La alianza del sol

58 Cimientos de cristal

**AYLA**

​Conducir hacia las oficinas de las graveras Kordan se sintió como entrar en territorio enemigo, pero esta vez llevaba un escudo hecho de papel y tinta. Al bajar del coche, el ruido de la maquinaria pesada y el polvo de la piedra triturada me recordaron la dureza del mundo de Umut. Un mundo construido sobre el odio y el trabajo implacable.
​Subí las escaleras de la oficina central. El personal me miró con una mezcla de asombro y temor; para ellos, yo era la exesposa que se había atrevido a desafiar al "León de Mardin". No pedí permiso. Abrí la puerta de su despacho.
​—Ayla... —Umut se levantó de su silla, su rostro era un mapa de agotamiento y sorpresa—. ¿Qué haces aquí? Te dije que respetaría tu distancia.
​—Lo que nos separa no es solo la distancia, Umut —dije, dejando la carpeta sobre su escritorio con un golpe seco—. Es una mentira de años. Abre eso.

​**UMUT**

​Verla allí, en mi terreno, me quitó el aliento. Pero su mirada no era de reconciliación; era una mirada de justicia. Tomé la carpeta con dedos torpes. Mis ojos escanearon los documentos: contratos, actas de constitución, sellos notariales.
​"Alianza del Sol: Sociedad entre Ahmet Kordan y Demir Kara".
​Sentí un pitido agudo en los oídos. Seguí leyendo. Beneficios compartidos, planes de expansión para una fábrica textil, firmas de mi padre junto a las del padre de Ayla en cada página. No eran rivales. Eran hermanos por elección.
​—Esto no puede ser... —mi voz apenas fue un susurro—. Mi madre siempre dijo que tu padre le robó, que lo traicionó antes de matarlo.
​—Mira las fechas, Umut —dijo Ayla, acercándose al escritorio—. Los negocios prosperaban hasta el último mes. Alguien rompió esa alianza desde dentro. Alguien que necesitaba que se odiaran para tomar el control. Tu madre no heredó una guerra, ella la inventó para justificar su sed de poder.

**AYLA**

​Vi cómo el mundo de Umut se desmoronaba en tiempo real. Su espalda se encorvó y tuvo que apoyarse en la mesa para no caer. Toda su vida, su venganza, su desprecio hacia mi familia y el dolor que nos causó a ambos se basaban en una ficción creada por Sultana.
​—Mi padre amaba al tuyo, Umut —continué con voz firme pero cargada de tristeza—. Y el tuyo confiaba su fortuna al mío. Los hombres que tú creías enemigos estaban construyendo un futuro para nosotros. Un futuro que tu madre destruyó con la primera bala.
​—He pasado años odiando a un hombre inocente... —dijo Umut, levantando la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre—. Te perdí a ti, perdí mi alma persiguiendo una sombra que mi madre dibujó en la pared.

​**UMUT**

​La rabia, una rabia más pura y devastadora que cualquier otra que hubiera sentido, empezó a arder en mi pecho. Pero no era contra los Kara. Era contra la mujer que me acunaba de niño mientras me contaba historias de traición que ella misma había escrito.
​Miré a Ayla. Ella no disfrutaba de mi derrota; simplemente me observaba con la dignidad de quien ya no espera nada de mí.
​—¿Por qué me traes esto ahora? —pregunté—. ¿Por qué no dejar que me pudra en mi error?
​—Porque la verdad no te pertenece solo a ti —respondió ella—. Le pertenece a mi padre, cuyo nombre ha sido manchado por décadas. Y porque no quiero que vuelvas a usar el nombre de tu padre para justificar tu oscuridad. Él era mejor hombre que el hijo que dejaste que Sultana criara.
​Ayla se giró y caminó hacia la puerta.
​—¿A dónde vas? —alcancé a decir.
​—A mi clínica. A seguir curando lo que aún tiene remedio. Lo que hagas con esa carpeta, Umut, es tu última oportunidad de ser un hombre libre.




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