La alianza del sol

51 El corte definitivo

**AYLA**

​El silencio de la casa de mi madre era el único refugio que me quedaba. Me senté en la mesa de madera desgastada, rodeada de los fantasmas de una felicidad que parecía pertenecer a otra vida. Ferhat se sentó frente a mí; no traía armas ni gritos, solo una verdad que yo me negaba a aceptar.
​—Ayla, mírame —me dijo Ferhat con una seriedad que me heló la sangre—. Umut no es el hombre que tú proyectas en tus sueños. Él vive por y para la venganza que Sultana le grabó a fuego. Cada vez que intentas salvarlo, te quemas tú. Olvídalo. Ese hombre está muerto por dentro, y si te quedas cerca, te arrastrará a su tumba. Termina con esto antes de que no quede nada de ti.
​Sus palabras fueron el golpe de gracia. Tenía razón. Umut no era una víctima de las circunstancias; era el arquitecto de su propia ceguera. Me levanté, busqué los papeles que ya tenía preparados y, con una mano que por fin dejó de temblar, estampé mi firma. Al dejar la pluma, sentí que el apellido Kordan se desprendía de mi piel como una costra vieja.
​—Se acabó, Ferhat —susurré—. Mañana será libre de su "traidora", y yo seré libre de su oscuridad.

​**UMUT**

​La noche en la mansión fue un desierto de alcohol y sombras. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Ayla en el hotel, con esa mirada de desprecio que dolía más que cualquier bala de los Kara. Una parte de mí, la que aún no estaba podrida, me gritaba que ella decía la verdad, que Yusuf se había acobardado ante mi madre. Pero reconocerlo era admitir que mi vida entera era una farsa orquestada por una asesina.
​Al amanecer, el sonido de un sobre deslizándose bajo la puerta del despacho me sacó de mi estupor.
​Me acerqué con el corazón martilleando contra las costillas. Al abrirlo, el mundo se detuvo. Eran los papeles del divorcio. La firma de Ayla era firme, sin rastro de duda. No había una carta de despedida, ni una explicación, ni una súplica. Solo el frío metal de la ley devolviéndome mi soledad.
​—Me ha dejado —dije en voz alta, y mi propia voz me sonó extraña, rota—. Me ha cortado de su vida como si fuera un tumor.
​Apreté los papeles contra mi pecho, sintiendo cómo las lágrimas, esas que un Kordan nunca debía derramar, empezaban a mojar el documento. Había ganado la batalla del orgullo frente a mi madre, pero acababa de perder la única guerra que realmente importaba: la de conservar el alma de la mujer que me amó.




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