**UMUT**
La cena era una prueba de fuego. Obligué a todos a sentarse a la mesa: Cihan, Ece, mi madre y, a mi derecha, Ayla. Quería que el mensaje fuera nítido: mi esposa no es una invitada, es la autoridad aquí.
Sultana presidía el otro extremo, observando a Ayla como si fuera un espécimen de laboratorio bajo un microscopio. El tintineo de los cubiertos contra la porcelana era el único sonido, hasta que mi madre decidió soltar la primera carga de profundidad.
—Es curioso, Umut —dijo Sultana, limpiándose los labios con una elegancia gélida—. En mis tiempos, las mujeres de esta familia se encargaban de que el hogar fuera un templo. Ahora, parece que preferimos que nuestra "señora" pase el día rodeada de extraños, sangre y enfermedades en un hospital público. ¿No te parece... degradante?
Sentí que la sangre se me subía a la cabeza. Apreté el cuchillo con fuerza, pero antes de que pudiera saltar en defensa de Ayla, sentí su mano apoyarse suavemente sobre mi muslo bajo la mesa. Un gesto de control.
**AYLA**
Sultana buscaba sangre, pero yo no iba a darle el gusto de verme temblar. Mantuve la espalda recta y tomé un sorbo de agua antes de mirarla directamente a los ojos. No había miedo en mi mirada, solo una calma que parecía irritarla más que cualquier insulto.
—Entiendo que para usted sea difícil de comprender, Sultana —respondí con una sonrisa impecable—. En su época, supongo que el valor de una mujer se medía por lo bien que decoraba un salón. Por suerte, Umut es un hombre del siglo XXI y valora tener a su lado a alguien que salva vidas, no a alguien que solo sabe esperar a que le sirvan el té.
Ece soltó una risita ahogada que intentó disfrazar con una tos. Cihan miró al techo, visiblemente impresionado por mi audacia.
**UMUT**
Me quedé helado por un segundo y luego una oleada de orgullo me recorrió el pecho. Ayla no solo se estaba defendiendo; estaba destrozando la narrativa de mi madre con una elegancia que ni yo mismo poseía.
—Ayla tiene razón, madre —añadí, inclinándome hacia adelante—. Su trabajo es un orgullo para este apellido. Y su inteligencia es algo que deberías empezar a respetar si planeas que tu estancia aquí sea placentera.
—¿Respetar? —Sultana soltó una carcajada amarga—. Una mujer que se emborracha con su cuñada y que tiene que ser "escoltada" para no escaparse con el primer médico que le sonríe... Eso no es inteligencia, Umut. Eso es falta de casta. En esta familia, las mujeres Kordan siempre han sabido mantener la compostura.
**AYLA**
—Si por "mantener la compostura" se refiere a abandonar a sus hijos durante semanas cuando las cosas se ponen difíciles, entonces tiene razón: no tengo su casta —ataqué, subiendo la apuesta—. Prefiero mil veces una borrachera honesta con amigos que la frialdad calculada de quien huye de sus responsabilidades familiares.
El silencio que siguió fue atronador. Sultana se puso pálida, sus nudillos apretando el borde de la mesa. Nadie le había hablado así en su propia casa jamás.
—Umut, ¿vas a permitir que esta... extranjera me hable así? —preguntó Sultana, su voz temblando de rabia contenida.
**UMUT**
Miré a mi madre y luego a Ayla. Ayla estaba radiante, con el fuego de la batalla en sus ojos verdes, más hermosa y poderosa que nunca. Me di cuenta de que ella no necesitaba que yo peleara sus guerras; ella era la guerra.
—Ayla no es una extranjera, madre. Es mi esposa. Y en esta mesa, ella tiene la última palabra —me puse de pie, dando por terminada la cena—. Cihan, acompaña a nuestra madre a su habitación. Creo que necesita descansar y reflexionar sobre las nuevas jerarquías de esta casa.
Agarré la mano de Ayla y la obligué a levantarse conmigo. No esperamos a que nadie respondiera. Salimos del comedor hacia el jardín, dejando atrás el veneno de Sultana.
**AYLA**
Una vez en la oscuridad del jardín, bajo el aroma de los jazmines, Umut me detuvo bruscamente y me pegó a su cuerpo. Su respiración era agitada, sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y victoria.
—Has estado increíble —susurró, rodeando mi cintura con sus brazos—. Nadie le ha hablado así a Sultana en toda su vida. Me has dejado sin palabras, doctora.
—No voy a dejar que me pise, Umut. Ni ella ni nadie —le dije, pasando mis brazos por su cuello—. Si voy a estar en esta casa, será bajo mis propios términos.
Él me besó con una pasión renovada, un beso que sabía a triunfo. Por primera vez, sentí que no solo estábamos unidos por la piel, sino por una alianza inquebrantable frente al mundo que intentaba separarnos.
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Editado: 16.02.2026