La alianza del sol

52 Las cenizas del destino

**UMUT**

​Tenía los papeles frente a mí, manchados por la humedad de mis propias lágrimas. El silencio de la mansión Kordan nunca me había parecido tan ensordecedor. Cada rincón de esta casa gritaba el nombre de Ayla, recordándome cómo la humillé, cómo permití que mi madre la pisoteara y cómo, en mi ceguera, la llamé traidora.
​Tomé la pluma. Me temblaba la mano, no por debilidad, sino por el peso de saber que, al plasmar mi firma, estaba sentenciando mi propia soledad eterna. Miré el espacio en blanco junto a su firma firme y decidida. Ella ya no tenía dudas; yo era el único que seguía aferrado a un cadáver.
​Firmé. El trazo fue rápido, como un corte de cuchillo.
​—Sé libre, Ayla —susurré, cerrando los ojos mientras dejaba caer la pluma—. Sé libre del monstruo en el que me convertí.
​Entregué el sobre a mi hombre de confianza con una orden clara: que nadie la molestara, que nadie la siguiera. Había perdido el derecho a ser su sombra. Me quedé solo en el despacho, viendo cómo el sol se ponía sobre Mardin, sabiendo que a partir de hoy, mi vida sería un invierno perpetuo.

​**AYLA**

​Recibí el sobre en la mansión de mi padre. Al ver la firma de Umut, no sentí el triunfo que esperaba, sino un alivio pesado, como si me hubieran quitado una armadura de plomo que llevaba meses cargando. Ya no era Ayla Kordan. Volvía a ser Ayla Kara, pero una versión de mí misma que ya no reconocía en el espejo.
​—Ya está hecho —le dije a mi padre, que me observaba desde el umbral con una mezcla de orgullo y preocupación.
​—Esta es tu casa, hija. Aquí nadie te juzgará —respondió él.
​Pero sabía que para sanar necesitaba romper con todo. Fui al hospital por última vez. Caminar por esos pasillos donde salvé vidas, donde alguna vez creí que mi vocación era mi único ancla, me resultó doloroso. Entré en el despacho del director y dejé mi carta de renuncia sobre la mesa. No podía seguir siendo la "Doctora Ayla" mientras mi mundo interior estaba en ruinas. No podía curar a otros cuando yo misma sangraba por heridas que ningún bisturí podía cerrar.
​Recogí mis pertenencias en una caja pequeña. Al salir, miré el hospital por última vez. Dejaba atrás mi carrera, mis sueños de juventud y al hombre que amé hasta la destrucción.
​Caminé hacia el coche de mi hermano, que me esperaba para llevarme a la fortaleza de los Kara. Allí, tras los muros de mi familia, me ocultaría del mundo el tiempo que fuera necesario. Umut tenía su venganza, Sultana tenía su poder, pero yo... yo por fin tenía mi silencio.




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