La alianza del sol

21 El peso de la corona

**UMUT**

​El sonido de la puerta principal al cerrarse retumbó en mis oídos como un disparo. Selin soltó una risita nerviosa y alargó la mano para tocar mi brazo.
​—Vaya, Umut, parece que tu "pajarillo" tiene más garras de las que parece. Deberías enseñarle quién manda en esta mesa...
​Me puse en pie con tanta violencia que la silla cayó hacia atrás. La miré con un desprecio que la hizo encogerse.
—Fuera de mi casa, Selin —dije con una voz que hizo que incluso Cihan diera un paso atrás—. Ahora mismo. Tus maletas estarán en la puerta en cinco minutos. Si vuelves a aparecer por Mardin sin que yo te llame, te aseguro que no habrá coche que te lleve de vuelta a Estambul.
​No esperé a ver su reacción. Salí a grandes zancadas, subí a mi coche y arranqué antes de que mi escolta pudiera siquiera cerrar sus puertas. La rabia me nublaba la vista. ¿Quién se creía que era para humillarme así delante de mi familia?

​**AYLA**

​Llegué al hospital con el pulso acelerado. Me puse la bata blanca como si fuera una armadura. Al entrar en mi consulta, me apoyé contra la puerta y cerré los ojos. Necesitaba concentrarme. Tenía una operación de urgencia en una hora y no podía permitir que el recuerdo de Umut besando a esa mujer me temblara el pulso.
​—¿Ayla? ¿Estás bien? —Mert asomó la cabeza por la puerta, con el rostro lleno de preocupación—. Te he visto bajar del coche de los Kordan como si huyeras de un incendio.
​—Estoy bien, Mert. Solo... un mal comienzo de día. Por favor, revisa los niveles de potasio del paciente de la cama 402.
​—Ayla, si ese hombre te está haciendo algo...
​—¡He dicho que estoy bien! —le grité, más fuerte de lo que pretendía. Mert retrocedió, sorprendido. Justo cuando iba a disculparme, un estruendo en el pasillo nos hizo girar a ambos.

​**UMUT**

​Entré en el área de consultas como un vendaval. Los enfermeros se apartaban a mi paso y el personal administrativo ni siquiera se atrevió a pedirme el pase de visita. Vi a ese médico, Mert, saliendo de la consulta de Ayla. La sola visión de él cerca de ella prendió la mecha que me quedaba.
​Lo aparté de un empujón y entré en el despacho, cerrando la puerta tras de mí con un estrépito que hizo saltar los papeles de la mesa de Ayla.
​—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, poniéndose en pie. Su voz era fría, pero vi el brillo de temor en sus ojos.
​—¿Cómo te atreves? —rugí, acercándome hasta que solo el escritorio nos separaba—. ¿Cómo te atreves a darme la espalda y humillarme delante de mis hermanos? Soy tu marido, Ayla. Me debes un respeto, especialmente frente a extraños.
​—¿Respeto? —ella soltó una carcajada amarga que me dolió más que un insulto—. Tú hablas de respeto mientras traes a tu amante y me obligas a ver cómo la besas. No te debo nada, Umut. El contrato decía que sería tu esposa, no tu alfombra.
​—¡Selin no es nada! —grité, golpeando la mesa con el puño—. Fue un error, una noche de debilidad porque tú... porque tú me estás volviendo loco.

​**AYLA**

​Él rodeó la mesa en dos zancadas y me agarró por los hombros. No era un gesto violento, sino desesperado. Sus ojos buscaban los míos, cargados de una furia que empezaba a transformarse en algo mucho más peligroso.
​—Suéltame, Umut. Tengo una cirugía. Hay una vida que depende de mí fuera de estas paredes.
​—Nada importa fuera de estas paredes ahora mismo —siseó él, acortando la distancia entre nuestros rostros—. No vas a salir de aquí hasta que me mires y admitas que te dolió. Admite que te mueres de celos por Selin tanto como yo me muero de rabia cuando ese médico te toca la mano.
​—No son celos, Umut —dije, con la voz temblando de pura indignación—. Es asco. Asco por el hombre que creí que tenía un código de honor, aunque fuera un código criminal.
​Él apretó el agarre y, por un segundo, pensé que iba a besarme o a romper algo. Pero entonces, la puerta se abrió de golpe. Aras, el director del hospital, entró con el rostro encendido.
​—¡Basta ya, Umut! —gritó el anciano—. Esto es un hospital, no tu feudo. Suelta a la doctora ahora mismo o llamaré a la policía, y me da igual cuántos jueces tengas en nómina.
​Umut me soltó lentamente, pero no apartó la vista de la mía.
—Esto no ha terminado, Ayla —susurró, de modo que solo yo pudiera oírlo—. Esta noche, cuando vuelvas a casa, no habrá terrazas ni hermanas donde esconderse.
​Se giró y salió del despacho, dejando un rastro de terror y silencio a su paso. Me desplomé en mi silla, sintiendo que el aire volvía a mis pulmones, pero sabiendo que la verdadera tormenta apenas acababa de empezar.




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