La Amante Adorada del Principe

Capítulo cinco

Gerard había pasado toda la tarde reconstruyendo la casa de los pollos junto a Martín, que se había ofrecido a ayudarlo.

​Habían cargado las tablas de madera hasta la casa a la vista de todos los chismosos del pueblo, que ya decían que el esposo de Nahiara había llegado a cambiar su vida.

​Cuando el último clavo estuvo en su sitio, Gerard dejó el martillo. El pequeño Florián llevaba rato observando después de haber llegado de la escuela y se encargaba de cuidar los pollos, que estaban fuera de las jaulas.

​—Martín —llamó Gerard al otro chico—. ¿Me traes la malla?

​—¡Claro, sí, Gerard!

​Florián admiraba la obra bien elaborada de Gerard y no lo podía creer; había logrado todo esto en medio día. Su mamá iba a quedar impactada.

​—¿Puedo meter ya los pollos?

​—Es correcto, Florián —respondió Gerard.

​Mientras el niño se encargba de los animales, los dos hombres, que estaban agotados, se sentaron a mirar desde el suelo.

​—Tu hijo es muy inteligente —elogió Martín—. No hace tanto me ayudó con unas cuentas que llevaba rato sin resolver. Es como si hubiera un gran cerebro en esa pequeña cabeza.

​Gerard asintió sonriente.

​—Lo creo. Ha estado tanto tiempo ocupado en ser bueno que seguro desarrolló un buen potencial y madurado un poco.

​Una mujer pasó hasta el patio; estaba embarazada, su panza enorme la delataba. Iba vestida con trapos limpios que cubrían todo su cuerpo; era tan joven como Martín.

​En sus manos traía una bandeja con tres platos y dijo:

​—¡He traído comida para estos fuertes y guapos hombres!

​Gerard sonrió. La mujer era bonita y emanaba un aire dulce.

​—Se llama Stel. Mi esposa —dijo Martín orgulloso.

​Gerard se presentó ante la dulce Stel, que había traído comida para los tres, y fue hasta Florián con su plato y el de él. Ambos se sentaron en el suelo.

​Mientras Martín hablaba con su esposa y también comía de su plato, llegó Nahiara y todos hicieron silencio al ver su cara de sorpresa al encontrarse con personas dentro de su casa.

​—¿Se puede saber qué está pasando?

​Stel sonrió y dijo:

​—Hola. He traído comida para estos hombres que han trabajado toda la mañana.

​Nahiara no comprendía, y su hijo agregó desde el suelo:

​—Gerard y su amigo ha reparado la casa de los pollos.

​Nahiara llevó su vista hasta la nueva y mejorada casa pollera. Fue una sorpresa porque desde hace mucho tenía planeado repararla. Se encontró segundos después con Gerard a su lado.

​—Intento ayudarte en lo más que pueda. Ayer observé la casa de estos animales y se me ocurrió esta idea. Espero no haber causado molestias...

​Nahiara, que estaba con los brazos cruzados, miró con ojos cristalinos la casa de los pollos y luego volvió a mirar los ojos azules de su esposo de mentira.

​—Muchas gracias. De verdad, aprecio mucho esto. Pero no debes hacerlo: siempre he estado sola y no necesito ayuda de nadie.

​—Ahora no estás sola, Nahiara —él, tal vez por el momento de verla así afligida, llevó su mano hasta su mejilla, limpiando la suciedad en ella, y agregó—: Mientras me encuentre aquí con ustedes dos, ayudaré en lo que sea necesario.

​Ella limpió la amenaza de un derrame de lágrimas sobre sus ojos y agregó también:

​—¿Cómo te encuentras? ¿Tu herida no te ha molestado, algún recuerdo?

​Él sonrió y negó.

​—Todavía no te libras de mí, Nahiara.

​Ella tragó grueso para no devolver una sonrisa a esa insinuación.

​—Nadie ha dicho que eso quiero. Por ahora, claro.

​Gerard asintió y dejó que Stel se acercara.

​—Nahiara, lamento si incomodé en tu hogar. Mi esposo ayudaba al tuyo y me tomé la libertad de traerles comida.

​Nahiara negó con una sonrisa.

​—Para nada, Stel. Pues me has librado de la cena —bromeó, y los hombres rieron.

​—He dejado para ti en la cocina...

​—Ah, ¿sí? Oh.

​—¿Me acompañas?

​Y entonces, Nahiara hizo algo que nunca pensó que haría con otra persona: tomó las manos de esta mujer y ella no lo vio con desagrado, sino que más bien la sostuvo con fuerza.

​—No deseo que te caigas con tan enorme panza.

​La joven y dulce mujer respondió:

​—Ya falta poco y espero todo salga bien.

​Los hombres terminaron de comer y encendieron una fogata en el patio con la idea de quedarse a hablar por la noche. Mientras eso sucedía, dos mujeres se conocían dentro de la casa y preparaban la cena juntas.

​Nahiara, en un momento dado, pudo respirar libertad por primera vez.

Nota:

Sus comentarios ayudan al algoritmo a almorzar más personitas a la novela. Gracias por todo.




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