**UMUT**
La sangre me hervía, pero no era por la rabia hacia mi madre, sino por la descarga de adrenalina que Ayla me había provocado. Verla enfrentarse a esas víboras con la barbilla alta, reclamando su lugar en mi cama y en mi vida delante de todo Mardin, me había hecho perder el control de mis propios instintos.
En cuanto la puerta de la suite se cerró tras nosotros, la rodeé con mis brazos, levantándola del suelo. La necesitaba de una forma física, casi violenta.
—Has sido una salvaje ahí abajo —gruñí, enterrando mi rostro en su cuello, aspirando su aroma a hospital y a mujer—. Me has vuelto loco, Ayla.
La llevé hacia el ventanal que daba al jardín principal, donde sabía que las invitadas tendrían que pasar para marcharse. No me importaba la discreción. Quería que el mundo supiera que, mientras ellas conspiraban con té y veneno, yo me perdía en el cuerpo de la única mujer que me importaba.
**AYLA**
Umut me tenía pegada al cristal del gran ventanal. El frío del vidrio contrastaba con el calor abrasador de su cuerpo presionando el mío. Mis manos buscaban desesperadamente deshacerse de su camisa, tirando de los botones hasta que saltaron, perdiéndose en la alfombra.
De repente, por encima del hombro de Umut, vi un movimiento en el jardín iluminado por los focos de la entrada. Era ella. Selin. Estaba de pie junto a la fuente, esperando a que el chófer le trajera el coche, pero tenía la mirada clavada directamente en nuestra ventana. Su rostro estaba desencajado por la envidia y el dolor.
Podría haberme apartado. Podría haber cerrado las cortinas. Pero en ese momento, una parte de mí, una parte oscura y posesiva que Mardin había despertado, quiso que viera cada segundo.
—Umut... —susurré, agarrando su nuca para que no se separara de mi boca—. No pares. Selin nos está mirando desde el jardín. Quiero que vea exactamente lo que nunca tendrá.
**UMUT**
Sus palabras fueron como gasolina sobre una hoguera. Me giré ligeramente, lo justo para ver la silueta de Selin abajo, pequeña y patética bajo la luz de la luna. Una sonrisa cruel se dibujó en mis labios. Si mi mujer quería un espectáculo de propiedad, yo le daría la función de su vida.
Le arranqué la ropa interior con un solo movimiento, dejando sus piernas libres. La alcé de nuevo, obligándola a enredarlas alrededor de mi cintura. Mis manos, grandes y ásperas, apretaron sus glúteos contra el cristal frío mientras yo buscaba su entrada, húmeda y palpitante de excitación.
—Mírame a mí, Ayla —ordené, aunque sabía que sus ojos seguían fijos en la figura de abajo—. No la mires a ella. Siente cómo te reclamo delante de su propia cara.
La penetré con una estocada profunda que me hizo soltar un gruñido gutural. El impacto fue tan fuerte que el cristal vibró contra nuestras pieles. No era un acto de amor suave; era una demostración de poder, de deseo desenfrenado y de una lealtad que se sellaba con sudor y placer.
**AYLA**
El gemido que salió de mi garganta fue tan alto que estoy segura de que Selin lo escuchó a través del vidrio. Me aferré a los hombros de Umut, clavando mis uñas en su piel bronceada, mientras él me embestía con una fuerza que me dejaba sin aliento.
Sentía el roce de su vello contra mi abdomen y la dureza de sus músculos contra mis muslos. Cada vez que él se hundía en mí, yo inclinaba la cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello, asegurándome de que Selin viera mi expresión de puro éxtasis. Era un placer doble: el que Umut me estaba dando con su cuerpo y el que yo sentía al saber que estaba destruyendo el orgullo de mi enemiga.
—Más... Umut, más... —supliqué, entregándome por completo al ritmo salvaje que él imponía.
Él me sujetó las muñecas contra el cristal, inmovilizándome, y aceleró el paso. Sus ojos no se apartaban de los míos, cargados de una posesividad que me hacía arder por dentro. Era una coreografía de cuerpos sudorosos, de jadeos pesados y de una intensidad que rozaba el dolor, pero que era adictiva.
**UMUT**
Ver a Ayla así, entregada y a la vez tan desafiante, me llevó al límite más rápido de lo que esperaba. Sus jadeos eran música para mi ego. Sentía cómo sus músculos internos me apretaban, suplicando por más, mientras su mirada volvía a bajar hacia el jardín por un segundo, triunfante.
—Ella no es nada, Ayla —gruñí, antes de hundirme en ella con una serie de estocadas finales que nos dejaron a ambos temblando—. Tú eres la única reina de esta casa.
El orgasmo me golpeó con la fuerza de un tsunami. Me derramé dentro de ella con un grito sordo, sintiendo cómo ella también colapsaba, sus espasmos abrazándome mientras su cabeza descansaba agotada en mi hombro. Nos quedamos así, pegados al cristal, con el vaho de nuestras respiraciones empañando el vidrio, ocultando finalmente la vista del exterior.
**AYLA**
Cuando recuperé el aliento y miré hacia abajo, el coche de Selin ya se alejaba a toda velocidad, dejando una estela de polvo en el camino de entrada. Había ganado. No solo la batalla en el salón, sino la guerra por el hombre que me sujetaba como si fuera su tesoro más preciado.
Umut me bajó de la mesa y me envolvió en su abrazo, besándome la sien con una ternura que contrastaba con la ferocidad de hace un momento.
—Hoy has cruzado un punto de no retorno, doctora —susurró contra mi oído—. Ya no hay vuelta atrás a tu antigua vida. Eres una Kordan, de sangre y fuego.
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Editado: 16.02.2026