un paso al frente, plantándome cara con una calma que me irritó profundamente.
—Con todo el respeto, señor Kordan, este es un lugar de ciencia y cuidado, no uno de sus almacenes. Ayla es una mujer libre en su trabajo, y mientras esté aquí, la trataremos como la gran profesional que es, no como su propiedad.
​Me miró una última vez antes de girarse hacia Ayla.
—Nos vemos en la planta de oncología, Ayla. Ha sido un gusto volver a verte.
​Se marchó con la frente en alto, dejándome allí con los puños cerrados. Ayla me miró con puro odio, se levantó sin decir palabra y me dejó solo en mitad de la cafetería. Había ganado la pelea de palabras, pero por primera vez, sentía que estaba perdiendo el control sobre ella.




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