La alianza del sol

30 El peso de la ausencia

**AYLA**

​La luz que se filtraba por las rendijas de las persianas era de un azul pálido, casi grisáceo. Me quedé un momento inmóvil, escuchando el ritmo acompasado de la respiración de Umut. Su brazo derecho cruzaba mi cintura, una cadena de carne y hueso que me mantenía anclada a su cuerpo. Se veía tan diferente así; sin las órdenes, sin la mirada de acero, sin el peso del clan Kordan sobre sus hombros. Me daba una pena infinita romper ese silencio, despertarlo para devolverlo a una realidad donde tiene que ser un monstruo para sobrevivir.
​Me deslicé centímetro a centímetro, conteniendo el aliento cada vez que él hacía un pequeño amago de moverse. Cuando mis pies tocaron el suelo frío, sentí un escalofrío que me recorrió la columna. Me vestí mecánicamente, con movimientos rápidos y precisos, recogiendo mi pelo en una coleta tirante. Tomé un trozo de papel de su escritorio y garabateé unas palabras rápidas: "Te veía tan tranquilo que no he querido despertarte. Te veo en el hospital".
​Al salir de la mansión, el aire fresco de la mañana me golpeó la cara. Conducir hacia el hospital fue una sensación extraña de libertad y culpa a la vez. Al llegar, me sumergí en el trabajo. Revisé expedientes, hablé con las enfermeras y traté de concentrarme en los latidos de los corazones de mis pacientes para ignorar el latido desbocado del mío. Pero cada vez que se abría la puerta de la sala de urgencias, mis ojos se desviaban hacia allí, esperando ver su figura imponente. Sabía que vendría. Lo que no sabía era cuánta furia traería consigo.

​**UMUT**

​El frío. Eso fue lo primero que sentí al abrir los ojos. Estiré la mano buscando el calor de su espalda, pero mis dedos solo encontraron las sábanas de seda arrugadas y vacías. Me incorporé de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas como un animal enjaulado.
​—¿Ayla? —llamé, pero solo el silencio de la suite me respondió.
​Vi el papel sobre la mesilla. Lo apreté en mi puño hasta que los bordes me cortaron la piel. ¿Cómo se atrevía? Después de lo de anoche, después de los ataques de Sultana, después de que los Kara marcaran nuestra puerta... ella simplemente decide salir a caminar sola por Mardin. La preocupación se transformó en una rabia ciega, un fuego que me quemaba la garganta.
​Me vestí en menos de cinco minutos. No llamé a Cihan, no esperé a nadie. Conducir hasta el hospital fue un borrón de velocidad y chirridos de neumáticos. Cuando entré por las puertas automáticas, el personal se apartó como si fuera una plaga. No me detuve a saludar. Mis pasos resonaban en el linóleo con una cadencia violenta. Llegué a su despacho y no llamé. Abrí la puerta de un golpe, necesitando ver con mis propios ojos que estaba viva, que estaba allí, y que todavía me pertenecía.

​**AYLA**

​El estruendo de la puerta contra la pared me hizo saltar de la silla. Mi café se volcó sobre unos informes, pero no me importó. Umut estaba allí, llenando todo el espacio del despacho con su presencia. Su respiración era errática, sus ojos inyectados en sangre y su mandíbula tan apretada que parecía que iba a estallar. Antes de que pudiera decir nada, él ya estaba encima de mí.
​—¿En qué estabas pensando? —su voz era un rugido bajo, cargado de un dolor que intentaba disfrazar de odio. Me agarró por los hombros, no con fuerza, pero con una urgencia que me dejó sin aire—. ¡Te he dicho mil veces que no sales de esa casa sin escolta! ¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que mi apellido es un adorno?
​—Umut, solo quería que durmieras, parecías tan agotado... —intenté explicar, poniendo mis manos sobre su pecho para intentar calmar la tormenta.
​Pero mi tacto solo pareció empeorar las cosas. Él me miró, y en ese momento la furia cambió de naturaleza. No era solo rabia; era un hambre desesperada. Me empujó contra la mesa, apartando con un brazo violento los tensiómetros y los papeles.

​**UMUT**

​Sus manos en mi pecho eran como brasas. El miedo que había sentido al despertar y no encontrarla se convirtió en una necesidad física de poseerla, de marcarla, de asegurarme de que el mundo supiera que ella no se mueve sin mi permiso. La subí a la mesa con un movimiento brusco, ignorando el ruido de los objetos cayendo al suelo.
​—No vuelvas a dejarme —susurré contra sus labios, mis manos subiendo por sus muslos, desgarrando casi sus medias en el proceso—. Si vuelves a salir de esa cama sin avisarme, te juro que...
​No pude terminar la frase porque ella me calló con un beso. Fue un choque de dientes y lenguas. La bata blanca se abrió bajo mis dedos y sentí la suavidad de su piel contra el frío metal de la mesa. La urgencia era insoportable. Me deshice de mi cinturón con dedos torpes, cegado por el deseo de hundirme en ella. La penetré de golpe, con un gemido que me nació desde lo más profundo del pecho. El contraste de su humedad acogedora y el frío del despacho me hizo perder la noción de todo lo que no fuera ella.

​**AYLA**

​Me aferré a sus hombros, hundiendo mis uñas en la tela de su chaqueta. El despacho, con su olor a desinfectante y su luz fluorescente, desapareció. Solo existía el peso de Umut, la forma en que su cuerpo me reclamaba con cada embestida, y el calor que emanaba de él. Cada movimiento hacía que la mesa de madera vibrara bajo mi espalda, un ritmo constante que aceleraba mi pulso hasta el límite.
​—Umut... por favor... —gemí, echando la cabeza hacia atrás.
​Sus manos apretaban mis caderas con una fuerza que dejaría marcas, pero no quería que me soltara. Quería esa intensidad, ese lenguaje salvaje que solo nosotros dos entendíamos. Sentía el roce de su camisa contra mis pechos desnudos y la aspereza de su barba contra mi cuello. El placer fue subiendo como una marea incontrolable, una presión en el vientre que explotó de repente, dejándome temblando, aferrada a su cuello mientras sentía cómo él se tensaba y se derramaba dentro de mí con un grito ahogado contra mi hombro.




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