La alianza del sol

40 El cuchillo de la matriarca

**AYLA**

​Dormía profundamente, agotada por la montaña rusa emocional del día y la intensidad de la entrega de Umut. Pero un instinto primario, un escalofrío que me recorrió la nuca, me obligó a abrir los ojos.
​La habitación estaba en penumbra, pero una silueta negra se recortaba junto a la cama. Antes de que pudiera gritar, sentí el frío metálico de una hoja rozando mi garganta. El aliento fétido y cargado de odio de Sultana inundó mis sentidos.
​—No grites, víbora —susurró ella, hundiendo la punta del cuchillo lo justo para que sintiera el pinchazo de la muerte—. Deberías haberte quedado con los tuyos. No voy a permitir que una Kara profane la cama de mi hijo ni un segundo más. Si valoras tu vida, te levantarás ahora mismo, saldrás por esa puerta y no volverás nunca. Si te quedas, te juro que "limpiaré" este honor con tu propia sangre antes de que amanezca.
​Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Estaba paralizada, sintiendo el filo temblar contra mi piel. Sultana estaba fuera de sí, sus ojos brillaban con la locura de quien cree que está haciendo la voluntad de Dios.

​**UMUT**

​Un sonido sutil, un roce de tela y un susurro que no pertenecía a mis sueños me sacó del letargo. Al abrir los ojos, la imagen que vi me heló la sangre más que cualquier emboscada en el desierto. Mi madre estaba inclinada sobre Ayla, con un cuchillo de cocina pegado al cuello de mi esposa.
​El tiempo pareció detenerse. La rabia estalló en mi pecho como una granada.
​—¡Baja eso ahora mismo, madre! —rugí, saltando de la cama con una agilidad letal.
​En un movimiento rápido, atrapé la muñeca de Sultana con una fuerza que hizo que el hueso crujiera. La obligué a soltar el cuchillo, que cayó sobre la alfombra con un sonido sordo. Empujé a Ayla detrás de mí, cubriendo su cuerpo desnudo con el mío, mientras ella jadeaba por el aire, llevándose las manos al cuello donde una pequeña gota de sangre empezaba a asomar.
​—¿Te has vuelto loca? —le grité a mi madre, mi voz era un trueno que debió despertar a toda la mansión—. ¡Has entrado en mi dormitorio para matar a mi mujer!

​ **AYLA**

​Me acurruqué contra la espalda de Umut, temblando incontrolablemente. Ver a Sultana allí, con el cabello desordenado y el rostro desencajado por la furia, me hizo darme cuenta de que en esta casa nunca estaría a salvo. Ella no me veía como una persona, sino como una mancha que debía borrar.
​—¡Es una de ellos, Umut! —chilló Sultana, sin importarle que su hijo casi le rompiera el brazo—. ¡Te ha hechizado! ¡Mira cómo la defiendes después de que te traicionara con su padre y sus hermanos! ¡Prefieres a una Kara antes que a tu propia madre! Esta mujer es la ruina de nuestra estirpe. ¡Si no la matas tú, lo haré yo!

​**UMUT**

​La miré con un desprecio absoluto. El respeto que alguna vez le tuve como matriarca murió en ese instante. Agarré a mi madre por los hombros y la arrastré violentamente hacia la puerta de la habitación.
​—¡Fuera de aquí! —la saqué al pasillo mientras los guardias y Cihan empezaban a aparecer, confundidos por los gritos—. ¡Escúchame bien, Sultana! A partir de este momento, tienes prohibido acercarte a esta ala de la mansión. Si vuelves a amenazar a Ayla, si vuelves a ponerle un dedo encima o a dirigirle la palabra con odio, te enviaré a la casa de campo de las montañas y no volverás a ver la luz del sol en Mardin. ¡¿Me has oído?!
​Cerré la puerta de un golpe y eché la llave. Me giré hacia Ayla. Ella estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en la sábana, con los ojos llenos de lágrimas y una expresión de derrota que me desgarró.

​ **AYLA**

​Umut se acercó a mí y se arrodilló entre mis piernas, tomando mi rostro entre sus manos. Sus ojos estaban llenos de una angustia genuina, pero yo solo podía pensar en el filo del cuchillo.
​—Estás a salvo, Ayla. Te juro que no dejaré que te toque de nuevo —dijo con la voz rota.
​—¿A salvo? —reí con amargura, apartando sus manos—. ¿Cómo voy a estar a salvo en una casa donde tu madre quiere degollarme mientras duermo? ¿Dónde tú me obligaste a estar bajo mentiras?
​Miré la gota de sangre que había manchado la sábana blanca.
​—Esto no va a parar, Umut. Ella tiene razón en algo: soy una Kara. Y mientras esté aquí, este odio nos va a consumir a todos. Mañana iré al hospital, y no quiero guardias, y no quiero tus reglas. Si realmente me amas, déjame respirar, porque si no me mata tu madre, me matará este encierro.

​**UMUT**

​Quería negarme. Quería cerrarla bajo siete llaves para que nadie pudiera dañarla. Pero después de lo que acababa de pasar, sabía que si intentaba retenerla más, la perdería para siempre.
​—Irás al hospital —dije finalmente, bajando la cabeza—. Pero Cihan estará cerca, sin que lo veas. No me pidas que te deje totalmente desprotegida cuando mi propia madre es capaz de esto.
​La abracé con fuerza, ocultando mi rostro en su cuello, justo donde la marca del cuchillo aún estaba roja. El mundo se estaba cayendo a pedazos a nuestro alrededor, y yo solo podía aferrarme a ella, sabiendo que el amanecer traería una guerra que ya no podía controlar.




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