La alianza del sol

45 Cenizas en el suelo

**AYLA**

​El frío de las baldosas de la oficina se filtraba a través de mi piel, pero no dolía tanto como el vacío que Umut había dejado tras de sí. Me quedé allí, ovillada, rodeada de los expedientes médicos que habían volado por los aires durante su arrebato. Mi ropa estaba rasgada, un botón rodaba por el suelo como un recordatorio de su urgencia animal.
​No me sentía su esposa. No me sentía la mujer que él decía amar. Me sentía una herramienta, un recipiente donde él acababa de volcar toda la bilis y la frustración que no podía descargar contra mis hermanos o contra su propia madre.
​—Me has roto, Umut —susurré contra el suelo, con la voz quebrada por el llanto—. Esta vez no me has poseído... me has destruido.
​Me levanté como pude, con las piernas temblorosas. Me miré en el pequeño espejo del baño de la oficina. Tenía el cabello revuelto y los labios mordidos. Lo que vi no fue a la orgullosa doctora Kara, ni a la respetada señora Kordan. Vi a una mujer que estaba perdiendo su alma en una guerra de hombres. Con manos temblorosas, traté de arreglar mi blusa, pero el tejido estaba cedido, igual que mi voluntad.

​**UMUT**

​Salí del hospital a zancadas, ignorando las miradas confusas del personal. El aire gélido de Mardin me golpeó la cara, pero no fue suficiente para apagar el incendio que llevaba dentro. Me subí al coche y arranqué con tal violencia que los neumáticos chirriaron sobre el asfalto.
​Tenía las manos apretadas al volante con tanta fuerza que los nudillos me blanqueaban. La imagen de Ayla llorando en el suelo de la oficina se repetía en mi mente, pero mi orgullo, herido por la traición de Ece y la humillación ante los Kara, se negaba a darme tregua.
​—Ella lo sabía —me repetía a mí mismo, intentando justificar mi crueldad—. Ella sabía lo de Ece y Ferhat. Me ha estado viendo la cara de idiota mientras me entregaba a ella.
​Pero en el fondo, una voz pequeña y persistente me decía que acababa de cometer el peor error de mi vida. Había usado el sexo como un arma, y al hacerlo, había mancillado lo único puro que quedaba en mi existencia.

​ **AYLA**

​Logré salir del hospital por la puerta trasera, evitando a mis compañeros. No podía volver a casa, no a esa mansión que ahora olía a traición y a Sultana. Caminé sin rumbo por las calles empedradas de Mardin hasta que mis pies me llevaron, por puro instinto, hacia la frontera de las tierras.
​Me senté en una roca, mirando hacia la mansión de los Kara en la distancia. Allí estaba mi hermana de corazón, Ece, viviendo el sueño que a mí se me había convertido en pesadilla. Ella estaba con el hombre que amaba, libre del veneno de los Kordan. Y yo... yo estaba encadenada a un hombre que me deseaba pero que no me respetaba.
​Saqué el anillo de mi dedo. El oro brillaba bajo el sol de la tarde, burlándose de mis desgracias.
​—Si esto es ser una Kordan —dije en voz alta, las lágrimas secándose en mis mejillas y dejando un rastro amargo—, entonces prefiero no ser nada.

​ **UMUT**

​Regresé a la mansión al anochecer. La casa estaba en silencio, un silencio opresivo que me recordaba la ausencia de mi hermana y la distancia que yo mismo había cavado entre Ayla y yo. Fui directo al mueble bar y me serví un trago de whisky tras otro.
​Esperé escuchar sus pasos. Esperé que entrara por la puerta y me gritara, que me abofeteara, que hiciera cualquier cosa menos lo que hizo.
​Cuando Ayla entró, no me miró. Pasó por mi lado como si yo fuera un mueble más de la casa. Su rostro estaba lavado, inexpresivo, como si hubiera muerto por dentro. Subió las escaleras con una lentitud que me heló el pecho.
​—Ayla —la llamé, mi voz sonando extraña incluso para mí.
​Ella se detuvo en el primer escalón, pero no se giró.
—No me hables, Umut. Hoy has dejado claro lo que soy para ti. Si vuelves a ponerme una mano encima con esa rabia... te juro que no vivirás para contarlo.
​Subió a la habitación y escuché el sonido del pestillo cerrándose. Por primera vez en mi vida, tuve miedo. No de los Kara, no de la guerra, sino del vacío absoluto que vi en los ojos de la mujer que, en mi afán por poseer, acababa de perder para siempre.




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