El hombre malherido despertó la mañana siguiente de haber caído herido en el bosque. Para entonces, la Guardia Real lo buscaba encubierta para que los pueblerinos no supieran y no se esparciera la noticia por toda la nación.
Nahiara escuchó los jadeos de dolor de él y, enseguida, se dio cuenta de que estaba despertando.
Cuando el hombre abrió los ojos, Nahiara contempló el azul del cielo reflejado en la mirada de una persona.
—¿Caballero se encuentra bien?
Él miró el rostro borroso de una suave voz femenina hasta acostumbrarse a la claridad y ver unos alucinantes ojos esmeralda que lo miraban preocupados.
—Dioses... —se quejó con voz gruesa y entrecortada—, ¿dónde estoy?
—Mi nombre es Nahiara y te he encontrado herido en el bosque.
Él llevó su mano a esa parte de su cabeza que palpitaba.
—No recuerdo.
—¿No recuerdas cómo llegaste hasta el bosque?
El hombre cerró los ojos con fuerza al sentir nuevamente esa punzada en la cabeza.
—No recuerdo nada, mujer.
Nahiara abrió los ojos con sorpresa.
—¿Ni siquiera tu nombre?
El hombre negó con la cabeza.
—¿Tienes algo para este dolor? Debe verme un sanador...
—No. Pero tengo algo mejor —se dirigió a la cocina y trajo de vuelta un jarabe hecho por ella misma con plantas del bosque.
—¿Qué huele tan mal?
—Lo que va a sanar ese dolor.
Casi a la fuerza, Nahiara logró que el hombre tomara el jarabe.
Este hombre no recordaba quién era. Pero todavía había esperanza de que, con el transcurso del día, la recuperara. Una vez el jarabe hizo efecto, el hombre cayó rendido.
Nahiara recordó que su niño Florián se encontraba en la escuela y que no tardaría en aparecer por esa puerta con hambre. Al cabo de unos minutos, salió de la casa en busca del almuerzo.
"Ay, Nahiara..." dijo en sus pensamientos.
Alonso era un vendedor de vegetales en el mercado del pueblo y, aunque costaba creerlo, era el único que, de vez en cuando, ayudaba a Nahiara.
Ese día su puesto, entre tantos alrededor, estaba lleno de nueva mercancía. Era sábado y en ese día traían nueva cosecha. Claro, que tampoco era mucha debido a la sequía. Además, una papa costaba un dineral.
Cuando el hombre miró a Nahiara, suspiró.
—¿Vienes a pagarme?
La joven lo miró con desdeño.
—Te dije que esta última semana te pagaré todo... Pero eres un impaciente.
—¿Impaciente? —replicó con los brazos cruzados—. Llevo más de un mes esperando ese pago.
Nahiara notó que las personas escuchaban la conversación con atención.
—No he vendido mis productos... Ya verás que esta semana lo haré. Tú sabes cómo está la situación últimamente.
El hombre asintió, poco convencido. En eso llegó Edme, quien era su esposa y lo acompañaba ese día en las ventas.
Edme no era una mala persona con Nahiara. De hecho, muchas veces ayudaba con los estudios de Florián. Pero Nahiara supo, al ver a la joven de ojos claros acercarse, que lo había hecho para que las personas no hablaran de su esposo con ella.
Era algo decepcionante, pero comprensible. No importaba, de todos modos, porque para ese momento Nahiara estaba acostumbrada a que nadie quisiera acercarse mucho a ella debido a su fama.
—Edme.
—Nahiara. ¿Cómo estás tú y el niño Florián?
El pequeño niño era querido a pesar de la fama de su madre. Mucha gente lo apreciaba por su inteligencia y por ser un niño atractivo de ojos iguales a los de su madre.
—Estudia. Ya conoces que le encanta la escuela. Yo intento llevarle un poco de comida...
Lanzó el dardo y Alonso comprendió todo.
Enseguida, su esposa Edme lo miró con el ceño fruncido y le dijo:
—¿Ha venido Nahiara a comprar, querido?
—Así es, querida —Alonso no dejaba de mirar a los ojos de Nahiara con cierto reproche.
—¿Y qué ha pasado para que todavía no tenga nada en sus manos?
El hombre asintió y suspiró profundamente.
—Nada. Solo hablábamos del pago. ¿No es así, Nahiara? Ella me ha dicho que esta semana traerá lo que debe.
Edme sonrió y comprendió lo que él intentaba decirle con señales de humo.
—Perfecto. —Se dirigió a la mujer—. Nahiara, puedes llevarte lo que gustes. Ya nos veremos pronto; esperamos pacientes el pago. ¿Bien?
—Así es. Nos veremos pronto.
Minutos más tarde, la mujer caminaba con una bolsa en la que llevaba vegetales. En casa tenía un pollo que apenas el día anterior había matado para comerlo, pero con el asunto del hombre que encontró enfermo no le había dado tiempo de cocinarlo.
Lo tenía en sal para que no se dañara tan pronto. Tal vez, al llegar, el hombre estaría despierto y con sus recuerdos intactos; seguro le daría algo de comer y luego se marcharía para siempre.
Mientras caminaba, recibía miradas desdeñosas de los campesinos. Escuchaba claramente cómo hablaban de ella y la llamaban ramera a sus espaldas. Se preguntó, Nahiara, cuán diferente sería su vida si estuviera casada.
Las personas la juzgaban porque no era un hombre quien traía el plato a la mesa, sino ella, y su arduo trabajo del que muchos opinaban sin saber. Al principio, cuando comenzaron las críticas, ella trató de defenderse, pero el morbo era mayor y no la escucharon.
Cuando abrió la desgastada puerta, se encontró con una sala vacía. ¿Dónde estaba el hombre que había dejado dormido en el mueble?
Dejó la bolsa en una pequeña mesa y caminó lentamente... Escuchó un golpe proveniente del baño y se sobresaltó asustada. Pero tuvo que relajarse y acercarse despacio a ese cuarto, que no estaba lejos de la sala. Tomó el pequeño pasillo y, al llegar, se encontró con ese alto y musculoso hombre.
Nahiara quedó estática mirando la alta figura de un hombre que la miraba confundido.
Ambos se miraron sin decir una sola palabra. ¿Qué debía decirle Nahiara a este hombre que no conocía? ¿Qué debía él decirle a esa mujer que lo había llevado hasta este lugar?