La alianza del sol

55 Visitas del pasado

**AYLA**

​La clínica funciona como un reloj suizo. Melek, la enfermera que acabo de contratar, tiene una energía joven y eficiente que equilibra perfectamente la seriedad del lugar. Verla trabajar codo con codo con Ece me hace sentir que he formado un equipo invencible. Ya no soy la mujer que lloraba en los rincones de una mansión; soy la Directora de un centro de salud que está cambiando la vida de las aldeas cercanas.
​Estaba revisando unos informes cuando una voz familiar me sacó de mis pensamientos.
​—¿Es aquí donde se esconde la mejor doctora de todo el sur?
​Levanté la vista y no pude evitar una sonrisa genuina. Era Selim, mi antiguo compañero del hospital central. Lo recordaba como uno de los pocos que no se dejó llevar por los chismes cuando mi matrimonio con Umut saltó a las portadas de los periódicos.
​—¡Selim! Qué sorpresa —dije, saliendo a su encuentro para darle un abrazo—. ¿Qué haces tan lejos de la civilización?
​—He venido a ver si los rumores eran ciertos. Dicen que has montado un hospital de vanguardia en medio de las colinas. Y por lo que veo, se han quedado cortos —dijo, mirando con admiración los equipos—. Ayla, te ves... diferente. Tienes una luz que hace mucho no veía.
​Charlamos durante una hora sobre medicina y sobre cómo han cambiado las cosas en el hospital desde mi renuncia. Al final de la tarde, justo antes de que el sol se ocultara, Selim se puso un poco más serio, pero con esa amabilidad que siempre lo caracterizó.
​—Mira, Ayla... he venido por trabajo, pero también porque te he echado de menos. Hay un restaurante nuevo cerca del valle, dicen que la comida es excelente y la vista aún mejor. ¿Me permitirías invitarte a cenar esta noche? Como colegas... o como amigos. Tú pones las etiquetas.

​**UMUT**

​Estoy estacionado en mi lugar habitual, oculto por la maleza y la distancia. A través de mis binoculares, veo el movimiento en la entrada de la clínica. Veo a Ece despidiéndose de los pacientes y a la nueva enfermera cerrando las ventanas. Pero entonces, veo a un hombre.
​Es joven, alto, y se nota que tiene una confianza que solo alguien que no ha sido destruido por una guerra familiar puede poseer, es Selim. Veo cómo Ayla sonríe. Es una sonrisa que hace tiempo no me dedica a mí; una sonrisa sin tensión, sin miedo.
​Siento que la sangre me hierve, pero no es la furia de antes. Es una mezcla de celos corrosivos y una tristeza profunda. Ver a otro hombre invadir su espacio, ver cómo él se atreve a tocarle el brazo mientras ríen, me hace darme cuenta de que el mundo ha seguido girando sin mí. Yo soy el fantasma que vive en el coche, mientras ella está empezando a escribir un capítulo donde yo ni siquiera soy un personaje secundario.
​Los veo caminar hacia el coche de él. Ella acepta. Ella se va con él.
​—No lo hagas, Ayla —susurro, aunque sé que no tengo derecho a decir nada—. No dejes que nadie tome mi lugar.
​Pero mi lugar está vacío porque yo mismo lo incendié. Arranco el motor, pero no me voy. Los sigo a una distancia prudente, como el guardián de un tesoro que ya no me pertenece.




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