La alianza del sol

34 El veneno en la mesa

**AYLA**

​La jornada en el hospital fue inusualmente tranquila, un respiro necesario tras los días de tormenta. Al salir, Ece me esperaba en el coche. Habíamos decidido ir de compras por el bazar de Mardin, buscando telas y especias, intentando actuar como dos mujeres normales y no como piezas de un tablero de ajedrez. Durante horas, entre sedas y risas nerviosas, logramos olvidar el apellido que cargábamos. Ece parecía otra; por un momento, la sombra de su amor prohibido por el hijo de los Kara desapareció tras los colores de las pashminas.
​Sin embargo, al cruzar el umbral de la mansión de regreso, el aire volvió a volverse denso. El peso de la autoridad de Sultana nos recibió antes incluso de verla.

​**UMUT**

​Llegué a la cena cansado, con la cabeza llena de problemas logísticos y la seguridad de la frontera. Ver a Ayla sentarse a la mesa me dio el único momento de paz del día, pero esa paz duró poco. Sultana presidía la mesa con esa rigidez de mármol que tanto detesto.
​—Me han dicho que han estado en el bazar hoy —soltó mi madre, dejando la cuchara de plata sobre la porcelana con un tintineo seco—. Solas. Sin escolta pesada.
​—Necesitábamos aire, madre —respondió Ece, bajando la vista al plato de inmediato.
​—Las mujeres de la casa Kordan no salen a exhibirse como mercancía —sentenció Sultana, clavando sus ojos en Ayla—. La libertad que te permites, nuera, está empezando a rozar la imprudencia. En mi época, una mujer no cruzaba la puerta sin el permiso de su marido y la sombra de un guardia. Estás maleducando a mi hija y exponiendo nuestro nombre al cotilleo de los mercaderes.

​**AYLA**

​Sentí cómo la sangre se me subía a las mejillas. La comida me supo a ceniza. Iba a responder, a defender mi derecho a caminar por la ciudad donde trabajo, pero alguien se me adelantó.
​Cihan, que hasta ese momento había estado en un silencio sepulcral, dejó su copa de vino sobre la mesa con una fuerza que hizo saltar unas gotas sobre el mantel blanco. Miró a Sultana con un desprecio que me dejó sin aliento.
​—Déjalas vivir en paz, madre —dijo Cihan, su voz era un látigo frío—. Ya es suficiente con tener que soportar tus reglas dentro de estos muros. ¿Ahora también vas a decidir cuándo pueden sentir el sol en la cara?
​—Cihan, mides tus palabras... —empezó Sultana, erguida como una cobra.
​—No —la cortó él, y vi a Umut tensarse a mi lado—. Nunca has sido una buena madre. Nunca has sabido dar otra cosa que no sea amargura. Te gusta envenenarnos, Sultana. Te gusta ver cómo nos asfixiamos con tus tradiciones rancias mientras tú te alimentas de nuestro control. Deja que Ayla y Ece respiren, porque si por ti fuera, esta casa sería un mausoleo.

​**UMUT**

​El silencio que siguió a las palabras de mi hermano fue absoluto. Podía oír el tic-tac del reloj de pared y la respiración entrecortada de Ece. Cihan había dicho en voz alta lo que todos pensábamos pero nadie se atrevía a escupirle a la cara a la matriarca.
​Miré a mi madre. Estaba lívida, con los labios apretados en una línea fina. Luego miré a Cihan; sus ojos brillaban con un resentimiento acumulado durante décadas.
​—Cihan tiene razón —dije finalmente, rompiendo el hechizo. El rostro de Sultana se giró hacia mí, esperando que yo la defendiera, pero solo encontró mi indiferencia—. Ayla no es una prisionera, es mi esposa. Y si ella decide ir al bazar, irá. Si no te gusta el aire que se respira en esta mesa, madre, quizás seas tú la que deba retirarse a sus aposentos.
​Sultana se levantó sin decir palabra, su silueta negra recortada contra las luces del comedor, y salió de la estancia con una dignidad herida que presagiaba una tormenta peor.

​**AYLA**

​Me quedé mirando a Cihan, agradecida pero asustada por la brecha que acababa de abrirse. Umut me tomó la mano por debajo de la mesa, apretándola con fuerza. La cena había terminado, pero la guerra interna de los Kordan acababa de entrar en una fase sin retorno. El veneno del que hablaba Cihan estaba en el aire, y todos lo habíamos inhalado.




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