Los días de espera finalmente llegaron a su fin y se cumplió la fecha del nacimiento de mi bebé. El proceso del parto por cesárea, la recuperación en el quirófano y los primeros y agotadores días de hospitalización me mantuvieron completamente desconectada del mundo exterior. En medio de los malestares de la anestesia, el dolor físico y la abrumadora tarea de aprender a amamantar y cuidar de mi recién nacido, mi teléfono pasó a un segundo plano. No estaba en condiciones de revisar chats ni de mantener conversaciones largas; apenas si lograba responder alguna que otra llamada de los familiares para dar la noticia o contestar felicitaciones, y de vez en cuando publicar alguna foto para actualizar a los más cercanos. Durante todo ese tiempo, el contacto con Gerardo quedó suspendido por completo.
...
Pasaron los días y, con ellos, un par de meses en los que poco a poco fui encontrando un ritmo dentro de la locura de la maternidad. Fue justo en ese momento cuando Gerardo y Jenny volvimos a retomar la comunicación constante. El flujo de los mensajes se restableció como antes, y poco a poco fuimos poniéndonos al corriente de las novedades, recuperando esa costumbre de saber el uno del otro en el día a día y volviendo a encender el hilo invisible que nos mantenía unidos.
El silencio en la habitación se rompió de golpe cuando el teléfono sobre la mesa de noche vibró y emitió un familiar ring. Lo tomé con algo de pereza, pensando que sería cualquier otra persona, pero al encenderse la pantalla y ver su nombre, el corazón me dio un vuelco.
Era un mensaje de Gerardo.
—Hola, ¿cómo estás? —decía el texto, simple y directo.
Miré la pantalla un par de segundos antes de responderle, tratando de mantener la calma. Eran cerca de la una de la tarde y el sol del mediodía iluminaba la habitación mientras el bebé descansaba a mi lado.
—Hola, todo bien por aquí, ¿y tú? —le contesté de manera tranquila y sencilla.
—Todo bien por acá también, bueno, quería saber cómo seguías y cómo iba todo con el bebé —respondió casi al instante.
—Ahí vamos, adaptándonos poco a poco a esta nueva etapa —le escribí de vuelta.
Esa pequeña charla inicial, sin grandes pretensiones ni temas profundos, sirvió para romper el hielo después de tantas semanas de ausencia. Fue un intercambio de mensajes muy cotidiano, 100% natural, pero que bastó para hacerme sentir que, a pesar del tiempo y la distancia, la conexión entre los dos seguía intacta esperando por ser retomada.
La charla cotidiana fluyó por unos minutos más, hasta que de la nada, Gerardo soltó la pregunta que cambió el rumbo del momento:
—¿Qué estás haciendo ahorita? —quiso saber.
—Nada, descansando un poco con el bebé —le respondí con total sinceridad, aprovechando la tranquilidad de la tarde.
Al leer eso, su siguiente mensaje llegó cargado de intención:
—Tengo ganas de vernos. ¿Por qué no nos encontramos un rato en la plaza de aquella vez?
Mis manos se detuvieron sobre el teléfono y un destello de alerta y duda me invadió. Negué de inmediato con la cabeza antes de teclear mi respuesta:
—No, Gerardo, se me hace imposible. Ya tengo al bebé y ahorita se me complica muchísimo salir, además no tengo quien me lo cuide.
Lejos de rendirse, él insistió al instante:
—Conchale, ven... date una escapadita, vamos a conversar un rato, hace tiempo que no nos vemos en persona.
—Te acabo de decir que no puedo, tengo al bebé conmigo todo el tiempo —le rebatí, intentando frenar sus intenciones.
Pero Gerardo no soltó el tema y buscó la manera de romper mi excusa:
—Bueno, pero vente con el bebé, no te preocupes por eso. Tráelo contigo y así los veo a los dos, no pasa nada de verdad.
Me quedé pensando unos segundos, evaluando la propuesta y sintiendo cómo una mezcla de nervios y emoción me revolvía por dentro a pleno mediodía. Al final, ceder ante sus ganas y las mías pudo más.
—Bueno... está bien, voy a ir un rato con el bebé a la plaza para conversar un ratito —le escribí finalmente.
—Perfecto, ahí te espero entonces —respondió él de inmediato—. Avísame cuando vayas saliendo de tu casa para yo lanzarme y encontrarnos allá.
...