**AYLA**
El trayecto de vuelta del hospital había sido un campo de batalla de silencios. Tras el enfrentamiento de Umut con mi compañero Mert, la tensión en el coche se podía cortar con un bisturí. Al entrar en la mansión, esperaba el frío habitual de sus muros, pero lo que encontré fue un perfume dulce, empalagoso y caro que no pertenecía a nadie de la casa.
En el centro del salón, una mujer de una belleza felina, vestida con seda roja y una sonrisa de absoluta pertenencia, nos esperaba.
—Umut... —dijo ella, ignorándome por completo—, te he echado de menos en Estambul. Me he cansado de esperar a que me llamaras, así que he venido a buscarte.
Umut no la apartó. Al contrario, sus hombros se relajaron y una sombra de complicidad cruzó su rostro.
—Selin. No esperaba verte hoy —respondió él, permitiendo que ella le tomara las manos.
No quise escuchar más. Sentí una náusea repentina que no tenía nada que ver con el hambre. Sin mediar palabra, subí las escaleras a toda prisa, refugiándome en la habitación para cambiarme. Me puse un vestido sencillo, intentando recuperar la compostura para bajar a cenar con los hermanos de Umut, los únicos que me hacían sentir humana en aquel lugar.
Sin embargo, al bajar y pasar de nuevo por el rellano que daba al salón, me detuve en seco. Selin rodeaba el cuello de Umut con sus brazos y lo estaba besando. Un beso largo, cargado de historia. Y Umut, el hombre que me reclamaba como suya frente al mundo, no se movió.
Di media vuelta antes de que me vieran. No iba a cenar. No iba a ser la esposa espectadora de su vida pasada.
Subí hasta la terraza superior, la que daba a los tejados de piedra de Mardin. El aire de la noche era gélido, pero el frío de mi pecho era mucho mayor. Me apoyé en la barandilla de piedra, mirando las luces de la ciudad parpadear como estrellas caídas. Las lágrimas, que había jurado no derramar nunca por él, empezaron a resbalar por mis mejillas. Me sentía pequeña, humillada y, por primera vez, profundamente sola.
—Ayla... —la voz de Ece sonó detrás de mí, suave y cargada de pesar.
Se acercó con una manta de lana gruesa y me rodeó los hombros con ella. Se colocó a mi lado, mirando el mismo horizonte que yo.
—No dejes que esa mujer te quite el sueño —dijo Ece con firmeza—. Selin es solo una costumbre de Umut. Ella representa la vida fácil que él tenía antes de que todo este caos empezara.
—No es ella, Ece —susurré, limpiándome la cara con el dorso de la mano—. Es él. Me encierra, me marca como si fuera su ganado y luego permite que otra mujer lo bese. ¿Cómo espera que lo respete?
—Umut es un hombre de piedra, Ayla. Cree que si ignora sus sentimientos, estos desaparecerán. Esta noche ha decidido ser el hombre que todos esperan que sea: el señor que hace lo que quiere. Pero mira sus ojos mañana. Verás que no ha encontrado la paz que buscaba.
Ece se quedó conmigo durante horas. Me habló de su madre, de cómo la mansión solía estar llena de flores y no de guardias, y de cómo esperaba que yo fuera la que finalmente rompiera la maldición de los Kordan. Por un momento, gracias a ella, el peso del apellido no se sintió tan pesado.
**UMUT**
La noche transcurrió entre el aroma a jazmín de Selin y el sabor amargo del whisky. Ella hablaba de Estambul, de negocios, de gente que ya no me interesaba. Mi cuerpo estaba allí, en el salón, pero mis ojos volvían constantemente a la escalera. Esperaba que Ayla bajara, que gritara, que me reclamara. Pero no hubo nada más que silencio.
Pasé la noche con Selin. No por amor, ni siquiera por deseo real, sino por una necesidad desesperada de recordar quién era yo antes de que los ojos verdes de Ayla empezaran a cuestionar cada una de mis decisiones. Pero mientras Selin dormía a mi lado, yo solo podía pensar en la silueta de mi esposa huyendo hacia la terraza.
**AYLA**
(A la mañana siguiente)
Bajé al comedor a primera hora, ya vestida con mi uniforme de hospital. Estaba pálida, pero mi mirada era puro acero. Selin ya estaba en la mesa, luciendo una bata de seda que claramente pertenecía a la casa. Umut estaba frente a ella, tomando café con una expresión sombría.
—Buenos días, doctora —dijo Selin con una sonrisa triunfal—. Espero que hayas descansado. Mardin es una ciudad tan... ruidosa de noche.
Ignoré su comentario como si fuera el zumbido de una mosca. Miré directamente a Cihan, que acababa de entrar.
—Cihan, ¿podrías llevarme al hospital? —pregunté con voz clara y gélida—. No quiero molestar a Umut. Parece que tiene visitas que requieren toda su atención.
Umut dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco que hizo vibrar la porcelana.
—Ayla, siéntate. El chófer te llevará cuando termines de desayunar conmigo.
—He desayunado sola hace una hora —respondí, clavando mis ojos en los suyos sin un ápice de miedo—. No tengo nada que compartir contigo hoy, Umut. Ni el pan, ni las palabras.
—Te he dicho que te sientes —su voz bajó un octava, volviéndose peligrosa.
—Y yo te he dicho que me voy —di media vuelta, mirando a Selin por encima del hombro con un desprecio infinito—. Disfruta de lo que queda de mañana. El hospital me espera, y allí, a diferencia de aquí, las personas tienen un valor que no se mide en conveniencia.
Salí de la casa sin mirar atrás, dejando a Umut con la palabra en la boca y a Selin con la sonrisa congelada. Había pasado la noche llorando, pero el sol de la mañana me había devuelto algo que Umut nunca podrá quitarme: mi orgullo.
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Editado: 08.02.2026