**AYLA**
La noche no me había traído consuelo. El cuerpo me dolía por la rudeza de Umut, pero el alma me sangraba por su desprecio. Me vestí en silencio y salí de la habitación antes de que él despertara, rumbo al hospital. Necesitaba la rutina, la normalidad de mi trabajo, para no desmoronarme por completo.
Pero la mala cara era imposible de ocultar. Bajo mis ojos había círculos oscuros, y mis labios aún estaban un poco hinchados por la brutalidad de sus besos. Uno de mis compañeros, el Dr. Can, un hombre amable y discreto, se acercó a mí en la sala de descanso.
—Ayla, ¿estás bien? Te ves... exhausta —dijo Can, su voz llena de genuina preocupación. Intentó tocarme el hombro, un gesto inocente de camaradería.
En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe. Umut entró como una furia desatada. Sus ojos, ya rojos de ira y celos, se posaron en la mano de Can y luego en mi rostro. No había dormido; su furia era palpable, una bestia herida que buscaba dónde morder.
—¡Aléjate de mi esposa! —rugió Umut, haciendo que Can retrocediera asustado.
—Umut, cálmate, solo me estaba preguntando si estaba bien —intenté interponerme, pero él me ignoró por completo.
—¡Fuera! ¡No quiero que ninguno de tus hombres se acerque a ella! —escupió Umut al pobre Can, que salió de la sala a toda prisa, pálido como un fantasma.
**UMUT**
Ver la mano de ese hombre tan cerca de Ayla, después de la noche que habíamos tenido, después de la traición de Ece, fue la gota que colmó el vaso. La rabia me cegó. Agarré a Ayla del brazo y la arrastré con fuerza hacia mi oficina, la que me habían habilitado en el hospital.
—¡¿Por qué la buscas, Umut?! —gritó ella, intentando zafarse.
—¡Porque eres mía! —rugí, tirándola hacia el escritorio, haciendo que los papeles volaran por los aires—. ¡Y si no puedo controlar a mi hermana, te juro que a ti sí que te voy a dejar claro quién es tu dueño!
Sus ojos se llenaron de miedo, pero también de desafío. La acorralé contra el escritorio, sus piernas chocando con el filo de la madera. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando de él hacia atrás, exponiendo su cuello. Mis besos bajaron por su garganta, buscando su boca con una brutalidad posesiva. No era amor, era un acto primario, visceral, un intento desesperado por aferrarme a lo que sentía que se me escapaba.
**AYLA**
Sus manos me despojaron de la ropa con una furia desmedida, rasgando botones. No había preparación, solo la necesidad animal que emanaba de él. Sentí el dolor, pero también la familiaridad de su cuerpo, la conexión inevitable que me unía a él a pesar de todo el odio. Me levantó, sentándome sobre el escritorio frío, y se abrió paso dentro de mí con una necesidad abrasadora.
Me aferré a sus hombros, mis uñas clavándose en su piel. Era un acto de rendición y desesperación, la única forma de navegar la tormenta de su furia. Sus embestidas eran salvajes, descontroladas, sus gruñidos guturales resonando en la pequeña oficina. Mi mente se desconectó del dolor para aferrarse a la sensación, a la prueba de que aún existía algo entre nosotros, aunque fuera la brutalidad de la posesión.
**UMUT**
Me hundí en ella una y otra vez, buscando descargar la rabia, el dolor, la traición de la que me sentía víctima. Cada empuje era una afirmación de mi poder, una forma de decirle que, a pesar de todo, ella me pertenecía. Cuando el clímax nos alcanzó, fue una explosión violenta de sensaciones que me dejó vacío y exhausto.
Me aparté bruscamente de ella, sin una palabra, sin una mirada. Me arreglé la ropa con prisa, sin mirarla. Tomé mi chaqueta y salí de la oficina sin decir una palabra, dejando la puerta abierta tras de mí. La dejé allí, sentada en el escritorio, con el cuerpo aún tembloroso, con el desorden de nuestra violencia esparcido por la oficina.
**AYLA**
Sus pasos se alejaron, el sonido de la puerta al cerrarse resonando como una bofetada. Me quedé sentada en el frío escritorio, la ropa rasgada a mis pies, el cuerpo tembloroso y el alma hecha pedazos. Él se había ido, dejándome allí, rota, humillada y utilizada.
Las lágrimas empezaron a caer, silenciosas al principio, luego desatadas en un llanto incontrolable. Me deslicé del escritorio y caí al suelo, arrodillada entre los papeles esparcidos y mi propia ropa hecha jirones. Me abracé a mí misma, intentando juntar los pedazos de mi dignidad. Ya no era solo rabia; era desesperación. Me había convertido en un mero objeto de su frustración, y el amor, si alguna vez existió, había muerto en esa oficina.
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Editado: 16.02.2026