**AYLA**
El silencio durante el trayecto de vuelta a la mansión fue el más denso que he experimentado jamás. Umut conducía con una frialdad mecánica, sus manos apretando el volante hasta que sus nudillos perdieron todo rastro de color. Al llegar, me agarró del brazo —no con violencia, pero sí con una firmeza que no admitía réplica— y me obligó a subir las escaleras.
—¿Qué estás haciendo, Umut? —pregunté, sintiendo que el pánico empezaba a desplazar a la rabia.
Él no respondió hasta que llegamos a la puerta de su suite principal. Con un gesto rápido, me arrebató el bolso del hombro.
—¡Oye! —exclamé, intentando recuperarlo, pero él ya estaba sacando mi teléfono móvil y mis llaves de su interior.
—Se acabó el hospital. Se acabaron las cenas con desconocidos y se acabaron las mentiras —dijo él, guardándose mis pertenencias en el bolsillo de su chaqueta—. A partir de mañana, tu mundo termina en estos muros. Estás bajo arresto domiciliario.
**UMUT**
Entré en la habitación de invitados donde ella había estado durmiendo y, bajo mi mirada, los hombres sacaron sus maletas en menos de un minuto.
—Llevadlo todo a mi habitación —ordené con una voz que no dejaba lugar a dudas.
Ayla me miraba desde el pasillo con una mezcla de horror e incredulidad. Sus ojos verdes estaban encendidos, brillantes de una furia que casi podía quemar.
—No puedes hacer esto. ¡Tengo pacientes! ¡Esto es un secuestro, Umut!
—En Mardin, yo soy la ley, Ayla. Y tú eres mi esposa. He intentado darte libertad y la has usado para humillarme delante de toda la ciudad. Ahora probaremos mi método.
La obligué a entrar en mi suite y cerré la puerta, girando la llave por fuera. Me apoyé contra la madera tallada, escuchando cómo ella golpeaba la puerta desde el otro lado, gritando mi nombre con una voz que empezaba a quebrarse. Me dolía cada golpe, cada grito, pero el orgullo herido era un veneno mucho más potente que la compasión. Si no podía tener su respeto, tendría su presencia.
**AYLA**
Pasé la noche caminando de un lado a otro en la habitación de Umut. Su olor estaba en todas partes: el cuero de sus chaquetas, el tabaco de sus cigarros y ese perfume amaderado que solía gustarme y que ahora me resultaba asfixiante. Intenté abrir las ventanas, pero las contraventanas de hierro estaban bloqueadas por un mecanismo que solo se controlaba desde el panel de seguridad.
A la mañana siguiente, escuché el cerrojo. Una criada entró con una bandeja de desayuno, escoltada por un guardia que se quedó en el umbral.
—¿Dónde está Umut? —le pregunté a la chica, pero ella bajó la cabeza y salió sin decir palabra.
Me acerqué a la puerta, pero el guardia puso su mano en el pecho para impedirme el paso. Me encerré de nuevo, dejando la comida intacta. No iba a ser su mascota. No iba a desayunar mientras él jugaba a ser mi carcelero.
**UMUT**
Entré en la habitación a media tarde. La bandeja de comida estaba en el mismo lugar donde la criada la había dejado, el café ya frío y el pan intacto. Ayla estaba sentada junto a la ventana cerrada, mirando hacia el poco cielo que se filtraba por las rendijas de hierro.
—Tienes que comer —dije, dejando unos informes sobre la mesa.
Ella ni siquiera se giró.
—No pienso ingerir nada que venga de tu mano.
—No seas infantil, Ayla. Esto no es una rabieta, es una medida de seguridad. El director del hospital ha llamado preguntando por ti. Le he dicho que estás indispuesta.
—Le has mentido. Como mientes a todo el mundo —se giró por fin, y su palidez me asustó por un segundo—. ¿Cuánto tiempo crees que puedes mantener esto? No soy uno de tus cargamentos ilegales, Umut. Soy una persona.
—Te quedarás aquí hasta que entiendas que tu lugar es a mi lado, no con ese médico en una plaza pública —me acerqué a ella, pero retrocedió como si mi tacto fuera a quemarla—. Come algo, Ayla. No me obligues a ser más duro de lo que ya soy.
—Ya eres un monstruo, Umut. No hace falta que te esfuerces más.
Salí de la habitación cerrando con llave de nuevo, sintiendo que, aunque ella era la que estaba encerrada, yo era el que se estaba quedando sin aire.
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Editado: 16.02.2026