Habían pasado varios días y decidí volver de visita a casa de Carol. Ella me recibió inmediatamente con una sonrisa y, entre charla y charla, me soltó: "¡Ah! Gerardo te ha estado mandando saludos estos días".
Yo me quedé sorprendida," ¿Gerardo? ¿Qué Gerardo? No recuerdo a nadie con ese nombre".
Carol me dice "¡Pues mi compañero de trabajo! El que vino a ayudarme con el internet".
Y ahí fue cuando yo caí en cuenta: "¡Ah, el nalgón!".
Entonces Carol me miró con cara de impresión y soltó: "¡Coño, mana, pero es de lo único que te acuerdas de ese hombre!".
Y yo toda pícara y sin quedarme con nada dentro le dije: "Bueno, pero es que fue inevitable no darse cuenta de las nalgotas que se manda ese hombre". Al final, Carol y yo soltamos una carcajada, divertida por la ocurrencia.
...
Durante los meses siguientes, seguí yendo a casa de Carol, convirtiendo esas visitas en una agradable rutina de charlas y risas. Carol me contaba de que el Nalgón, cada vez más interesado, aprovechaba cualquier ocasión para preguntar por mí y enviarme saludos de vez en cuando. Y yo, claro, disimulaba un poco porque tenía mi novio, aunque la verdad es que eso me daba risa. Así pasamos varios meses, entre pláticas, risas y los saludos de Gerardo, que de vez en cuando se me olvidaba su nombre y mi referencia era el apodo el nalgón.