La alianza del sol

47 El refugio de los ausentes

**AYLA**

​No fui a la fortaleza de mi padre. No quería más fusiles, ni más gritos de guerra, ni más hombres planeando venganzas sobre mi honor herido. Conduje en mitad de la noche hacia la pequeña casa de campo en las afueras de Mardin, el lugar donde viví con mi madre antes de que Umut me arrancara de mi vida para obligarme a ser su esposa.
​Al abrir la puerta, el olor a lavanda seca y a tiempo detenido me golpeó el pecho. Todo estaba igual: sus bordados sobre el sofá, sus libros de medicina natural, el silencio que solo una madre sabe llenar. Me derrumbé en el suelo de la entrada, abrazando mis rodillas.
​—Mamá... —susurré al vacío, sintiendo su ausencia como un abismo—. Si estuvieras aquí, me dirías que el amor no debería doler así. Que no debería sentirme como una extraña en mi propio cuerpo.
​Hacía dos años que ella se había ido, y nunca la había extrañado tanto como ahora, después de que Umut me humillara de forma tan animal y me acusara de traición. En esta casa yo no era una Kordan, ni una pieza de ajedrez de los Kara. Aquí solo era Ayla.

​ **ECE**

​Me costó encontrarla, pero sabía que este era su único santuario. Llegué a la casita al amanecer y la encontré dormida en el antiguo sillón de su madre, envuelta en una manta vieja. Parecía tan pequeña, tan frágil, que me hirvió la sangre por lo que mi hermano le había hecho.
​—Ayla... —la llamé suavemente.
​Ella abrió los ojos, nublados por el sueño y el dolor. Tardó un momento en reconocer que estaba en su antiguo hogar.
​—¿Cómo me has encontrado? —preguntó con voz ronca.
​—Sabía que no irías con Demir. No quieres más guerra, quieres paz —me senté a sus pies—. Pero no puedes tener paz mientras la mentira siga en pie. He venido a decirte la verdad, una que Umut es demasiado ciego para ver.
​Le conté todo. Cómo Sultana, desde su suite en el hotel, y Selin, desde la mansión, habían tejido una red de engaños. Cómo manipularon las fotos y crearon esas pruebas de traición falsas aprovechando el caos de mi fuga.
​—Sultana quiere que Selin ocupe tu lugar, Ayla. Quieren borrar tu rastro de la vida de Umut. Usaron su orgullo y su rabia contra ti.
​Ayla se levantó lentamente. Se acercó a la ventana que daba al jardín de hierbas que su madre solía cuidar. Ya no lloraba. Había algo en su mirada que se estaba endureciendo, como el barro que se convierte en piedra bajo el sol de Mardin.
​—Mi madre me enseñó que las plantas venenosas se arrancan de raíz —dijo Ayla, su voz volviéndose gélida—. Umut me trató como a una cualquiera, me despojó de mi dignidad en esa oficina y me echó de su vida basándose en las mentiras de una serpiente. No voy a volver con él por amor, Ece. El amor que sentía murió anoche en el suelo de esa mansión.

​**AYLA**

​Me giré hacia Ece. El recuerdo de mi madre me daba una fuerza que no sabía que tenía. Ya no era la niña asustada que fue obligada a casarse.
​—Si vuelvo a mirar a Umut a los ojos, será para que vea la clase de monstruo en el que se ha convertido por creer a Selin antes que a mí. Voy a limpiar mi nombre. No por los Kordan, sino por la memoria de mi madre y por mí misma.
​Miré la foto de mi madre sobre la chimenea. Ella nunca permitió que nadie la pisoteara.
​—Ece, necesito que me ayudes. Vamos a conseguir esas pruebas. Vamos a entrar en el hotel de Sultana o vamos a hacer que Selin confiese. Y cuando Umut descubra la verdad y se dé cuenta de que me perdió por una mentira... ese será su verdadero castigo.




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