La confesión de mis deseos ocultos dejó a Gerardo completamente picado de curiosidad. Su respuesta no tardó en llegar, y el tono de su mensaje vino cargado de una picardía que me hizo estremecer frente a la pantalla.
—¿Ah, sí? —me respondió con intriga—. ¿Te gusta? ¿Lo has llegado a probar alguna vez, o es una de esas cosas que tienes guardadas y te mueres de ganas por sentir? ¿De verdad te provoca experimentar algo así, Jenny?
Al leer su pregunta tan directa, sentí cómo el calor me subía de inmediato al rostro. La forma en que cuestionaba mis fantasías con esa chispa de malicia me dejó claro que la conversación ya había traspasado cualquier línea de prudencia; estábamos explorando un terreno prohibido, caliente y sumamente tentador.
Me quedé mirando el mensaje un momento, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba. No había vuelta atrás, así que decidí ser totalmente transparente con él:
—La verdad es que no, nunca lo he probado —le escribí con total sinceridad—. Con mi expareja todo fue siempre bajo la misma línea: muy pausado, demasiado sutil y, al final, terminó siendo una experiencia bastante aburrida. Nunca hubo espacio para experimentar nada fuera de lo común, así que me quedé con las ganas de conocer esa otra faceta mía. Me quedé con esa espinita, con esa curiosidad de saber qué se siente cuando las cosas se ponen un poco más intensas y diferentes.
Hice una pausa antes de enviarle el siguiente mensaje, sintiendo que me estaba desnudando emocionalmente ante él:
—Siento que tengo un montón de deseos guardados que nunca supe cómo soltar, simplemente porque nunca tuve a alguien que me invitara a salir de esa monotonía. Así que sí, me provoca... me provoca muchísimo sentir algo que me saque de lo cotidiano y que me haga sentir eso que nunca he experimentado.
La respuesta de Gerardo no tardó en llegar, y el tono de su mensaje vino cargado de una provocación directa que me sacudió por completo:
—Si tanta curiosidad tienes... ¿de verdad quieres saber qué se siente? ¿Quieres experimentar eso que dices y atreverte a vivirlo? —me preguntó, tensando el ambiente entre los dos.
Me quedé un momento con los ojos fijos en la pantalla, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba ante la intensidad de sus palabras. Decidí juguetear un poco con su pregunta, dejando la puerta abierta pero manteniendo una chispa de misterio:
—Sí, puede ser... —le respondí con una mezcla de osadía y timidez.
Sin embargo, justo cuando la tensión estaba en su punto más alto y la conversación empezaba a quemar, la realidad nos golpeó de golpe. Gerardo me avisó que tenía que desconectarse del chat de inmediato. Entre su familia, la cercanía con su esposa y la hora que era, ya no podía seguir ahí, especialmente con el nivel de intimidad y el rumbo tan peligroso que había tomado nuestra charla.
Me despidió de manera apresurada, dejándome con las revoluciones a mil y el corazón latiendo con fuerza, atrapada en medio de un deseo que acababa de encenderse y que ahora tendría que esperar.
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