**UMUT**
El sol apenas empezaba a iluminar el patio cuando saqué a mi madre al despacho. El silencio de la casa era sepulcral, pero la violencia de lo ocurrido en el dormitorio aún flotaba en el aire. No me tembló la voz.
—Te vas, madre. Hoy mismo —sentencié, dándole la espalda para no ver su rostro de indignación—. No puedo tener a una mujer que intenta degollar a mi esposa bajo mi techo. Has cruzado una línea que ni siquiera el respeto que te debo puede borrar.
Sultana se enderezó, recuperando esa arrogancia de acero que la caracterizaba. Se ajustó el chal con manos firmes.
—No creas que me has vencido, Umut. Me instalaré en una de las suites del hotel de la familia en el centro de Mardin —dijo con una sonrisa gélida—. No los perderé de vista. Vigilaré cada paso de esa mujer desde allí. Veré cómo te destruye y estaré lista para recoger tus pedazos cuando te des cuenta de que la sangre de los Kara siempre busca la traición.
Salió de la mansión con su séquito, dejando tras de sí un vacío que, por primera vez en años, se sentía como paz.
**AYLA**
Los días siguientes a la partida de Sultana fueron extrañamente luminosos. Sin su mirada vigilante y sus comentarios cargados de veneno, la mansión Kordan empezó a sentirse, poco a poco, como un hogar.
Me sorprendió la calidez de los trabajadores; ahora que la "Sultana" no estaba, me sonreían con sinceridad y me pedían consejos de salud. Mis cuñados, liberados del yugo de su madre, se volvieron mis aliados. Cenábamos entre risas, y Cihan incluso empezó a tratarme con un respeto fraternal que nunca imaginé.
Pero el cambio más profundo fue el de Umut. Parecía decidido a compensar cada una de sus mentiras. Me despertaba con flores, respetaba mis silencios y me buscaba con una ternura que me desarmaba. Ya no era el carcelero, sino el hombre que intentaba desesperadamente que yo me sintiera a gusto en su mundo.
—Hoy vas a ver a Ferhat, ¿verdad? —me preguntó una mañana mientras desayunábamos en el jardín.
Me tensé por instinto, esperando el reproche o la prohibición. Pero Umut solo me pasó el café y me tomó la mano.
—Ve tranquila —dijo con voz suave—. No voy a meterme en eso. Es tu familia, Ayla. Solo... ten cuidado. No por mí, sino por ti.
**UMUT**
Verla marchar hacia el territorio de los Kara cada semana me desgarraba por dentro, pero me obligué a mantenerme al margen. Sabía que si intentaba detenerla, la perdería para siempre. Verla regresar con una sonrisa genuina y la mirada más clara era mi única recompensa.
Por las noches, la rodeaba con mis brazos y sentía que la brecha entre nosotros se iba cerrando. Ella ya no se tensaba cuando la tocaba; se refugiaba en mí. La convivencia con los empleados y mis hermanos fluía con una armonía que nunca habíamos tenido. Por primera vez, Ayla no era una prisionera del apellido Kordan, sino el corazón que mantenía la casa en pie.
Sin embargo, cada vez que pasaba por el hotel de la familia y veía el coche de mi madre en la puerta, sabía que esta paz era un préstamo. Mi madre estaba allí, en su suite, observando desde la distancia, esperando el menor descuido para atacar.
**AYLA**
Me encontraba en un equilibrio precario pero feliz. Pasaba las tardes con mis hermanos, descubriendo historias de mi madre que me llenaban el alma, y regresaba a la mansión Kordan para encontrar el calor de los brazos de Umut.
Una tarde, mientras ayudaba a una de las cocineras con una receta de mi madre, me di cuenta de que ya no me sentía una extraña. Los trabajadores me respetaban, mis cuñados me protegían y Umut... Umut me amaba con una intensidad que casi me hacía olvidar que fuera de estos muros, nuestros apellidos seguían en guerra.
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Editado: 16.02.2026