La alianza del sol

42 El regreso de un amor prohibido

**AYLA**

​Todo empezó como una chispa de esperanza. Yo sabía que entre Ferhat y Ece había algo más que odio ancestral; ellos ya habían sido novios en secreto hace años, un romance adolescente que fue aplastado por la guerra familiar y las amenazas de Sultana. Se habían dejado para evitar un derramamiento de sangre, pero el fuego nunca se apagó del todo.
​Convencí a Ece de que Ferhat seguía siendo el hombre que ella amaba. Demir estaba presionando a mi hermano para que se casara, y yo, en mi afán por sanar las heridas de ambos clanes, alenté a Ece a hablar con él para que no lo perdiera para siempre.
​—Solo iré a hablar con él, Ayla. A cerrar ese capítulo de una vez —me dijo ella antes de salir de la mansión.
​Pero las horas pasaron. El sol se ocultó y el asiento de Ece seguía vacío. Un mal presentimiento empezó a reptar por mi columna. Umut ya miraba el reloj con impaciencia, su mandíbula apretándose cada vez más. Subí a mi habitación y llamé a Ece. Tardó cinco tonos en responder.
​—¿Ece? ¿Dónde estás? Umut está empezando a hacer preguntas.
​—No voy a volver, Ayla —su voz temblaba de emoción—. El tiempo que estuvimos separados fue un infierno. No voy a dejar que la guerra nos gane otra vez. Estoy con Ferhat en la mansión de los Kara. Nos hemos escapado para estar juntos de verdad.
​Palidecí de tal manera que mi reflejo en el espejo parecía el de un fantasma.
—¡¿Qué has hecho?! Ece, Umut incendiará Mardin si se entera de que estás con un Kara.
​—Dile que he vuelto al único lugar donde me siento viva.

​**UMUT**

​Entré en el dormitorio justo cuando Ayla bajaba el teléfono. Su rostro estaba blanco y sus manos temblaban tanto que el móvil golpeó la alfombra. El silencio era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.
​—¿Dónde está mi hermana, Ayla? —pregunté, mi voz saliendo como un gruñido bajo.
​—Umut... por favor... ellos ya se querían desde antes...
​—¡¿Dónde está Ece?! —rugí, dando un paso hacia ella.
​—Se ha ido —susurró Ayla, rompiendo a llorar—. Se ha escapado con Ferhat. Han retomado lo que dejaron hace años. Está en la mansión de los Kara.
​En ese momento, algo dentro de mí se rompió. No fue solo rabia; fue la sensación de que mi propia sangre me había traicionado con el enemigo más directo. Lancé la lámpara de la mesilla contra la pared, haciéndola añicos.
​—¡¿Tú lo sabías?! —la agarré por los hombros, con la desesperación de un loco—. ¡Tú sabías que ese maldito Kara la había tocado antes y la ayudaste a volver a sus brazos! ¡Me ocultaste que mi propia hermana amaba al hijo del hombre que mató a nuestro padre!

​**AYLA**

​Nunca había visto a Umut convertido en tal animal. Sus ojos estaban inyectados en sangre y el aire a su alrededor vibraba con puro odio. Me soltó bruscamente y empezó a caminar como una fiera enjaulada, destrozando lo que encontraba a su paso.
​—¡Cihan! ¡A las armas! —gritó hacia el pasillo con una voz que hizo temblar la mansión—. ¡Llamad a cada hombre que tenga un fusil! ¡No va a quedar piedra sobre piedra en la casa de Demir Kara!
​—¡Umut, detente! —me interpuse en su camino, abrazándome a su pecho—. ¡Se aman! ¡Se dejaron una vez por tu familia y no han podido olvidarse! ¡Si vas allí, matarás a tu propia hermana de dolor!
​—¡¿Amor?! —me apartó con un brazo, mirándome con un desprecio absoluto—. ¡Es una deshonra! Han usado mi tregua para burlarse de mi apellido. Y tú... tú fuiste su cómplice.

​ **UMUT**

​Salí al patio principal donde los motores de los todoterrenos ya rugían. El sonido del metal contra el metal era la única música que quería escuchar. Sentía que la sangre me hervía. Mi madre tenía razón: los Kara solo traen desgracia. Miré hacia el balcón donde Ayla me observaba desolada, pero el amor que sentía por ella estaba siendo devorado por la furia.
​—¡Escuchadme bien! —les grité a mis hombres—. Vamos a la fortaleza de los Kara. Voy a recuperar a mi hermana y voy a terminar lo que empezó hace años. ¡Nadie se queda atrás!
​Me subí al primer coche y pisé el acelerador a fondo. La paz había muerto. Esta noche, Mardin recordaría por qué los Kordan no perdonan una traición, ni siquiera de su propia sangre.




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