La alianza del sol

33 El peso de un apellido

**AYLA**

​El almuerzo en la terraza transcurría bajo una calma tensa. Ece apenas había probado bocado, sus ojos vagaban por el horizonte de Mardin, allí donde las tierras de los Kordan terminan y empiezan las de sus rivales. La sombra de lo ocurrido anoche con Sultana y Selin aún flotaba en el aire, pero el silencio de Ece era distinto; no era miedo a su madre, era la agonía de un secreto que le quemaba las entrañas.
​—Umut cree que el único peligro está fuera de estos muros —comenzó a decir Ece, bajando la voz mientras apretaba su servilleta entre las manos—. Pero el peligro más grande es el que llevas grabado en el corazón, Ayla.
​La miré, dejando los cubiertos a un lado. La vulnerabilidad en su rostro me hizo olvidar por un momento mi propia guerra.
​—¿De qué hablas, Ece? Sabes que puedes confiar en mí.
​—Estoy enamorada —soltó ella, y la palabra pareció pesarle como una losa de plomo—. Pero es un amor prohibido. No es solo alguien que mi hermano desaprobaría... es alguien cuya sola existencia es un insulto para nuestra sangre. Es un hombre que pertenece al bando contrario, a esa familia que mi hermano ha jurado destruir. Si Umut descubriera que su propia hermana entrega sus suspiros al hijo de sus enemigos, no habría perdón para ninguno de los dos.
​Sentí un frío repentino a pesar del sol. No necesitaba que pronunciara el nombre de los Kara; en esta ciudad, solo había un apellido que pudiera provocar tal devastación. Ece estaba enamorada de un hombre que, por nacimiento, era el blanco de las balas de su hermano.
​—Ece... eso es una locura —susurré, acercándome a ella—. Estás hablando de una guerra de generaciones. Si Umut se entera de que el hijo de los Kara ha estado cerca de ti, o que tú sientes algo por él, la mansión se convertirá en un cementerio.
​—Lo sé —respondió ella con una lágrima traicionera—. Por eso vivo en este infierno. Porque cada vez que escucho a mi hermano planear su destrucción, siento que están planeando la mía. Es un amor que nació en la sombra y que morirá en ella, pero no puedo evitarlo. Solo quería que alguien lo supiera... alguien que entienda lo que es desafiarlo todo por un hombre.

​**UMUT**

​Llegué a la mansión con los nervios a flor de piel. Los informes sobre los movimientos de los Kara en la frontera me tenían en alerta máxima. Bajé del coche y mi mirada subió instintivamente a la terraza. Allí estaban ellas: Ayla y Ece. Dos mujeres que eran mi vida, rodeadas de enemigos que no veía.
​Subí las escaleras de piedra con paso pesado. Al entrar en la terraza, el ambiente cambió al instante. Ece se puso en pie de un salto, secándose el rostro con un gesto torpe que no pasó desapercibido para mí. Ayla se mantuvo sentada, pero sus ojos verdes tenían ese brillo de protección que solo aparecía cuando intentaba ocultar algo importante.
​—¿Qué está pasando aquí? —pregunté, mi voz resonando con la autoridad que no puedo desconectar ni siquiera con mi familia—. Ece, ¿por qué lloras? ¿Ha vuelto nuestra madre a llenar tu cabeza con sus amarguras?
​—No, Umut. Solo... hablábamos de cosas de mujeres —respondió Ece, pero su voz temblaba.
​Caminé hacia ellas y puse mis manos sobre el respaldo de la silla de Ayla, marcando mi posición. Miré a mi hermana fijamente. Había algo en su expresión, una mezcla de culpa y terror que encendió todas mis alarmas. El instinto que me ha permitido liderar a los Kordan me decía que no era una simple charla de mujeres.
​—Las "cosas de mujeres" no suelen incluir lágrimas de terror, Ece —dije, endureciendo el gesto—. Mardin está más peligroso que nunca. Los Kara están moviéndose en las sombras y no voy a permitir que ninguna de las dos me oculte nada que pueda ponerlas en riesgo.
​Miré a Ayla, buscando una respuesta en ella. Ella me sostuvo la mirada con una firmeza admirable, pero noté cómo sus dedos se entrelazaban con fuerza sobre la mesa. Sabía que me estaba mintiendo, o al menos, guardando un secreto que no le pertenecía. El silencio entre nosotros tres era una cuerda tensa a punto de romperse.
​—Déjalo, Umut —dijo Ayla finalmente, con una calma que me irritó—. Solo ha sido una mañana emocional. No busques enemigos donde no los hay.
​—Los enemigos están en todas partes, Ayla —respondí, sin apartar la vista de mi hermana—. Y juro que si alguien se ha atrevido a acercarse a Ece para usarla en mi contra, deseará no haber nacido.
​Ece palideció hasta quedarse del color de la porcelana de las tazas. En ese momento, mi sospecha se convirtió en una certeza fría: alguien estaba acechando a mi familia, y el secreto que escondían en esa terraza era mucho más peligroso de lo que quería imaginar.




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