**AYLA**
La mansión de los Kara no era la fortaleza fría que imaginaba. Al cruzar el umbral, me encontré con Ferhat y su otro hermano, Cansel. No me miraron con la sospecha de los Kordan, sino con una mezcla de alivio y ternura que me desarmó.
—Por fin estás en casa, hermana —dijo Ferhat, el hombre al que curé en secreto. Sus ojos brillaban—. Esta habitación ha estado lista para ti desde hace años. Siempre supimos que este día llegaría.
Nos sentamos en un salón privado. Allí, Demir y mis hermanos me contaron la verdad que Umut se había negado a escuchar.
—Umut cree que yo apreté el gatillo contra su padre, Ayla —dijo Demir, mirándome a los ojos—, pero juro por tu vida que no fue así. Alguien testificó en mi contra, alguien que quería que esta guerra nunca terminara. Hubo un testigo comprado, una mentira sembrada para que los Kordan y los Kara se desangraran por generaciones. Yo no maté a su padre, pero él ha preferido el odio a la verdad.
En ese momento, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Umut. Un ultimátum gélido que me hizo temblar:
"Si al anochecer no estás en nuestra casa, cruzaré Mardin con mis hombres. Esto no es una amenaza, Ayla. Es una declaración de guerra contra los Kara. Tú decides cuánta sangre corre hoy."
Miré a mis hermanos. No quería que murieran por mi culpa. No hoy, que acababa de recuperarlos.
—Tengo que volver —susurré—. Si me quedo, Mardin arderá esta noche. Pero volveré como una mujer distinta.
**UMUT**
Estaba en el patio de la mansión, rodeado de mis hombres armados. El sol empezaba a caer tras las montañas de piedra y cada segundo que pasaba era un insulto a mi nombre. Cihan me miraba, esperando la orden para subir a los coches.
Entonces, las puertas se abrieron. El coche de los Kara se detuvo y Ayla bajó de él. Estaba pálida, pero caminaba con una dignidad que me recordó por qué la deseaba tanto como la temía.
—¡Ayla! —rugió una voz desde la planta superior.
Sultana bajó las escaleras como una exhalación. Antes de que Ayla pudiera decir una palabra o yo pudiera acercarme a ella, mi madre cruzó el patio y le asestó un bofetón que resonó en todas las paredes de piedra. El rostro de Ayla se giró violentamente por el impacto.
—¡Basura de los Kara! —gritó Sultana, fuera de sí, con los ojos inyectados en odio—. ¡Has traído la sangre de nuestros asesinos a este patio! ¡¿Cómo te atreves a volver después de haberte revolcado con esos perros?!
**AYLA**
El ardor en mi mejilla no era nada comparado con el fuego que sentía en el pecho. Me llevé la mano al rostro, pero no bajé la cabeza. Miré a Sultana con un desprecio que la hizo retroceder un paso.
—¡Umut! —Sultana se giró hacia su hijo, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Échala ahora mismo! ¡Es una de ellos! ¡Es la hija del hombre que mató a tu padre! ¡Tenerla aquí es escupir sobre la tumba de tu progenitor! ¿Te has vuelto loco? ¡Nuestra propia gente se reirá de nosotros por cobijar a una serpiente Kara!
**UMUT**
Ver a mi madre golpear a Ayla encendió en mí una furia que ni siquiera los Kara habían logrado provocar. Me interpuse entre ambas, empujando suavemente a Ayla detrás de mi espalda, protegiéndola.
—¡Basta, madre! —grité, y mi voz hizo que los guardias bajaran la vista—. Ayla es mi esposa. Lleva mi apellido y el anillo de los Kordan.
—¡Lleva la sangre de Demir! —chilló Sultana—. ¡Es una trampa! Te ha cegado con su cara bonita para destruirnos desde dentro. Si se queda en esta casa, yo misma me encargaré de que su vida sea un infierno.
—Entonces prepárate para el infierno tú también —respondí, agarrando el brazo de Ayla con firmeza—. Ella se queda. Y si alguien, sea quien sea, vuelve a ponerle una mano encima, olvidaré que compartimos sangre.
Miré a Ayla. Su mejilla estaba roja y sus ojos estaban llenos de lágrimas de rabia. La arrastré hacia el interior de la mansión, ignorando los gritos de mi madre. La guerra ya no estaba solo fuera de los muros; ahora la tenía dentro de mi propia casa, y mi esposa era el centro de la tormenta.
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Editado: 16.02.2026