Se acercaba el final de mi embarazo, una etapa que estuvo marcada por un giro tan doloroso como inesperado. Había llegado el día de celebrar el baby shower de mi bebé, un momento que en teoría debía estar lleno de ilusión y en el que yo planeaba compartir, de alguna manera, con el papá de mi hijo a pesar de estar separados. Sin embargo, todo se derrumbó de golpe.
Apenas un día antes del evento, recibí la noticia que me dejó sin aliento: el padre de mi hijo me avisa de repente que se iba del país. Me explicó que aquí su trabajo ya no le rendía, que la situación era insostenible y que sus papás le habían aconsejado emigrar.
Antes de irse de la casa, se despidió entregándome una bolsa de regalo grande de color azul, decorada con la tierna imagen de un pajarito bebé encima de un cochecito. Me dijo que era un obsequio para nuestro hijo, pidiéndome que por favor se lo colocara el día que naciera, y que esperaba que me gustara y lo recibiera con cariño. Yo lo tomé en las manos, le di las gracias de forma seca e hice como si nada, haciéndome la fuerte y la dura para evitar que notara cuánto me estaba doliendo su partida y su decisión.
Luego de que él se marchó y me aseguré de que ya se había ido, abrí la bolsa con el corazón en la mano. Adentro encontré dos paquetes de pañales de talla pequeña y un conjunto completo hermoso en tonos verde y azul rey, que venía con su babero, su gorrito, manoplas, medias, monito, camiseta y suéter. Además, traía un chupón azul claro haciendo juego. Al verlo, una profunda nostalgia me invadió; el detalle era precioso y me encantó de inmediato, llenándome de una extraña mezcla de felicidad y tristeza que amenazaba con romper en llanto, aunque logré aguantarme. Como vivía con mi mamá, corrí a mostrárselo; a ella también le fascinó y le pareció un detalle muy tierno. En ese momento decidí que le cumpliría el deseo al papá del niño: ese sería el primer conjunto que usaría mi bebé al nacer, su ropita de salida del quirófano.
Quedé destrozada por dentro. Una ola de nostalgia y tristeza profunda me invadió el alma. Aunque nuestra relación de pareja ya se había acabado y las cosas entre nosotros no marchaban bien, la idea de que mi hijo fuera a nacer y crecer sin tener a su papá al lado me pesaba en el pecho como una piedra. Me dolía pensar que enfrentaría la maternidad con esa ausencia tan grande, sintiendo que, a pesar de todo, merecíamos vivir ese proceso juntos como padres.
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Por otro lado, mientras yo lidiaba con el caos de los preparativos y el dolor de su partida, el calendario avanzaba implacable. Ya nos encontrábamos en plenas fechas navideñas y mi cuenta regresiva para dar a luz estaba llegando a su límite. En cuestión de días nacería mi bebé, lo que significaba que mi vida daría un vuelco total para sumergirme de lleno en las exigencias, las desveladas y la hermosa tarea de maternar.
Como era de esperarse, debido a los cuidados del recién nacido y al agotamiento propio de los primeros meses de lactancia, las conversaciones con Gerardo se volvieron un poco menos fluidas y el tiempo libre escaseaba. No obstante, a pesar de la distancia y de que él tenía que dividirse entre sus deberes familiares y su esposa, el hilo invisible que nos unía no se rompió. Gerardo seguía escribiéndome habitualmente todos los días, y era sumamente raro el momento en el que no lográbamos cruzar un par de palabras para saber el uno del otro.