**UMUT**
Me senté frente a ella, observando cómo jugueteaba con una aceituna negra, con los ojos todavía algo hinchados por el alcohol y la falta de sueño. Por primera vez, no había dagas en su mirada. Solo una curiosidad cautelosa.
—¿Cómo fue, Umut? —preguntó en voz baja—. Antes de convertirte en el hombre que guarda llaves de habitaciones. ¿Cómo era tu familia?
Suspiré, dejando la taza sobre la mesa. No suelo mirar hacia atrás; el pasado en Mardin suele estar escrito con sangre que prefiero no remover. Pero sus ojos verdes me pedían una verdad que no fuera una orden.
—Mi madre nunca quiso estar en esta casa, Ayla —confesé, y mi propia voz me sonó extraña—. Nunca amó a mi padre. Para ella, Ece, Cihan y yo no éramos hijos, éramos estorbos que la encadenaban a un hombre que no eligió. Nos miraba con una frialdad que te helaba los huesos.
Me detuve, recordando la figura de mi padre.
—Él, en cambio... era un buen hombre. Vivía por y para nosotros. Amaba a esa mujer con una devoción que ella nunca mereció. Hasta el último día, antes de que los Kara nos lo arrebataran, nos enseñó que la familia era lo único que nos mantendría en pie. Lo mataron porque su corazón era demasiado grande para este negocio.
**AYLA**
Escuchar su voz quebrarse ligeramente al mencionar a su padre rompió el último muro que me quedaba. Vi al niño que tuvo que endurecerse para proteger a sus hermanos, al hombre que heredó un imperio de violencia para que a los suyos no les faltara nada. Sin pensarlo, me levanté y caminé hacia él.
Rodeé su cuello con mis brazos, hundiendo mi rostro en el hueco de su hombro. Umut se tensó un segundo, sorprendido por mi afecto voluntario, pero luego soltó un suspiro largo y me rodeó la cintura, aferrándome a él como si yo fuera su único refugio.
—Lo siento tanto, Umut —murmuré contra su piel.
Él se giró, me sentó a horcajadas sobre su regazo y me miró con una intensidad devoradora. El dolor de su historia se transformó rápidamente en una necesidad física que nos dejó sin aliento.
**UMUT**
La urgencia de la noche anterior se desvaneció, dejando paso a una posesión mucho más profunda y detallada. Sus manos acariciaban mi nuca mientras yo buscaba su boca con una lentitud tortuosa, saboreando el café y la rendición en sus labios.
La llevé hacia la cama grande, que aún conservaba el desorden de nuestra batalla nocturna. Esta vez no había sombras de alcohol. La luz del sol bañaba su cuerpo mientras yo la despojaba de la seda, deteniéndome en cada centímetro de su piel. Quería grabarme su geografía: la curva de sus caderas, la suavidad de su vientre, la forma en que sus pezones se tensaban bajo mi lengua.
—Eres mía, Ayla —gruñí contra su cuello, mientras mis dedos exploraban su humedad, encontrándola lista y ansiosa por mí—. No solo por contrato. No solo por el apellido. Mía en cada fibra.
**AYLA**
Mis sentidos estaban disparados. Sentía el peso de sus hombros, la dureza de sus músculos contra mis muslos abiertos y el calor de su aliento en mi oreja. Cuando finalmente se unió a mí, no fue el choque salvaje de antes, sino una invasión lenta y profunda que me hizo arquear la espalda y gemir su nombre al techo.
Cada embestida suya era una declaración de propiedad. Me perdí en el ritmo de su cuerpo, en la forma en que sus manos grandes sujetaban mis muñecas contra el colchón mientras sus ojos no se apartaban de los míos. El placer era una ola que me arrastraba, más intenso porque esta vez yo estaba allí, presente, aceptando voluntariamente al hombre detrás del monstruo.
Sentía el roce de su vello contra mi piel, el sudor mezclándose entre nosotros y el sonido de nuestras respiraciones agitadas llenando la estancia. Me aferré a sus hombros, enterrando mis uñas en su espalda mientras el clímax me golpeaba con la fuerza de un rayo, dejándome temblando bajo él, con el corazón martilleando contra mis costillas.
**UMUT**
Me quedé sobre ella, apoyado en mis antebrazos, mirando cómo recuperaba el aliento con el pecho subiendo y bajando con violencia. Estaba hermosa, marcada por mí, con los labios entreabiertos y la mirada perdida.
Le besé la frente, un gesto inusualmente tierno que me sorprendió incluso a mí. El sexo siempre había sido una transacción o una descarga para mí, pero con ella, en este momento, se sentía como si estuviéramos sellando un pacto que no tenía vuelta atrás.
—Nadie más volverá a tocarte, Ayla —le susurré, apartándole un mechón de pelo húmedo de la frente—. Y yo no volveré a dejar que nadie se interponga entre nosotros. Ni siquiera mi pasado.
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Editado: 16.02.2026