La alianza del sol

43 El precio del desprecio

**UMUT**

​Llegué a la mansión de los Kara con el alma incendiada. No esperé a las palabras. En cuanto los faros de mis todoterrenos iluminaron el portón de piedra, di la orden.
​—¡Fuego! —rugí.
​El estruendo de los fusiles rompió el silencio del valle. Mis hombres dispararon contra las ventanas y las defensas de la mansión. Balas de odio que buscaban el corazón de Ferhat. Pero, para mi sorpresa, no hubo respuesta. Las ventanas permanecieron oscuras, los guardias de los Kara no devolvieron ni un solo proyectil.
​—¡Alto! —ordené, confundido por el silencio sepulcral.
​Las puertas principales se abrieron lentamente. Demir Kara salió al patio, con las manos a la vista, seguido de Ferhat y, para mi agonía, de mi hermana Ece. Ella se aferraba al brazo de Ferhat como si fuera su único ancla en el mundo.
​—¡Suéltala, Ferhat, o juro que este será tu último aliento! —grité, apuntándole directamente.
​—Baja el arma, Umut —dijo Demir con una calma que me enfureció—. Mi hijo ha hecho exactamente lo mismo que hiciste tú con Ayla. La diferencia es que ellos se amaban desde mucho antes de que tú decidieras usar a mi hija como un peón. Él no la ha secuestrado; ella ha vuelto a casa.
​—¡No voy a volver, Umut! —gritó Ece, con lágrimas en los ojos pero la voz firme—. ¡No saldré de esta mansión! He pasado años viviendo bajo el miedo de nuestra madre y tu guerra. Prefiero morir aquí con Ferhat que volver a ser una prisionera en tu casa.
​Ver la determinación en los ojos de mi hermana pequeña me golpeó más que cualquier bala. Estaba rodeado de mis hombres, con el poder para masacrarlos a todos, pero si disparaba, la primera en caer sería ella. Con un grito de rabia pura, golpeé el capó del coche y ordené la retirada. El regreso a casa fue un descenso a los infiernos.

​**AYLA**

​Cuando Umut entró en la habitación, el aire se volvió irrespirable. Su mirada era la de un animal que ha perdido su presa y busca en quién descargar su dolor. No me dejó hablar. Me agarró del brazo y me lanzó sobre la cama con una brusquedad que me quitó el aliento.
​—¿Esto es lo que querías? —siseó, desabrochándose la camisa con manos temblorosas de furia—. ¿Ver a mi familia desmoronarse mientras tú juegas a ser el puente entre los clanes?
​Me tomó con una intensidad devastadora. No había ternura, no había la devoción de las noches anteriores. Fue un acto de posesión salvaje, una forma de reclamar su dominio sobre la única Kara que aún le pertenecía. Sus besos eran mordiscos y sus manos me apretaban con una fuerza que dejaría marcas. Me perdí en el torbellino de su cuerpo, respondiendo por instinto, pero sintiendo que algo se rompía dentro de mí con cada embestida.

​**UMUT**

​Cuando el fuego se extinguió, me aparté de ella como si su piel me quemara. Me levanté de la cama sin mirarla, sintiendo una náusea profunda por mi propia debilidad. La miré por encima del hombro mientras me vestía; ella estaba allí, envuelta en las sábanas, con los labios hinchados y los ojos empañados.
​—Vístete —dije con una voz gélida, despojada de cualquier rastro de afecto—. No te confundas, Ayla. Lo que acaba de pasar no cambia nada. Has traicionado mi confianza ayudando a Ece a escapar. Ahora mismo, para mí, no eres más que la hija de mi enemigo que duerme en mi cama por obligación.
​Salí de la habitación dando un portazo, dejándola en el silencio de una alcoba que ya no era un refugio, sino una celda de humillación.

​**AYLA**

​Me quedé inmóvil, mirando la puerta cerrada. Las palabras de Umut dolían más que sus manos sobre mi piel. Me sentí sucia, utilizada, como una cualquiera a la que se le permite estar en la casa solo para saciar una rabia que no me pertenecía.
​Me abracé a mí misma, sintiendo el frío de la habitación calar en mis huesos. Había arriesgado todo por la felicidad de mi hermano y de Ece, y a cambio, había perdido al hombre que creía que me amaba. Umut me había recordado mi lugar: yo no era su compañera, era su trofeo de guerra, y ahora que el trofeo estaba manchado de traición, solo le quedaba el desprecio.




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