La alianza del sol

24 La rebelión del jazmín

**AYLA**

​Llevaba horas mirando las sombras proyectarse en la alfombra cuando escuché el giro suave de la llave. No era el paso pesado de Umut, ni el caminar temeroso de la criada. Era Ece. Entró con una sonrisa conspiradora y un vestido extra en el brazo.
​—Mi hermano es un idiota, Ayla, y no pienso dejar que te marchites en esta habitación —susurró, cerrando la puerta tras de sí—. Umut y Cihan están en una reunión en el puerto. No volverán hasta la noche. Vamos a salir.
​—Ece, los guardias no me dejarán pasar... —dije, sintiendo un rayo de esperanza.
​—Los guardias responden ante mí cuando él no está. Les he dicho que te llevo al jardín, pero nos vamos a la casa de campo de mi amiga Leyla. Necesitas aire, alcohol y olvidar que estás casada con un bloque de granito.
​Dos horas después, el mundo se sentía mucho más ligero. Estábamos en una terraza privada, lejos de los ojos de Mardin. Entre risas, confidencias y varias botellas de vino blanco, la opresión en mi pecho empezó a disolverse. Por primera vez en semanas, no era la "esposa de Umut Kordan" ni la "doctora secuestrada". Era solo Ayla.
​—¡Por los hombres que creen que pueden mandarnos y fracasan estrepitosamente! —brindé, levantando mi copa con la vista un poco borrosa y una risa floja que no podía detener.

​**UMUT**

​La reunión en el puerto había sido un desastre. Los Soykan seguían presionando y mi paciencia estaba bajo mínimos. Solo quería llegar a casa, abrir esa maldita puerta y ver que Ayla estaba a salvo, aunque me gritara.
​—Cihan, algo no va bien —dije al entrar en la mansión y ver que el puesto de guardia frente a mi habitación estaba vacío.
​—Tranquilízate, Umut. Quizás Ece...
​No la encontramos en la mansión. Siguiendo el rastro de uno de los chóferes, llegamos a la propiedad de los amigos de mi hermana. Cuando entramos en la terraza, la imagen me dejó petrificado. No era la escena de peligro que había imaginado.
​Había botellas vacías sobre la mesa, música sonando y tres mujeres riendo a carcajadas. Ayla tenía el pelo revuelto, las mejillas encendidas y sostenía una copa de vino como si fuera un trofeo.
​—¡Vaya! —exclamó Ayla al verme, tambaleándose un poco al intentar ponerse en pie—. ¡Pero si es mi carcelero favorito! ¿Has venido a ponerme las esposas o a beberte un sorbo de libertad?

​**AYLA**

​Ver la cara de Umut fue mejor que cualquier postre. Parecía que iba a estallar en llamas. Estaba tan rígido, tan... Umut. Me acerqué a él, arrastrando un poco los pies, y le puse un dedo en el pecho, justo donde su corazón debería estar latiendo con furia.
​—Estás muy tenso, señor Kordan —dije con voz pastosa, soltando una risita—. Deberías relajarte. Ece dice que el estrés es malo para... para lo que sea que tengas en lugar de alma.
​Miré a Cihan, que estaba detrás de él intentando aguantarse la risa mientras ayudaba a una Ece bastante alegre a no caerse del sofá.
​—Ayla, estás borracha. Vámonos a casa —dijo Umut, agarrándome de la cintura para equilibrarme. Su tono era severo, pero sentí cómo sus dedos temblaban ligeramente contra mi piel.
​—No quiero ir a tu cárcel —protesté, apoyando la cabeza en su hombro porque, de repente, el suelo había decidido moverse—. Tu cárcel huele a ti... y a veces me gusta, y eso me da mucho miedo, ¿sabes?

​**UMUT**

​Sus palabras, arrastradas por el alcohol, me golpearon más fuerte que cualquier insulto. A veces me gusta. La levanté en brazos sin esfuerzo, ignorando sus débiles protestas y sus intentos de seguir brindando con una copa imaginaria.
​—Cihan, encárgate de Ece —ordené, caminando hacia el coche con Ayla aferrada a mi cuello—. Mañana hablaremos de las consecuencias de esto.
​En el asiento trasero del coche, ella se quedó dormida casi al instante, con la cabeza apoyada en mi regazo. Le aparté un mechón de pelo de la cara, sintiendo una mezcla insoportable de ternura y rabia. Me había desafiado, se había escapado y se había emborrachado con mi hermana, pero verla así, vulnerable y tranquila, me recordaba por qué no podía dejarla ir.
​—Eres un problema, doctora —susurré en la oscuridad del coche—. Pero eres el único problema que no quiero resolver.




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