**UMUT**
El estruendo de las maletas golpeando el mármol del recibidor fue como el aviso de una ejecución. Sultana, mi madre, entró en la mansión con la misma altivez con la que la abandonó hace apenas unas semanas. Su excusa de las reformas en la casa de verano era tan transparente como el cristal; ha vuelto porque no soporta haber perdido el control sobre lo que ocurre bajo este techo.
—Umut... —dijo, extendiendo su mano enjoyada para que yo la besara. No lo hice. Me quedé inmóvil, observándola con la frialdad que ella misma me tatuó en el alma.
—Te quedarás en el ala este, madre. Estarás cómoda —dije con voz gélida—. Pero escucha bien: Ayla es mi esposa. No te acerques a ella. No le hables. No intentes sembrar tu veneno. Si lo haces, te sacaré de aquí en el mismo instante en que cruces la línea.
Ella soltó una risa seca, acomodándose el abrigo de piel sobre los hombros mientras sus ojos escaneaban la estancia buscando a "la intrusa".
—He oído que la española te tiene hechizado, hijo. Veremos cuánto dura esa magia cuando la realidad de este apellido la golpee. Has perdido el juicio por una mujer que no sabe nada de nosotros, ni de lo que significa llevar la sangre de los Kordan.
**AYLA**
Umut entró en la habitación poco después. Su mandíbula estaba tan apretada que temí que se le rompieran los dientes. Sin decir una palabra, me tendió mi teléfono y las llaves de mi coche. Fue un gesto de confianza, pero también una advertencia: ahora su protección sería una sombra constante, un muro invisible entre el mundo y yo.
—Vuelve al hospital, Ayla —dijo, y vi un rastro de la ternura de la mañana luchando contra la tormenta de sus ojos—. Pero iré contigo. Necesito que el mundo vea que las cosas han cambiado. Sultana ha vuelto... y esa mujer es capaz de oler la debilidad a kilómetros. No quiero que nada te distraiga hoy.
El trayecto al hospital fue un silencio cargado de electricidad. Umut conducía con una mano en el volante y la otra apretando la mía sobre la palanca de cambios, como si temiera que fuera a evaporarme. Al llegar, me abrió la puerta y entrelazó sus dedos con los míos. Caminamos por el vestíbulo principal con paso firme. Los susurros de las enfermeras morían a nuestro paso; ver al hombre más temido de Mardin escoltando a su esposa de la mano no era algo que se viera todos los días.
En el pasillo de urgencias, Mert apareció con unos informes. Al vernos, se detuvo en seco, palideciendo visiblemente. Vi cómo los hombros de Umut se ensanchaban, reclamando cada centímetro de aire del pasillo. Su mano apretó la mía con una fuerza posesiva que casi me cortaba la circulación, pero no me quejé. Sabía que era su forma de decir "ella es mía".
**UMUT**
Ahí estaba de nuevo. El "doctorcito". Su sola presencia me revolvía el estómago, recordándome que él había visto a Ayla reír cuando yo solo recibía sus gritos. Di un paso hacia adelante, dejando que mi sombra lo cubriera por completo. La violencia latía en mis nudillos, pidiendo permiso para salir tras la tensión acumulada con Sultana.
—Señor Kordan... —murmuró Mert, retrocediendo un paso—. Ayla, me... me alegra ver que has vuelto. Estábamos preocupados.
Sentí que el brazo de Ayla se tensaba. Ella no se soltó de mi mano, pero se puso ligeramente frente a mí, buscando mis ojos con una calma que me obligó a frenar mis instintos. Su mirada era un ancla; me recordaba la noche anterior, el calor de su piel y su rendición voluntaria.
—Mert, gracias —dijo ella con voz clara, asegurándose de que todos en el pasillo la oyeran—. Umut me acompañaba porque hoy es un día de cambios importantes. Aprecio tu preocupación de ayer, pero no es necesaria. Mert es un buen amigo y un excelente colega, Umut. Nada más que eso.
**AYLA**
Umut no apartó la vista de Mert durante varios segundos que parecieron una eternidad. Era un duelo entre un lobo alfa y un hombre que solo intentaba ser amable. Finalmente, Umut asintió con una rigidez casi militar, pero no soltó mi mano ni un milímetro. La posesividad emanaba de él como una fragancia pesada.
—Espero que así sea, doctor —dijo Umut, con una voz que era una amenaza velada, vibrando en su pecho—. Porque mi esposa no necesita más amigos que los que yo apruebe. Y yo soy un hombre difícil de complacer.
Mert asintió rápidamente y se alejó por el pasillo casi trotando. Yo me giré hacia Umut y le puse la mano en la solapa de su chaqueta para suavizar su postura, acariciando la tela de su traje caro.
—Ha sido suficiente, Umut. Ya han entendido el mensaje —le dije suavemente, dedicándole una pequeña sonrisa—. Ahora déjame trabajar. Tengo vidas que salvar. Nos vemos a la salida.
Él me miró, y el brillo de posesión absoluta en sus ojos me dio un vuelco al corazón. De repente, me rodeó la nuca con su mano libre y me besó frente a todos: médicos, pacientes y celadores. Fue un beso lento, profundo y cargado de una autoridad que no admitía réplica. Reclamaba mi boca y mi lealtad ante cualquier testigo presente.
—Estaré en el coche a la hora exacta —dijo al separarse, rozando mi labio inferior con su pulgar—. No tardes ni un minuto. Sultana está en casa y no quiero que pases ni un segundo a solas con ella cuando volvamos. Esa mujer tiene espinas donde otros tienen sentimientos.
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Editado: 16.02.2026