**AYLA**
Caminar por los pasillos de mi clínica me devolvía una paz que creí perdida para siempre. Todo estaba listo: el olor a limpio, las paredes blancas y, lo más importante, la tecnología que mi padre no había escatimado en conseguir. Pero una clínica no son solo máquinas; es la gente que la habita.
Me acerqué a la recepción, donde Ece organizaba las primeras fichas con una sonrisa radiante.
—¿Estás segura de esto, Ece? —le pregunté, apoyándome en el mostrador—. Sé que trabajar conmigo puede ser un desafío, especialmente con la presión de tu familia.
—Ayla, es el primer lugar donde me siento útil de verdad —respondió ella, tomando mi mano—. Aquí no soy "la hija de los Kordan" ni "la hermana de Umut". Soy Ece, y voy a ayudarte a que este lugar sea el mejor de la región. Gracias por confiar en mí.
Tenerla allí era mi pequeña victoria personal. Éramos dos mujeres que habían decidido dejar de ser peones en una guerra de hombres.
**CIHAN**
Llegué a la inauguración sintiendo una mezcla de orgullo y melancolía. Ver lo que Ayla había logrado en pocos meses era asombroso. Pero no venía solo. A mi lado caminaba Leyla, una mujer que había conocido hace poco y que, con su risa ligera y su falta de interés en los dramas familiares, estaba logrando que yo también empezara a dejar atrás la oscuridad.
—Es un lugar increíble, Cihan —susurró Leyla, admirando la fachada—. Tu cuñada... bueno, tu ex-cuñada, debe ser una mujer extraordinaria.
—Lo es —respondí con sinceridad—. Es la persona más valiente que conozco.
Al entrar, vi a Ayla. Estaba imponente, vestida con su bata blanca de nuevo, hablando con los invitados. Cuando nuestras miradas se cruzaron, ella sonrió. No había rencor en sus ojos, solo una aceptación serena.
—Cihan, gracias por venir —dijo ella, acercándose—. Y tú debes ser Leyla. He oído hablar mucho de ti.
Pasamos un rato hablando, y por primera vez en años, sentí que las tensiones entre los apellidos se disolvían en esa habitación. Sin embargo, no pude evitar notar cómo la mirada de Ayla viajaba de vez en cuando hacia la puerta, como si esperara a alguien que sabía que no vendría, o que no debía venir.
**AYLA**
La inauguración fue un éxito rotundo. El equipo médico era de última generación; máquinas de ecografía y radiología que ni siquiera el hospital central poseía. Mi padre se paseaba con el pecho henchido de orgullo, y ver a Ece manejando la recepción con tanta soltura me llenaba el corazón.
Sin embargo, en un momento de la tarde, salí al porche para tomar aire. A lo lejos, en la carretera que bordeaba la colina, vi un coche negro estacionado. No se movía, solo observaba desde la distancia. Sabía quién estaba allí.
No sentí miedo, ni rabia. Solo una profunda tristeza por el hombre que se había quedado atrapado en el pasado mientras el resto del mundo seguía adelante. Umut estaba allí, custodiando mi felicidad desde el exilio que él mismo se había impuesto.
Regresé adentro, donde la risa de Ece y la conversación animada de Cihan y Leyla llenaban el espacio. Mi clínica no era solo un lugar de medicina; era un santuario.
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Editado: 16.02.2026