Eran pasadas las cuatro de la tarde cuando llegué a la plaza. El clima estaba perfecto, una tarde tranquila y completamente nublada, sin el fastidio del sol fuerte ni la amenaza de lluvia, lo que hacía que el ambiente se sintiera fresco y apacible para dar el paseo. Empujaba el cochecito con mi bebé de dos mesecitos durmiendo plácidamente dentro, mientras sentía las manos un poco frías por los nervios del reencuentro.
Divisé a Gerardo de pie cerca del banco acordado. Al verme llegar, se adelantó unos pasos con una sonrisa cálida dibujada en el rostro. Cuando estuvimos frente a frente, nos saludamos con un suave beso en la mejilla, sintiendo esa chispa de cercanía que los mensajes de texto nos habían estado negando.
—Qué bueno que viniste —me dijo con una voz suave, mirándome a los ojos antes de posar su atención en el cochecito.
—Aquí estamos, con todo y el pasajero a bordo —le respondí intentando disimular lo acelerado que tenía el pulso.
Para romper el hielo por completo, Gerardo metió la mano en una bolsa de papel que llevaba y sacó un par de pequeños pancitos rellenos de arequipe. Me extendió uno con total naturalidad.
—Te traje esto para merendar un rato mientras conversamos —comentó con una sonrisa juguetona.
Miré el detalle con genuina sorpresa y una sonrisa inevitable.
—Ay, muchas gracias, de verdad qué lindo detalle —le agradecí con mucho cariño, aceptando el pancito.
Nos sentamos en un banco cercano y, mientras dábamos los primeros bocados a la merienda, la conversación comenzó a fluir de forma muy natural y cómoda, poniéndonos al día de nuestras vidas.
Él empezó a contarme cómo le habían ido esos días en su trabajo. Me explicó que seguía en su labor de oficina administrativa, lidiando con todo lo relacionado con la tecnología y los sistemas de computación que tanto dominaba, entre papeles, pantallas y rutinas de oficina que a veces se volvían algo pesadas pero estables. Yo lo escuchaba atentamente, disfrutando de ver lo expresivo que se ponía al hablarme de sus cosas.
Luego, al tocarme el turno a mí, le abrí mi corazón sobre cómo habían sido estas primeras semanas de maternidad a tiempo completo. Entre risas y suspiros cansados, le conté sobre las desveladas, el reto de adaptarme al llanto, la lactancia y cómo cada pequeño avance del bebé me llenaba de una ternura infinita, haciendo que la tarde transcurriera entre risas, complicidad y una paz que hacía tiempo no sentía.
...
La tarde transcurrió entre risas, confidencias y un rato sumamente agradable, pero el tiempo avanzó sin darnos tregua y pronto llegó la hora de marcharme. Gerardo tenía que regresar a sus labores de oficina, así que empezamos a recoger todo para despedirnos.
Justo en el instante en que él se distrajo unos segundos mirando algo en la pantalla de su teléfono, aproveché para detallarlo con disimulo de arriba a abajo. Lo miré detenidamente, perdiéndome en lo irresistible que se veía: un hombre moreno, alto, con una presencia imponente y bien proporcionado, una barba corta perfectamente cuidada que le quedaba hermosa, y unos labios carnosos y provocativos que parecían una tentación constante. Tenía unos ojos encantadores que me derretían, y en ese preciso segundo me encontré deseando con todas mis fuerzas que fuera solo mío.
Mis ojos recorrieron su cuerpo y, al detenerse en sus piernas y sus nalgas, una ola de calor me recorrió por dentro, volviéndome completamente loca. Imaginé mis manos aferrándose a él, apretujándole las nalgas, sintiendo cómo sus brazos me rodeaban por completo y cómo cada rincón de mi piel era explorado por sus caricias sin dejar ni un solo espacio sin tocar. Soñé con que esa boca suya recorriera todo mi cuerpo y me besara hasta el cansancio, perdiéndome en el deseo.
—Bueno, vámonos —me interrumpió de repente con su voz ronca, sacándome de golpe de mis pensamientos mientras se ponía de pie para acompañarme a la parada de la buseta.
Entré en sí de inmediato, sintiendo cómo las mejillas se me ponían rojas como un tomate, rezando para que no hubiera notado la intensidad con la que lo estaba devorando con la mirada.
Caminamos juntos los pocos metros hasta casi salir a la calle principal donde debía tomar el transporte. Al llegar al punto donde ya no podía seguir avanzando por temor a demorarse más en el trabajo, Gerardo se detuvo. Me miró fijamente con una intensidad que me dejó sin aliento, y con una sutileza infinita me tomó de la mano, tirando suavemente de mí hasta pegarme por completo a su cuerpo.
Sin darme tiempo a reaccionar, se inclinó y me besó.
Fue un beso simple, un piquito tierno pero cargado de una electricidad inmensa que me sacudió entera. No me lo esperaba para nada. Sentí que el corazón se me salía del pecho, y el rubor me quemó la cara de la emoción y la sorpresa.
Con una sonrisa cómplice y una mirada que lo decía todo, Gerardo se despidió rápidamente para emprender el camino de regreso a su oficina. Todavía temblando un poco por el impacto de ese beso inesperado, me giré, crucé la calle y subí a la buseta, con la piel erizada y la mente completamente revolucionada.
...