La alianza del sol

37 El precio de la sangre

**AYLA**

​El papel en mis manos temblaba, pero mi mirada estaba fija en Umut. Todo el romanticismo, la intensidad de nuestro encuentro y la urgencia con la que él insistió en sellar nuestro compromiso se transformaron en algo sucio ante mis ojos. Ya no veía al hombre que me amaba locamente; veía al estratega que había calculado cada uno de mis movimientos.
​—¿Por eso me obligaste a casarme contigo? —pregunté, y mi voz salió con una frialdad que me heló el pecho—. No fue el destino, ni ese amor "imparable" del que hablabas. Sabías quién era yo. Sabías que la hija de Demir Kara estaba trabajando en ese hospital y viste la oportunidad perfecta para asestarle el golpe definitivo a tu enemigo.
​Umut dio un paso hacia mí, con el rostro endurecido, intentando ocultar la culpa tras esa máscara de autoridad que siempre usaba.
​—Ayla, te traje a mi lado para protegerte de este mundo —dijo, intentando tomar mi mano, pero yo retrocedí como si su tacto quemara.
​—¡Me mentiste en cada beso! —le grité—. Me obligaste a entrar en tu familia, a soportar a tu madre y a vivir bajo tus reglas, todo porque sabías que tenías a la princesa de los Kara como rehén. No te casaste conmigo, Umut. Compraste un seguro de vida. Sabías que ellos me vigilaban, que me protegían desde lejos, y te apresuraste a ponerme tu apellido para que ellos no pudieran reclamarme sin declarar una guerra total.

​**UMUT**

​Cada palabra de Ayla era un puñal que atravesaba mi orgullo. Me dolía que pensara que todo era una farsa, aunque no podía negar que el inicio había sido puramente estratégico. La verdad era un arma de doble filo que ahora me estaba cortando a mí.
​—No te obligué a nada que tú no quisieras, Ayla —respondí, endureciendo la voz para no quebrarme—. Te di una vida, un nombre y una seguridad que nadie más en Mardin podía ofrecerte. Sí, sabía quién eras. Y sí, sabía que tenerte a mi lado era la ventaja que necesitaba. Pero eso no cambia lo que siento cuando entras en una habitación.
​—Lo cambia todo —sentenció ella, y vi cómo sus ojos verdes se llenaban de un desprecio que me resultó insoportable—. Porque ahora sé que mi matrimonio fue una extorsión silenciosa. Usaste mi desconocimiento para encadenarme a ti.
​Miré hacia el coche de Demir. El viejo lobo esperaba en silencio, disfrutando de mi derrota. Ver a Ayla alejarse de mí para acercarse a él era la peor de mis pesadillas.
​—¡Si te vas con él, Ayla, estás confirmando que eres una de ellos! —rugí, perdiendo el control—. ¡Estás eligiendo el bando de los que mataron a mi padre!

​**AYLA**

​—Estoy eligiendo la verdad, Umut. Algo que tú nunca fuiste capaz de darme —le respondí, dándole la espalda definitivamente.
​Caminé hacia el coche de Demir. Mis piernas flaqueaban, pero mi voluntad era de acero. Al llegar a la puerta, me detuve un segundo y miré a Umut por encima del hombro.
​—Me obligaste a ser una Kordan antes de dejarme decidir si quería ser una Kara. Ya no tienes poder sobre mí.
​Me subí al coche y cerré la puerta. El sonido del pestillo fue el fin de mi matrimonio y el inicio de mi verdadera historia. Mientras el vehículo arrancaba y nos alejábamos de la silueta furiosa de Umut, sentí que el aire de Mardin por fin entraba en mis pulmones sin el peso de su mentira.

​**UMUT**

​Me quedé en medio del camino, rodeado de polvo y de un silencio que me taladraba los oídos. Se había ido. Mi esposa, el trofeo que se convirtió en mi debilidad, estaba cruzando la frontera hacia el territorio de Demir Kara.
​Saqué el teléfono y marqué el número de Cihan con dedos temblorosos de pura rabia.
—Reúne a los hombres. No importa lo que diga mi madre ni lo que digan las leyes. Ayla ha regresado con su sangre, y si los Kara creen que van a quedarse con lo que es mío, les voy a demostrar por qué los Kordan somos los dueños de esta tierra.
​La guerra que había intentado evitar usando a Ayla como escudo acababa de estallar, y esta vez, ella estaba en el bando contrario.




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