Habían pasado algunas semanas desde que manteníamos el contacto diario. De la nada, y casi sin darme cuenta, me descubrí sintiendo algo diferente. Amanecí un día con la certeza de que Gerardo empezaba a gustarme otra vez, pero era un sentimiento en secreto, guardado muy dentro de mí, sin atreverme a revelarlo.
Esa misma tarde estaba hablando por teléfono con Carol mientras ella andaba en la calle. Resulta que Gerardo había ido a hacer unas compras para el mercado y le pidió a Carol que lo acompañara. Como eran muy buenos amigos, ella aceptó sin problema.
En medio de la llamada, mientras echábamos broma como de costumbre, me dio un antojo repentino y le dije a Carol que tenía enormes ganas de comer chocolate, que se apiadara de mi embarazo y me brindara algo dulce ya que vivíamos prácticamente cerca.
—¡Ay, marica, pero es que yo no tengo plata, estoy limpia! —me respondió Carol soltando una risa.
—¡Bueno, no importa, rebusca en tus bolsillos a ver qué consigues! —le seguí el juego riéndome—. Mira que el antojo de chocolate me está matando.
Entre risas y chistes, Carol bajó la voz y me dijo en un susurro divertido:
—Bueno... dile a Gerardo que te lo compre, él está aquí conmigo.
—¡Sí, dile, dile a ver! —solté en broma, pero de inmediato me dio un ataque de pena y me eché para atrás—: ¡No, vale, mentira, no vayas a hacer eso! ¡Qué pena, qué vergüenza! Si a duras penas mantenemos el contacto, ¿cómo le voy a estar pidiendo cosas a él? ¡No te atrevas!
Carol solo se reía de mi desesperación. Seguimos conversando un par de cosas más y colgué la llamada. Sin embargo, lo que yo no sabía era que Carol, apenas colgamos, le soltó a Gerardo: "Mira, Jenny tiene un antojo enorme de comer chocolate. Cómprale un chocolatico, vale, mándaselo con frecuencia". Él en ese momento solo se limitó a sonreír en silencio.
Pasaron un par de horas cuando, de repente, mi teléfono vibró con un mensaje de Gerardo:
"Ahí te mandé un obsequio con Carol. Recíbelo, espero que te guste".
Me quedé totalmente sorprendida, llena de pena pero a la vez con una sonrisa. Le escribí rápido preguntándole qué era y por qué había hecho eso, diciéndole que no debía molestar en gastar. Él, tan tranquilo como siempre, me respondió que no había ningún problema, que no me preocupara porque lo había hecho de corazón y porque le había nacido hacerlo.
Al rato llegó Carol a mi casa y me entregó un paquete de galletas María Delicia, totalmente cubiertas de chocolate. Me dio una emoción enorme; la verdad no aguanté las ganas y abrí el paquete en ese mismo instante para comérmelas, disfrutando cada bocado de lo deliciosas que estaban.
Sin perder tiempo, salí directo a escribirle a Gerardo a través del chat, llena de gratitud, dándole miles de gracias por el detalle y contándole, entre risas, que no había aguantado la tentación y ya me las estaba comiendo con un gusto increíble.
...