**AYLA**
Me miré en el espejo del tocador, observando la marca roja que los dedos de Sultana habían dejado en mi mejilla. Me dolía la cara, pero me dolía más el alma. Sentí la presencia de Umut detrás de mí antes de verlo; su sombra me envolvió, densa y protectora, pero también cargada de esa posesividad que ahora me asfixiaba.
Él alargó la mano para tocar mi rostro, pero me aparté sutilmente.
—No me toques como si fuera un cristal roto, Umut —dije, mi voz firme a pesar de las lágrimas contenidas—. He pasado el día con mis hermanos. He visto la otra cara de la historia. Y he vuelto porque no quería que muriera nadie más, pero no te equivoques...
Me giré para enfrentarlo. Sus ojos oscuros devoraban mi rastro de dolor.
—No me hagas elegir —le advertí, clavando un dedo en su pecho—. No me pongas en la situación de tener que decidir entre el hombre con el que me casé y la familia que me fue arrebatada. Porque te juro, Umut Kordan, que si me obligas a elegir, podrías ser tú quien salga perdiendo. No soy la mujer sumisa que tu madre quiere, y ya no soy la huérfana que creía que tú eras mi único mundo.
**UMUT**
Sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquier bofetón. El miedo a perderla, ese miedo visceral que había intentado ocultar tras amenazas y armas, se volvió real. La vi allí, desafiante, hermosa con su marca de guerra en la mejilla, y supe que si no la amarraba a mí en ese instante, su corazón seguiría volando hacia la frontera de los Kara.
No respondí con palabras. No podía. La atraje hacia mí con una urgencia desesperada, sellando sus labios con un beso que sabía a hierro y a hambre acumulada. Ella luchó un segundo, golpeando mi pecho, pero luego sus dedos se enredaron en mi pelo y soltó un gemido que era mitad protesta y mitad rendición.
La levanté en vilo, llevándola hacia la cama mientras mis manos buscaban desesperadamente el contacto con su piel. Quería borrar el rastro de Demir, el rastro de sus hermanos, y dejar solo mi marca.
**AYLA**
Cuando mi espalda tocó las sábanas de seda, el mundo exterior desapareció. Umut se deshizo de su camisa con una rapidez febril y se cernió sobre mí. Sus manos, que hace unos minutos estaban listas para empuñar un arma, ahora recorrían mi cuerpo con una delicadeza punzante.
Me besó el cuello, justo debajo de la oreja, susurrando mi nombre como si fuera una oración. Sus caricias eran lentas, deliberadas, bajando por mis hombros hasta desabrochar mi vestido. Cuando su piel caliente chocó contra la mía, sentí un escalofrío que me recorrió la columna. Sus labios descendieron por mi pecho, deteniéndose en cada centímetro, adorándome con una devoción que me hacía olvidar, por un momento, todas sus mentiras.
—Eres mía —susurró contra mi piel, su respiración agitada quemándome—. Eres una Kordan, Ayla. Mi sangre corre por tus venas ahora.
**UMUT**
La quería tanto que dolía. Me deslicé entre sus piernas, sintiendo su humedad y su calor dándome la bienvenida. Cada movimiento era una súplica de perdón y una reclamación de propiedad. Entré en ella con un empuje lento y profundo, mirando fijamente sus ojos verdes, que ahora estaban empañados por el placer.
Ayla arqueó la espalda, clavando sus uñas en mis hombros, y yo me perdí en el ritmo de nuestros cuerpos. No era solo sexo; era una batalla por su alma. La besé con ternura, saboreando sus suspiros, mientras mis manos entrelazaban las suyas, anclándola a la cama, anclándola a mi vida. El sudor brillaba en su piel bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal, y en ese clímax compartido, donde nuestros nombres se fundían en un solo aliento, creí por un segundo que la guerra se había detenido.
**AYLA**
Mientras el eco del placer se desvanecía y Umut me abrazaba contra su pecho, aún recuperando el aire, miré hacia la oscuridad del techo. Él dormía o fingía dormir, aferrándome como si temiera que me desvaneciera al alba. Su cuerpo era mi refugio, pero su apellido era mi cárcel.
Me había hecho el amor con una entrega que me rompía el corazón, pero la marca en mi mejilla seguía ardiendo, recordándome que Sultana estaba al otro lado de esa puerta, y que mis hermanos estaban al otro lado de la frontera. El amor de Umut era un fuego que me calentaba, pero sus secretos eran el humo que me impedía ver la salida.
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Editado: 16.02.2026