**AYLA**
Han pasado seis meses desde que firmé mi libertad. Seis meses desde que el nombre de Umut dejó de ser un susurro en mis labios para convertirse en una cicatriz que solo duele cuando cambia el tiempo. Me he refugiado en la lectura y en el silencio, pero hoy mi padre ha entrado en mi cuarto con una luz distinta en los ojos.
—Ayla, ya has guardado suficiente luto por una vida que no te merecía —me dijo, dejando unas llaves sobre mi mesilla—. El pueblo pregunta por ti. Los niños de las aldeas no tienen quién les cure las fiebres porque su doctora está escondida. No lo hagas por los Kara, ni por los Kordan. Hazlo por ellos.
Me resistí. Al principio, la idea de volver a tocar un estetoscopio me recordaba a las manos de Umut sobre las mías, al hospital donde todo se derrumbó. Pero mi padre no aceptó un no por respuesta. Me obligó a subir al coche, y ahora recorremos las tierras de nuestra familia, lejos de la ciudad, donde el aire es más puro.
**DEMIR**
Miraba a mi hija por el espejo retrovisor. Ya no tiene esa palidez enfermiza de cuando llegó huyendo de aquella mansión maldita, pero sus ojos siguen apagados. Sé que necesita un propósito que sea suyo, algo que nadie pueda quitarle con mentiras o pruebas falsas.
—Mira esa propiedad, Ayla —le dije, señalando una antigua casona de piedra blanca en la ladera de la colina, rodeada de olivos—. Es nuestra desde hace tres generaciones. Está sólida, pero vacía. Tiene luz de sobra y espacio para diez camas.
Bajamos del coche. El viento de Mardin soplaba con fuerza, despeinándole el cabello. La vi caminar hacia el porche, tocando las piedras con las puntas de los dedos. Por un segundo, vi a la doctora que solía ser, evaluando el espacio, midiendo con la vista dónde iría la recepción y dónde la sala de curas.
**AYLA**
Entré en la casona. El polvo bailaba en los rayos de luz que entraban por los ventanales. Era un lugar hermoso, lejos del ruido y de las intrigas de las familias poderosas. Aquí, los pacientes vendrían por necesidad, no por política.
—Podría ser una clínica de medicina integral —susurré, casi sin querer—. Podría traer a las mujeres de las aldeas que no se atreven a ir al hospital central...
—Es tuya si la quieres —dijo mi padre, acercándose—. Pondré a mis hombres a trabajar mañana mismo. Será la "Clínica Kara", o simplemente "La casa de Ayla". Tú decides.
Sentí una chispa de algo que no era dolor. Era propósito. Durante meses pensé que Umut me había quitado todo, pero mientras miraba este espacio vacío, me di cuenta de que mi conocimiento y mi capacidad de sanar eran lo único que él nunca pudo tocar.
—Acepto, papá —dije, girándome hacia él con una pequeña sonrisa—. Pero con una condición: en este lugar no entrarán armas, ni apellidos, ni guerras. Solo pacientes.
**UMUT (Desde la distancia)**
Observaba desde la colina opuesta, oculto tras los cristales tintados de mi coche. Sabía que Demir la traería aquí hoy. He pasado estos meses viéndola de lejos, como quien observa una estrella que ya no puede alcanzar. Ella se veía más fuerte, más dueña de sus pasos.
La vi sonreírle a su padre y sentí una punzada de envidia y alivio a la vez. Ella está construyendo un mundo nuevo donde yo no existo. He firmado los papeles, he mantenido mi distancia, pero verla allí, planeando su clínica, me hizo entender que el divorcio fue mi único acto de amor real hacia ella: dejarla ser quien realmente es.
—Que seas feliz, Ayla —susurré, apretando el volante—. Aunque yo tenga que seguir viviendo en las sombras de lo que perdimos.
#1610 en Novela romántica
#584 en Chick lit
venganza amor dolor, familia escape traicion mentiras, erotismo pasion celos romance toxico
Editado: 16.02.2026