**UMUT**
Estaba en el despacho, con el sabor amargo del whisky quemándome la garganta, cuando Selin entró. No traía consuelo, traía el golpe de gracia. Dejó un sobre sobre la mesa con una sonrisa que no llegó a ocultar su triunfo.
—Míralo tú mismo, Umut. Mientras tú te debatías entre tu deber y tu deseo, ella te vendía al mejor postor —dijo Selin, señalando las fotos de Ayla con Ferhat y unos documentos falsificados que detallaban nuestras rutas comerciales.
Mi mente, ya envenenada por la fuga de mi hermana Ece, no buscó la verdad. Buscó un culpable. Y ahí estaba ella: la hija del hombre que maldijo mi linaje. Nunca protegí a sus hermanos por amor a ella, lo hice por estrategia, y ahora sentía que cada concesión que les hice era una bofetada en mi propio rostro.
**AYLA**
Entré en el despacho con la intención de hablar, de intentar salvar los restos de nuestro matrimonio después de la pesadilla en el hospital. Pero en cuanto vi los ojos de Umut, supe que no había una mujer frente a él, sino un enemigo.
—¿Es esto lo que hacías mientras te dábamos un techo, Ayla? —me lanzó los papeles a la cara. El borde de uno me cortó la mejilla, pero ni siquiera parpadeó—. No eres más que una espía barata con cara de ángel.
—¡Umut, eso es falso! Jamás traicionaría a la persona con la que duermo...
—¡Cállate! —su rugido hizo vibrar los cristales. Se acercó a mí, acorralándome contra la pared, y su voz bajó a un susurro cargado de odio—. Me das asco. Cada vez que te toqué, cada vez que permití que tus hermanos siguieran respirando en sus tierras en lugar de quemarlas con ellos dentro, fue el mayor error de mi vida. Eres la sangre podrida de los Kara. No eres mi esposa, eres la parásita que se metió en mi cama para desangrar a mi familia.
Sus palabras eran puñales, mucho más afilados que el cuchillo que su madre me puso en el cuello.
—Lo que hicimos en la oficina... —continuó él, con un desprecio que me heló la sangre—, solo fue para recordarte tu lugar. Eres un objeto, Ayla. Un objeto de los Kara que ahora me pertenece para ser usado y desechado. No vales ni la bala que gastaría en tu padre. Lárgate de mi vista antes de que decida que la paz ya no me importa y empiece a colgar a tus hermanos uno a uno en la plaza del pueblo.
**AYLA**
Me quedé petrificada. El hombre que me miraba no era el Umut que me besaba con ternura. Era un monstruo alimentado por siglos de odio. No lloré frente a él; no le daría ese placer.
Subí a la habitación. Mis manos no temblaban; estaban frías, decididas. Metí lo poco que sentía que aún me pertenecía en una maleta. No me llevé las joyas de los Kordan, ni los vestidos caros. Dejé el estetoscopio y mi dignidad intacta. Antes de salir, miré la cama donde tantas veces creí que estábamos construyendo algo real.
Escribí una nota breve, sin adornos. Ya no había espacio para los sentimientos.
Umut,
Me culpas de traición cuando tú has traicionado tu propia humanidad. No me voy porque tenga miedo de tus amenazas hacia mis hermanos; me voy porque me das asco. Quédate con tu odio, con tu madre y con Selin. Al final, estarás solo en este palacio de cenizas. He vuelto con los Kara. No vuelvas a buscarme, porque la próxima vez que nos veamos, será a través de la mira de un fusil.
**UMUT**
Regresé a la habitación horas después, esperando verla allí, humillada y sumisa. Pero el silencio me recibió con la fuerza de un impacto. El armario estaba vacío. El anillo de casada, ese que le puse jurando que sería mía para siempre, estaba sobre la mesilla, brillando como un reproche.
Leí la nota y la estrujé en mi puño. Mi primera reacción fue la furia, el deseo de ir a la mansión Kara y arrastrarla de vuelta por el cabello. Pero luego, el vacío se instaló en mi pecho. Ayla se había ido. Y con ella, se había llevado la última pizca de luz que quedaba en la mansión Kordan.
—Que así sea —susurré, mirando hacia la ventana, hacia la oscuridad de la noche de Mardin—. Si quiere guerra, guerra tendrá.
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Editado: 16.02.2026