La alianza del sol

49 El rastro del engaño

**AYLA**

​El silencio de la casa de mi madre fue interrumpido por un golpe seco en la puerta. Pensé que sería Umut insistiendo en su perdón, pero al abrir, me encontré con la figura imponente de Cihan. Su rostro no reflejaba la hostilidad habitual de los Kordan; había algo en su mirada, una mezcla de culpa y resolución.
​—Ayla —dijo con voz grave—, no he venido por Umut. He venido por la verdad. Mi hermano es un estúpido cegado por el dolor, pero yo siempre tuve dudas sobre aquel testigo que hundió a tu padre. Es hora de saber quién pagó realmente por ese testimonio.
​No necesité que dijera más. Si quería limpiar el nombre de mi padre de una vez por todas, tenía que seguir ese hilo. Subí al coche de Cihan y dejamos atrás las luces de Mardin, conduciendo hacia un pueblo remoto en la frontera, donde el tiempo parecía haberse detenido.

​**CIHAN**

​Miré a Ayla de reojo mientras conducía. Estaba pálida, pero su determinación era inquebrantable. Ella había sufrido lo indecible en manos de mi hermano y de mi madre, y aunque yo soy un Kordan, no puedo seguir permitiendo que nuestra historia se construya sobre cimientos de mentiras.
​—El hombre se llama Yusuf —le expliqué—. Desapareció justo después del juicio de tu padre. Le dieron una fortuna para que testificara que vio a Demir Kara apretar el gatillo. He seguido el rastro del dinero durante años en secreto... y hoy termina el camino.
​Llegamos a Hasan-Keyf, un pueblo de casas de adobe y calles de tierra. El aire era pesado y el sol castigaba las piedras. Bajamos del coche y nos dirigimos a la plaza pequeña, donde unos ancianos tomaban té a la sombra de un árbol viejo.

​ **AYLA**

​Cihan se acercó a los hombres con respeto, pero con la autoridad que emanaba de su presencia. Yo me quedé un paso atrás, observando las reacciones de los vecinos.
​—Buscamos a Yusuf el Cojo —dijo Cihan, dejando una moneda de plata sobre la mesa—. Sabemos que vive por aquí. Tenemos asuntos de familia que tratar con él.
​Los ancianos se miraron entre sí con desconfianza. El nombre de Yusuf parecía traer malos recuerdos a este rincón del mundo. Uno de ellos, el más anciano, escupió al suelo antes de hablar.
​—Yusuf no ha sido el mismo desde que volvió con los bolsillos llenos de sangre —dijo el anciano con voz rasposa—. Vive en la cabaña al final del desfiladero, cerca del pozo seco. No quiere visitas, y menos de gente de la ciudad.

​**CIHAN**

​Caminamos hacia el lugar indicado. El camino era estrecho y empinado. Sentía la tensión de Ayla a mi lado; si Yusuf confesaba, todo el odio entre nuestras familias se revelaría como una manipulación magistral.
​—Si él confiesa, Ayla... —comencé a decir.
​—Si él confiesa, Umut se dará cuenta de que su guerra no tiene sentido —me interrumpió ella con voz gélida—. Y tú te darás cuenta de que tu madre ha destruido la vida de todos nosotros por un rencor que ella misma alimentó.
​Llegamos a la cabaña. Era una construcción miserable, impropia de alguien que supuestamente había recibido una fortuna. Golpeé la madera podrida de la puerta con fuerza.
​—¡Yusuf! ¡Abre la puerta! Sabemos lo que hiciste en el juicio de Demir Kara. El tiempo de las mentiras se ha acabado.
​Desde dentro, escuchamos el sonido de algo cayéndose y unos pasos apresurados. Yusuf intentaba huir por la ventana trasera.

​ **AYLA**

​Rodeé la cabaña justo a tiempo para verlo saltar. Era un hombre demacrado, con ojos de loco y manos temblorosas. Al verme, se quedó paralizado, como si hubiera visto a un fantasma.
​—¡Tú! —gritó él, señalándome—. ¡Tienes los ojos de él! ¡Déjenme en paz! ¡Yo hice lo que me pidieron!
​Cihan lo agarró por la solapa de su chaqueta y lo estampó contra la pared de piedra.
—¿Quién te pagó, Yusuf? ¿Quién te dio el dinero para mentir sobre Demir Kara? ¡Dilo o te juro que no verás el atardecer!
​—¡Fue la mujer! —chilló Yusuf, rompiendo a llorar por el miedo—. ¡La mujer de los Kordan! Ella me dijo que si no decía lo que ella quería, mataría a mi familia. Me dio el dinero y me mandó lejos. ¡Sultana Kordan fue quien mató a su propio marido y culpó al Kara!




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