**AYLA**
El pueblo estaba transformado. Las calles estaban adornadas con tapices brillantes y el aire olía a cordero asado y especias dulces. Caminaba del brazo de Umut, sintiendo el peso de su protección en cada paso. Llevaba un vestido verde esmeralda que él mismo había elegido, alegando que resaltaba el color de mis ojos, aunque yo sabía que era su forma de marcarme frente a todos.
De repente, la música pareció desvanecerse en mis oídos. En el centro de la plaza, rodeado de sus hombres, estaba la familia Kara. Y allí, en el centro de ellos, Demir.
Sentí cómo el agarre de Umut en mi brazo se tensaba hasta volverse casi doloroso. Demir me miraba. No era la mirada de un enemigo, ni la mirada lujuriosa que solían dedicarme otros hombres en esta ciudad. Era una mirada cargada de una tristeza infinita, de un anhelo que le hacía temblar la barbilla. Vi cómo sus ojos se humedecían al verme reír por algo que Ece dijo. Era la mirada de un hombre que contempla un tesoro que sabe que nunca podrá reclamar.
**UMUT**
Vi a Demir Kara antes de que él nos viera a nosotros. Su presencia siempre me ponía en guardia, pero hoy era diferente. Lo vi observar a Ayla con una devoción que me revolvía las tripas. Él sabía la verdad. Sabía que la mujer que caminaba a mi lado, la que llevaba mi apellido y dormía en mi cama, era su propia carne y sangre.
Demir dio un paso hacia nosotros, rompiendo el cordón de seguridad de sus propios hombres. Su rostro estaba desencajado por la emoción; parecía un hombre a punto de lanzarse a un abismo. Mi mano bajó instintivamente a la culata de mi arma, oculta bajo la chaqueta, pero no la saqué. Tenía un arma mucho más letal: la verdad.
Me adelanté, soltando el brazo de Ayla y colocándome justo frente a él, bloqueándole el camino hacia ella.
—Un paso más, Demir, y se acabó el juego —susurré, con una voz tan baja y afilada que solo él pudo oírla por encima de los tambores.
—Solo quiero... solo quiero hablar con ella, Umut. Por una vez —suplicó Demir, con la voz rota—. Mírala. Es igual que su madre.
**AYLA**
Me quedé un paso por detrás, confundida por la escena. Umut y Demir estaban tan cerca que sus pechos casi se rozaban, pero no parecía una pelea de gallos habitual. Había algo eléctrico y desesperado en el aire. Noté que Demir me buscaba por encima del hombro de Umut, con una mano extendida hacia mí, como si quisiera tocarme y se viera frenado por un muro invisible.
—¿Umut? ¿Pasa algo? —pregunté, dando un paso al frente.
Umut no se giró. Sus ojos seguían clavados en los de Demir, lanzando una advertencia silenciosa que hizo que el líder de los Kara se detuviera en seco.
**UMUT**
Sentí a Ayla acercarse y la rabia me quemó por dentro. Demir no tenía derecho a reclamar nada. Él la había perdido antes de tenerla, y yo no iba a permitir que su pasado destruyera el presente que yo había construido para ella.
—Atrévete, Demir —siseé, clavándole la mirada—. Atrévete a tocarla o a decirle una sola palabra fuera de lugar. Te juro por mi honor que, si te acercas un milímetro más, seré yo quien abra la boca. Le diré quién eres. Le diré que el hombre al que ella desprecia por ser un Kara es el mismo que la abandonó.
Vi el terror en los ojos de Demir. El miedo a que su hija lo odiara era mayor que su deseo de abrazarla. Se quedó paralizado, con la mano suspendida en el aire, mientras una lágrima traicionera rodaba por su mejilla surcada de cicatrices.
—Vámonos, Ayla —dije, dándome la vuelta y rodeando su cintura con autoridad, obligándola a caminar en dirección opuesta—. Este lugar está lleno de basura que no merece tu tiempo.
**AYLA**
Umut me arrastró lejos de allí con una urgencia que no comprendía. Miré hacia atrás una última vez. Demir seguía allí, inmóvil en mitad de la multitud, viéndonos marchar con una expresión de derrota absoluta. Su dolor era tan real que me dolió a mí también, sin saber por qué.
—Umut, me estás haciendo daño —dije cuando nos alejamos lo suficiente—. ¿Por qué te has puesto así? Solo era Demir Kara.
—Ese hombre es un peligro para ti, Ayla —respondió él, sin mirarme, con la mandíbula tan apretada que las venas de su cuello resaltaban—. No quiero que vuelvas a mirarlo. No quiero que respires el mismo aire que él. Él no es nadie para ti. ¿Me has oído? Nadie.
Caminamos hacia el coche en un silencio sepulcral. Umut estaba furioso, pero bajo esa furia, percibí algo que rara vez veía en él: miedo.
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Editado: 16.02.2026