**AYLA**
Entramos en la suite con la adrenalina disparada. Cihan sujetaba a Yusuf por el brazo, un hombre que apenas podía mantenerse en pie. Sultana estaba allí, impecable, con una taza de porcelana en la mano y esa sonrisa gélida que me hacía sentir que caminaba sobre una tumba.
—Cihan, hijo, ¿qué es este espectáculo? —preguntó ella, sin siquiera mirar al hombre harapiento—. ¿Y por qué traes a esta mujer aquí de nuevo?
—Se acabó el juego, madre —dijo Cihan con voz firme—. Traemos la verdad.
En ese momento, la puerta se abrió. Umut entró, con el rostro endurecido y los ojos fijos en mí. Su presencia cargaba la habitación de una tensión eléctrica. Al ver a Yusuf, sus cejas se juntaron en un gesto de confusión y rabia contenida.
**CIHAN**
Empujé a Yusuf hacia adelante, poniéndolo cara a cara con la mujer que, según él, le había arruinado la vida.
—Dilo, Yusuf. Dile a mi hermano quién te pagó para mentir sobre Demir Kara. Dilo ahora y tendrás protección.
Yusuf levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Sultana. Ella no gritó, no se defendió. Simplemente lo miró. Fue una mirada cargada de una amenaza silenciosa, un recordatorio del alcance de su poder. El silencio se prolongó durante diez segundos que parecieron horas.
**AYLA**
Vi cómo el color desaparecía del rostro de Yusuf. Empezó a temblar violentamente, sus ojos se desencajaron y el sudor frío le perló la frente. Miró a Umut, luego a Sultana, y finalmente bajó la cabeza hacia el suelo, rompiendo a llorar.
—Yo... yo... —balbuceó Yusuf—. Me he confundido. Lo siento.
—¿Qué dices? —rugí, acercándome a él—. En la cabaña dijiste su nombre. ¡Dijiste que Sultana Kordan te dio el arma!
—¡No! ¡Me equivoqué! —gritó Yusuf, retrocediendo hacia la puerta, presa del pánico—. Fue otra mujer... una mujer de la ciudad. No conozco a esta señora de nada. Nunca la he visto en mi vida. ¡Por favor, déjenme ir! ¡Me he confundido de cara!
**UMUT**
La decepción me golpeó como un mazazo. Miré a Ayla, que estaba pálida de pura rabia, y luego a mi hermano, que apretaba los puños con tal fuerza que le sangraban los nudillos.
—¿Esto es lo que tenías que enseñarme, Cihan? —pregunté con una voz cargada de amargura—. ¿Traer a un loco para que insulte a nuestra madre delante de los Kara?
—¡Umut, él lo confesó! —gritó Ayla, agarrándome del brazo—. ¡Ella lo ha amenazado con la mirada! ¿No lo ves?
—Lo que veo, Ayla —dije, soltándome de su agarre con una frialdad que me dolía hasta a mí—, es que estás desesperada por limpiar el nombre de tu padre, tanto que eres capaz de pagar a un indigente para que mienta. Mi madre puede ser muchas cosas, pero no es una asesina.
**AYLA**
Sultana soltó una risa suave, triunfal. Se levantó y caminó hacia mí, deteniéndose a pocos centímetros.
—Pobre niña —susurró para que solo yo la oyera—. Creíste que un hombrecillo como ese podría conmigo. En Mardin, mi nombre es ley, y tu padre seguirá siendo el asesino de mi marido hasta que el último de los Kara desaparezca.
Me giré hacia Umut. Su mirada era de una decepción absoluta. No solo no me creía, sino que ahora pensaba que yo era una manipuladora. El abismo entre nosotros, que parecía cerrarse por un momento, se hizo infinito.
—Cihan, saca a ese hombre de aquí antes de que llame a la policía por calumnias —ordenó Sultana.
**AYLA**
Miré a Umut por última vez. Sabía que no había nada más que decir. La verdad estaba allí, pero el miedo era más fuerte.
—Te quedas con tu madre, Umut —dije con una voz que ya no temblaba—. Te quedas con la asesina que te hizo odiar a mi familia. Espero que cuando la verdad te explote en la cara, y lo hará, te acuerdes de este momento.
Salí de la suite con la cabeza alta, ignorando los sollozos de Yusuf y la mirada de triunfo de Sultana. Mañana enviaría los papeles del divorcio. Ya no lucharía por un hombre que prefería vivir en la mentira antes que ver la oscuridad de su propia sangre.
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Editado: 16.02.2026